Ella vino de New York y él de Cipolletti. Tienen una casa autosustentable en Las Grutas

Ana Paula Buyayisqui, docente de inglés, de 48 años, y el fotógrafo Martín Brunella, de 53 años, eligieron una nueva vida solitaria frente al mar.

“El tiempo lo usás de otra manera. Desde que vivimos solos frente al mar, ganamos calidad de vida”, afirma Ana Paula Buyayisqui, de 48 años, docente de inglés, que dejó New York para regresar a su tierra, la costa rionegrina y diseñó junto a su compañero de la vida, el fotógrafo Martín Brunella, de 53 años, una casa autosustentable en El Paso, una de las playas vírgenes al Sur de Las Grutas. “Lo primero que hago en el día es ver el mar, esa primera vista te cambia tu día”, afirma.

El Paso es una de Sur de las playas agrestes y salvajes que no tienen servicios al sur de la populosa y turística Las Grutas, a 9 kilómetros. Con una costa de restinga, el mar turquesa del Golfo San Matías, baña el patio de esta vivienda integrada al entorno natural. “Es un estilo de vida, acá no tenemos red eléctrica, ni agua y muy poca señal telefónica —dice Brunella—. Tenemos otras cosas: todo el mar para nosotros y las noches más estrelladas que te puedas imaginar”.

Ella nació en Rosario, pero a los tres años ya estaba en Las Grutas. Él en el Alto Valle, en una chacra cerca de Cipolletti. La madre de Ana tenía un instituto de enseñanza de inglés, pero rompió el mandato y se fue a vivir a New York. “Tuve mil trabajos, pero el mar te llama”, afirma. Y recalca: “Este mar te llama”, señalando la magnética y bella masa de agua turquesa del Golfo San Matías. “Este color no lo encontrás en ninguna parte del mundo”, afirma.

“A los 16 me fui a Buenos Aires para estudiar fotografía”, cuenta Brunella. Como todos los habitantes del interior cuando van a la gran ciudad, trabajó de todo: “Hice publicidad, moda, pero me terminé enganchando con el fotoperiodismo”. Poco a poco, la ciudad le fue cerrando el encanto y viró la brújula de su vida al sur. Comenzó a trabajar para el diario Río Negro, entre otros. Hizo base en Las Grutas, y allí se conocieron con Ana. Hace cuatro años que conviven.

¿Qué se necesita para querer separarse del mundo y sus comodidades? “Una búsqueda de la felicidad”, afirma Brunella. Las Grutas hace ya una década que se transformó en una ciudad que lo tiene todo, epicentro del turismo, demasiado movimiento para las almas que necesitan tranquilidad. La llaman la Mar del Plata de la Patagonia. Su encanto natural la volvió icónica, pero en el camino perdió la calma de sus primeros días.

Tardamos diez años en diseñar y construir la casa”, dice Ana. Buscaron un terreno al sur, donde el Golfo San Matías se abre en una extensa bahía dilatada. Allí, hay playas que de a poco van cobrando fama por su tranquilidad, como El Buque y El Sótano.

“Para nosotros fue un espacio muy pensando, no quisimos intervenir el territorio”, afirma Buyayisqui. De construcción minimalista, el terreno es grande y termina en la restinga. Tienen huerta, y a través de pantallas solares, electricidad. La zona está apartada: por un lado, la estepa pura, y por el otro, el mar. En el medio, la casa. “A veces pesa, pero nos sentimos privilegiados de tener el mar frente nuestro”, dice Brunella.

No tienen red de agua, como todas las playas al sur de Las Grutas que van de a poco llamando la atención de solitarios que deciden un cambio de vida. “El agua viene por aguatero”, cuenta Brunella. Un viejo camión cisterna recorre la arenosa huella hasta llegar a la casa; 10.000 litros de agua tienen un valor de $8000 “Es caro”, reconoce. El agua llega desde una toma en San Antonio Oeste, a 20 kilómetros. Ese volumen de agua [es potable] les sirve para algo más de medio mes. “Aprovechamos todo el agua”, anticipa Ana.

