Por las huellas del tomillo. Hay que probar el de la Meseta de Somuncurá

 

¿Oh, TimusVulgaris! Humilde planta de viejo linaje, ya te usaban los antiguos egipcios por tus cualidades conservadoras y aromáticas en el arte de embalsamar, y creían además, muy místicos ellos, que tu perfume guiaba al espíritu del muerto en el tránsito hacia la otra vida.

Los griegos, que también de plantas sabían mucho, llevaban una ramita tuya bajo la coraza pues tu contacto los volvía temerarios en el combate y porque creían –ilusos- que habías nacido de las lágrimas vertidas por la bella Helena de Troya. (qué privilegio).

Los romanos antes de cada batalla, te mezclaban con incienso para encenderlo en grandes fogatas en los campamentos. Y tanto ellos como los escoceses tenían por costumbre beberte en forma de caldo para entender –decían- la sangre contra el enemigo.

Los celtas, por no ser menos, en su búsqueda del Santo Grial, te dejaban guiar por tus matas y creían –más osados todavía- que los ángeles en Gloastonbury te hacían crecer abundantemente en sus praderas. Una digresión: se dice que en la abadía de dicha ciudad estuvo asentado el Grial y ¡coincidencia! En la meseta donde se presume está el cáliz abundas.

Y si nos remontamos a las leyendas artúricas, cuentan que las damas cuando despedían al caballero que partía a una de sus aventuras le entregaban un saquito para que llevaran colgado al cuello algunas de tus ramas bendecidas o  -debe ser verdad- en la soledad de los conventos te bordaban junto con una abeja en las ropas de tusamados.

Hasta el día de hoy en muchas zonas de Irlanda y Escocia se cree que –la credibilidad es permanente a lo largo de los siglos- en ciertas noches del año, si se toma una infusión cocida con tu variedad silvestre y uno se echa a dormir, hadas y duendes se presentarán a conversar y a intercambia secretos.

En la Europa mediterránea rural hasta finales del siglo XVIII el pueblo echaba (casi como tenía por costumbre hacer la Inquisición con los seres humanos) tus ramas a las chimeneas para aromatizar la estancia común que compartían con los animales.

Tomillo, amigo mío, ¿no te glosó acaso Serrat en su “Soneto a mamá” acordándose de tu olor en su cocina?

¿No te enseñoreas en los platos de todo el mundo e incluso no te dejas introducir feliz en los embutidos?

¿No alivias acaso las enfermedades respiratorias como el asma y la bronquitis cuando te beben en forma de pócima?

¿No eres un poderoso antiséptico y antitusivo?

Aquí, entre otros yuyos y plantas bendecidas de la Patagonia estás presente, bien aromático y hasta con olor y sabor a limón. Y es cosa cierta que el ganado come tus plantas en la primavera.

 Yo ando detrás de tus huellas. Cuando voy al monte o a la meseta me entomillo con ganas. Te traigo a manos llenas, me aromatizo y hasta te saludo: “Dios te salve tomillo, hermano mío”.

 Texto: Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

 

 

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