La Campana de la Iglesia de El Bolsón: una historia vivida con amor

 

En 1961, no recuerdo la fecha exacta, subimos a la torre la campana de la iglesia. La hicieron en Padua, en una fundición pontificia. Fue costeada con el aporte de una comunidad cristiana con destino a El Bolsón. El Padre Feliciano nos convocó para que izáramos el pesado instrumento de más de cuatrocientos kilos. Para mí era un acontecimiento que me llenaba de alegría: ser protagonista de que ese “vaso sagrado” pudiera derramar diariamente sus vibraciones para convocar a la oración.

La torre del campanario fue diseñada por don José Leopoldo Chatruc, un constructor y carpintero —además de eximio artista del pincel— que dirigió los trabajos de albañilería. Con la torre se sustituyó la primitiva espadaña, de los tiempos del padre Favaratto, en la que había una campana muy pequeña.

Para levantar tanto peso hasta el alto travesaño de la torre era necesario contar con la pericia e instrumental de alguien que tuviera cierta experiencia. Para ello, Feliciano recurrió a don Albrech Rudolph —lo acompañaba su hijo Gerardo— quien trajo un aparejo de cricket, el que usaba en su taller mecánico para suspender los motores de los camiones.

También estaba presente, junto a uno de sus hijos, un hábil y apreciado carpintero chileno, don José Burgos, avecindado en el pueblo desde hacía muchos años y del círculo de relaciones cotidianas del párroco. Seguramente habría alguien más que, en este momento, no recuerdo.

No fue un trabajo sencillo, nos encontramos con algunos imprevistos que hubo que solucionar sobre la marcha, como, por ejemplo, ampliar el boquete que ya se había realizado en una de las losas de cemento de la torre por la que tenía que pasar la campana. El grupo era agradable y el padrecito, además de alentarnos con su palabra, ponía manos a la obra.

Recuerdo el concierto de cadenas y poleas, los golpeteos del cricket y nuestro admirado silencio. Cuando la campana se elevó apenas quince centímetros del suelo, el Padre Feliciano, con su hábito remangado, se arrojó al piso e, introduciendo su brazo derecho por el espacio libre, tanteó el badajo y con toda su fuerza hizo sonar la primera campanada. La emoción y alegría de todos era manifiesta.

Puesto de pie pasó sus dedos por el “sudor” de nuestras frentes y signó con una Cruz el bronce nuevo. Imposible olvidar ese momento.

De esa manera, la campana despertó de la mudez a la que estuvo sometida al cruzar el océano. Unos versos en latín* estampados en la fundición expresaban su historia y su destino: “He venido de las itálicas tierras, traída por las ondas del mar, para cantar la vida vibrante de la Palabra de Dios”.

Cada vez que regreso a El Bolsón y escucho ese significativo sonido, no puedo dejar de evocar aquella escena. Visualizo ese momento de sesenta años de historia y escucho la voz de Feliciano, auténtico hijo de San Francisco. No puedo evitar una lágrima.

Nota: *Leyendas estampadas en la campana: Excelsae Dominae Virgini de Luján Argentinae Patronae dicata. Provincia Patavina Sancti Antonii O.KM.Conv. Anno Domini 1960. «Italicis terris huc veni, vecta per undas ut canerem vitae tinnula verba Dei.

Texto: Ricardo Ventura, profesor y periodista de El Bolsón

 Publicado en Límite 42

 

 

 

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