Sigue la polémica: Hasta fin de año rige la caza “plaguicida” de jabalíes en Patagones

Desde hace años, todas las miradas se las llevan los jabalíes: una raza foránea, con un alta tasa de reproducción y que puede provocar daños en las ovejas, principalmente en las recién nacidas. Tal es así, que por tercer año consecutivo la provincia de Buenos Aires permitió la caza plaguicida de estos animales en tres distritos bonaerenses, entre ellos Patagones.

La especie, introducida en nuestro país a mediados del siglo XIX para usarla como presa para la caza deportiva, tiene un alta índice de reproducción con casi dos pariciones anuales. En cada una de ellas, una hembra tiene aproximadamente siete ejemplares, de los que sobreviven y destetan cinco. El incremento de la población es prácticamente incontrolable

Sin embargo, otras dos razas acechan también en los campos de secano y de riego de Patagones, trayendo varios dolores de cabeza a los productores y chacareros del distrito: pumas y ñandúes, que arrasan manadas de ovinos, cultivos en cañazón y alambrados eléctricos. Algunos hasta aseguran que son más dañinos que los chanchos jabalíes.

El problema, si es que puede denominarse de esa manera, es que no se pueden cazar: son especies autóctonas y, por lo tanto, protegidas por la ley. “De cualquier modo, algún productor siempre les tira un balazo”, reconocen en la zona. Las multas por capturar estos animales parten de los 200 sueldos mínimos de la provincia.

En el caso del felino, la mayor concentración se da entre la ruta nacional 3 sur y el límite con la provincia de La Pampa, donde en la actualidad la gran mayoría de los campos está deshabitada, y no hay nada ni nadie que lo espante. 

El mayor destrozo lo causa en los campos con ovejas, donde se han encontrado verdaderas carnicerías: enseñando a cazar a los cachorros, algunos pumas han dejado tendales de hasta 30 animales muertos. 

Las alternativas que quedan no son muchas. Antes, se dejaba a los ovinos en corrales, pero últimamente no sirve de nada; algunos están utilizando perros cuidadores que, si bien no pueden hacer nada en una pelea franca con un puma, marcan el territorio y evitan así los ataques. Por su parte, algunos productores terminan acudiendo a los denominados “leoneros”, que son cazadores especializados que cobran alrededor de 10 mil pesos por pieza capturada.

Los ñandúes -en la zona se los denomina comúnmente avestruces, aunque se trate de un animal completamente diferente- también traen dolores de cabeza a los chacareros, pero de otro tipo: cuando se mueven en número, destrozan todo a su paso. Grupos de entre 300 y 400 ejemplares no han dejado nada en pie en cuadros cultivados; lo mismo ocurre con los alambrados eléctricos.

¿Cuál es la solución? Al tratarse de especies protegidas no se puede hacer casi nada. La caza está absolutamente prohibida y no hay posibilidad que la medida sea revertida. En el caso de los pumas, se pueden utilizar métodos de ahuyentamiento o pedir una revisión oficial para solicitar la captura y reubicación del animal; esto último, señalan desde el gobierno, también se puede hacer con los ñandúes.

 “Entiendo al productor cuando pierde dinero o parte de su cosecha, pero en estos casos se recomienda el uso de perros, el ahuyentamiento, y hasta la captura y reubicación del animal”, reconoce a “La Nueva.” la subsecretaria de Flora y Fauna bonaerense, Mónica Rodríguez.

Mónica Rodríguez reconoció que ciervos, jabalíes y antílopes son foráneos y se han expandido formando poblaciones silvestres, sin tener un predador natural.

“Son perjudiciales para la producción agropecuaria, y en estos casos es más fácil proponer el control. El ñandú y el puma son autóctonas, protegidas por ley y no se pueden cazar”, señaló.

También dijo que las alternativas válidas para la contención de especies protegidas son las técnicas de ahuyentamiento o la reubicación del animal.

 “Es lo correcto. No tenemos que llegar a la infracción para hacer las cosas. Hay que buscar alternativas, porque sino vamos a salir a matar todos; no es así”, explicó.

 En cuanto al mercado informal de la carne de jabalí, señaló que es necesario “mejorar ese circuito”, con la realización de análisis para el aprovechamiento de la carne. “No tengo problema de que la gente gane plata, si es dentro de un plano legal”, dijo.

Desde Patagones no hablan de un incremento en la cantidad de jabalíes en el distrito por nacimientos, sino más bien en la llegada de muchos a esta zona a partir de los incendios rurales de los últimos años.

Además, reconocen que los daños que pueden provocar en los campos son muy pocos comparados a los que pueden producir los pumas. Sin embargo, por tratarse de una especie que no es natural de estas tierras, la provincia permitió la caza plaguicida del jabalí hasta fin de año.

Más allá de buscar controlar la cantidad de animales, porque se reconoce que jamás se podrá erradicar la especie, la medida tiene una consecuencia directa: la aparición de un mercado informal de venta de carne de jabalí, similar a la del lechón, más oscura y con un sabor más fuerte.

 “Se vende todo como comida -reconocen-. Se hacen chorizos, embutidos y la carne se puede cocinar hasta como milanesas; el costillar va a la parrilla y los cuartos se hacen al horno. De una chancha se pueden sacar 50 kilos de carne”.

Todo en negro, por supuesto, y sin controles bromatológicos. Más allá de lo estrictamente culinario, el precio es lo más atractivo: 150 pesos por kilo.

Hernán Guercio / hguercio@lanueva.com.ar

Título original de la nota: Pumas y ñandúes: entre la protección y los problemas que causan en Patagones

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