Fuerte pelea entre dos policías rionegrinos. “¡Cosas de muchachos!, dice Roberto, 74 años

 

Fue para estos días del año, pero en 1967. Yo era cabo cadete y él cursaba el primer año. Después de cenar, en una de las aulas había música. Estaba sentado sobre el pupitre de un banco (aquellos de madera con lugar para los útiles y el tintero), hamacándose más o menos al compás de las canciones y haciéndolo crujir.

-¡Bájese! Le dije, imperativo. ¿No ve que lo va a romper? Se bajó muy lentamente y me miró de mal modo.

-¡Qué! ¿No le gusta?…”No, no me gusta” me respondió. “Salga afuera” le ordené. Lo hizo a paso no lento, lentísimo.

Una vez afuera, le ordené que hiciera flexiones, que hizo más o menos en un quince por ciento, es decir agachándose unos cuarenta centímetros y también muy despacio. Estaba “desacatao” (bastante común a medida que se acercaba el fin de año).

-¡Haga bien las flexiones sino lo voy a arrestar! Le dije bastante molesto.

-”Te aprovechás porque tenés la tira, sino, aparte de no hacer un carajo, te cagaría bien a trompadas”, me respondió.

-¡Terminado! Ordené y continué…“el domingo lo espero a las diez de la noche en el muelle de lanchas a Patagones. (Los francos eran hasta las doce de la noche).

Llegó el día, cerca de la hora señalada pasé por la guardia y pregunté por él. “Si mi cabo, está en la cuadra y me parece que se acostó”. “Dígale que lo espero” y me fui. Sonaron algunos truenos y comenzó a llover tenuemente. Parado en el muelle recuerdo verlo venir con su ágil andar y pasando frente al hotel Roma. Desde ahí hasta el río -aparte de la calle enripiada y la entrada al hoy Ministerio de Economía: sólo habían baldíos, no existían ni la costanera ni la fuente, ni el hotel, todo era sauces y yuyos.

Caminamos unos ochenta metros aguas arriba. Seguía lloviendo. Nos quitamos el abrigo, me arremangué la camisa y sin hablarnos comenzamos a pelear, iluminados por algún relámpago y con truenos como música de fondo.

Limpiamente. Forcejeamos, nos revolcamos y peleamos un buen rato tratando de vencernos, pero éramos parejos. No me pudo, ni lo pude. Me metió una piña en el ojo izquierdo que me hizo comprobar el refrán, porque “vi las estrellas”.

Estaba muy oscuro y la lluvia se descargó con todo. Cansados, empapados de pies a cabeza, medio que nos habíamos sacado las ganas y además no había rencor. Con la guardia armada por las dudas dije: “Nos vamos a enfermar”. “Es verdad” me respondió. No tenía mucho sentido seguir peleando. Tomamos los abrigos, separados y sin hablar nos volvimos a la Escuela. Pasé al baño a secarme y me acosté con un pañuelo mojado sobre el ojo, deseando que no se me pusiera negro porque iba a pasar vergüenza ante todos. Tuve suerte, sólo un poco inflamado el pómulo. Le vi al otro día un poco hinchada la boca.

 Hasta que me recibí no tuvimos trato, nos respetamos sin rencor. Pasaron los años, los dos estamos retirados, pero no volví a verlo. Siempre prestamos servicios en distintos lugares, él estuvo muchos años en Catriel y no sé dónde vive actualmente.

 Si alguna vez lo veo le voy a dar un fuerte abrazo porque le guardo aprecio. Creo que le pasará lo mismo hacia mi persona. Se llama JORGE HORACIO GOINHEZ, de la Quinta Promoción, escalafón Bomberos.

Sin que trascendiera tuvimos “una de a pie”. ¡Cosas de muchachos!…

Texto: Roberto Cancio (74 años)

 Título original: Una “de a pie”

 

Acerca de Raúl Díaz

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