Asesinato, amores y fuga en el nacimiento del Fuerte El Carmen de Patagones

 

El Fuerte del Carmen aún no estaba concluido, aunque su construcción estaba avanzada, los muros ya se habían levantado, comenzaba la distribución de los edificios internos destinados a albergar a quienes tendrían la responsabilidad de conducir las múltiples actividades que  estaban programadas y deberían administrar.

Así lo indica la antropóloga Lidia Nacuzzi, en un artículo informe elaborado a raíz de documentación obtenida en el Archivo General de la Nación

Afirma además  que, por ejemplo, estaba ya determinado el edificio que ocuparía el fundador y superintendente  Francisco de Viedma, la capilla, almacenes y depósitos, el sector destinado a la guardia, los calabozos y otras dependencias ya que es necesario recordar que entre los que estaban arribando figuraban peones y presidiarios.

Por fuera del Fuerte se había diseñado una decena de manzanas que serían destinadas a construir las viviendas, que estaban próximas a construirse para que las ocupen quienes ya estaban llegando de España y los que también vendrían de acuerdo al plan de colonización del rey Carlos III.

La función de Francisco de Viedma desde el cargo de superintendente del Fuerte, era más que delicada ya que se debía ocupar de una diversidad de temas esenciales para el funcionamiento, tales como los asuntos militares, la justicia  y el abastecimiento, tanto de alimentos como herramientas.

Pero sin duda alguna, entre las más complicadas de las tareas figuraba la negociación con los caciques de las distintas tribus que habitaban la región, con los que intercambiaban provisiones.  Los nativos entregaban vacas, caballos y algunos otros animales para consumo a cambio de bayeta, harina, yerba y aguardiente.

Precisamente, durante un encuentro de negociación como el detallado se produjo un suceso que da comienzo a la historia que nos ocupa.

Por cuestiones del momento, desencuentros y diferencias en las negociaciones, Juan Domingo Basiga que integraba la comitiva del Fuerte, dio muerte al capitán Chiquito, familiar de uno de los caciques por lo que  fue detenido de  inmediato y se lo confinó a un bergantín anclado en el río Negro.

A los pocos días del hecho se descubrió que Basiga estaba programando escapar de su encierro, a raíz de haberse encontrado unas cartas de su amante, Ana María Castellanos, en las que expresa claramente su amor como la planificación de la huida.   A raíz de la evidencia del intento de fuga, se dispuso también un sumario  para la mujer.

El asunto resulta más que curioso, debido a que las cartas no son de gran extensión y si bien se advierten algunos códigos, son claras las manifestaciones que proponen la trasgresión o modificación del estado de situación que vive Basiga, como también el sentimiento de  Ana María que expresa además su voluntad de huir con él. 

Como las distancias entre el Fuerte y otros centros poblados que podrían elegir como destino estaban muy distantes, al punto que se mencionara que solo se podrían unir por mar, la mujer proponía correr riesgos e intentar la fuga por tierra y da nombres de quienes podrían ayudarlos, además de sugerir el lugar de encuentro para iniciar la aventura

En otro párrafo de su informe la antropóloga Nacuzzi agrega que en una de sus cartas Ana expresa también estar cansada de su marido por ser un borracho que sería capaz de tirar su cabeza al agua y continúa con expresiones y frases apasionadas en las que afirma: “quiero huir contigo”, “no puedo descansar ni mi corazón de suspirar”, “dicen que te van a ahorcar, por favor no me dejes, quiero morir contigo”.

Para esclarecer la situación, Viedma recurrió a interrogar a quiénes, según Ana, habían ofrecido colaboración y comprobó algunas contradicciones y los arrepentimientos de muchos de ellos, pero tuvo la certeza que el deseo de huir no era solo de Baciga y Ana María.

Advierte y sospecha que no son pocos los que también tenían en mente escapar de los trabajos forzados, castigos y las penas que debían cumplir, ya que muchos de los que ya habitaban el Fuerte eran presidiarios.  Deduce entonces que muchos preferían arriesgarse en tierras en las que no existían caminos de ninguna índole, en las que dominaban los indígenas y enfrentar los peligros que ello  significaba.

Viedma debe tomar decisiones y concluye el expediente considerando que “la fuga es ilusoria, dimanada de la pasión” que dominaba a Ana y da las órdenes de liberar a todos los detenidos, dando a la cuestión la interpretación de un final feliz.

Sin embargo, falta un último párrafo en el que recomienda, recluir a Ana en la existente, en aquella época y conocida como “La casa de residencia” situada en Buenos Aires, abortando de tal manera el deseo de los enamorados y las ansias de libertad y el complot de los reclusos por obtenerla.

Texto: Eduardo Reyes, periodista y  escritor de Viedma

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