La de lluvia, y la que usan para el baño y cocina, se reutiliza para la huerta. En invierno calefaccionan el hogar con leña que buscan en el monte. Para la cocina, usan gas envasado. Muy poco.

Privilegiar la naturaleza

Hace tres años que pudieron habitar su casa, que es un refugio de silencios y postales idílicas. “Es pequeña, porque quisimos privilegiar la naturaleza —asegura Brunella—. Nos interesa ocupar el menor espacio posible. La idea es disfrutar el afuera”. Un inmenso ventanal tiene dos pantallas, la artificial —un televisor— con la que ven algunas series, y una más grande, de vidrio, que muestra el mar. “Orientamos al este, pera ver el amanecer”, afirma Brunella. El cambio de vida les modificó sus días: “El mar te regula toda tu vida”.

“El mar te habla, te dice dónde va a soplar el viento. Tenés que ver la tabla de mareas y eso va diseñando tu día”, afirma Ana. “Su color cambia a lo largo del año. Por el color sabés cómo está, qué temperatura tiene, si llegó la primavera o el invierno. Hemos sentido el paso de un banco de anchoas, fue como si se hubiera abierto un frasco, delante nuestro”, confiesa Brunella.

Alejados de mercados, se nutren del mayor: la restinga y el Golfo San Matías. “La restinga siempre te da pulpos y pescados”, asegura Brunella. La amplitud de mareas suele ser de ocho a nueve metros. Cuando bajan, quedan acuarios naturales, donde permanecen atrapados hasta que vuelve a subir. “Es como salir de compra a la pescadería”, reconoce Brunella. La soberanía alimentaria que da el mar es total. “Frutas, por ejemplo, compramos en el pueblo [por Las Grutas]”, cuenta Ana.

La zona es frecuentada por “Suncho” Fidel, el último gran pulpero. “Él lee la restinga y con un gancho sabe dónde están los pulpitos tehuelches —afirma Brunella—. “Si no, esperamos a que lleguen los pescadores artesanales con mariscos frescos”.

Cerca de El Paso está Piedras Coloradas, donde fondean y se establece un comercio directo de productos recién sacados del mar, que van sin intermediarios, a las ollas.

El Golfo San Matías tiene 20.000 kilómetros cuadrados. Es el más extenso de los golfos del norte de la Patagonia. En su zona central tiene una profundidad de 200 metros. Baña casi toda la costa rionegrina. A los pescadores les lleva un día recorrerlo de norte a sur, es como si fuera un mar pequeño. Es uno de los ecosistemas más ricos del país; sus especies de invertebrados, peces, mamíferos marinos y aves lo convierten en un lugar único para los pescadores.

“Vivir en contacto directo con la naturaleza es una gran responsabilidad”, afirma Brunella. “Requiere un trabajo extra”, confiesa Ana. El mantenimiento de las baterías. La organización de la comida, el racionamiento del agua y el cuidado de la huerta. “Pero vivir frente al mar te da tiempo para todo”, confirma.

Ella da clases en San Antonio Oeste, es docente del instituto que fuera de su madre, y Brunella además de su trabajo de fotógrafo en Las Grutas, es un explorador del Golfo y sus playas secretas.

La pandemia ha modificado los paradigmas en el mundo. La idea de vivir alejados de centros urbanos no es ya una utopía, sino un camino que atrae a cada vez más personas. “La gente busca estar alejada del mundo, lo sabemos”, afirma. Un matrimonio son sus únicos vecinos estables durante el año. A pesar que de a poco se ven casas sobre el solitario e íntimo frente costero.

¿Cuáles son las claves para dar el gran paso, dejar la ciudad y asentarse frente al mar, alejado de comodidades tradicionales? “No querer venir a transformar el lugar, si viniste y te gustó, dejalo como está, entendelo. El lugar te tiene que cambiar a vos”, asegura Brunella.

“Si te vas escapando de algo es muy difícil construir la búsqueda de la felicidad tiene que ser muy profunda: si es así, la encontrás”, concluye Ana.

Texto: Leandro Vesco, diario La Nación

 

 

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