Los ferroviarios dejaron jirones de vida. Pioneros del desarrollo, merecen gran homenaje

Desde Viedma hasta San Carlos de Bariloche muchos pueblos y ciudades nacieron a la vera de las vías férreas, donde verdaderos héroes forjaron con sus sueños el progreso de toda vasta región del desierto patagónico.

Merecen destacarse algunos nombres que para siempre quedarán en la historia: Ezequiel Ramos Mexía, Bailey Willis y Guido Jacobacci entre otros. Verdaderos pioneros del desarrollo que soñaban con una Patagonia en marcha.

Pero –muy importante- fueron esos empleados del riel que soportaron el trabajo rudo, el frío con muchos grados bajo cero en las pequeñas estaciones perdidas en la inmensidad de la estepa, y sobre todo la indiferencia, las críticas y las decisiones de funcionarios que nunca entendieron nada tomadas desde los mullidos sillones de Buenos Aires.

Muchos ferroviarios lloraron cuando se cerraron los ramales, y San Antonio Oeste e Ingeniero Jacobacci fueron tal vez los más perjudicados. Hasta un candado cerró la COMSAL poniendo un triste recuerdo en toda la población.

La “Trochita”, el orgullo de toda una región, dejó de hacer su habitual recorrido quedando aisladas los pequeños parajes de la meseta. ¡Cuánta desidia!!

Conocí personalmente a muchos obreros del riel que con los ojos brillantes me contaban particulares de su vida entre máquinas, estaciones y durmientes. Querían el tren como pocos. Incluso cuando en los duros inviernos de la región, había que tomar las palancas de cambio con trapos y guantes sino las manos se quedaban pegadas a los hierros.

Miles de anécdotas poblaron el sueño de estos trabajadores, familias enteras hermanadas por los rieles.

Varios historiadores dejaron testimonio de aquellos años de tantos esfuerzos: Adolfo Fragoza, Elías Chucair, Pepe Sánchez, Carlos Espinosa y cuántos otros.

En su época de oro el famoso y puntual “Tren Blanco” recorría pueblos y parajes. Los “Arrayanes”, los andenes llenos de gente, los vagones con carga traían las novedades y hasta los diarios y revistas de Buenos Aires, que todos esperábamos con ansiedad.

Todavía hoy hay cierto movimiento que languidece sobre las viejas paralelas de acero. Se ven aún los obreros sobre la zorra vía recorriendo y reparando los rieles. Y el tren que aún recorre con frecuencia semanal todo la inmensidad de la Línea Sur, con el pitido inconfundible de tiempos mejores que despiertan nuestros recuerdos.

Mi amigo el escritor José Juan Sánchez dejó un  libro imperdible donde cuanta el cierra de los talleres y en “El pueblo que no quería morir” glosó en un hermoso poema el trabajo de los mismos.

“LOS FERROVIARIOS”: “Es un amor sin barreras/ tenaz como ese durmiente/ mimetizado en la tierra, / unido al riel para siempre.  Nadie sabe bien por qué/ nace el culto en esos seres, / lo heredan como coronas/ y respetan como a reyes.  Sin importar el lugar/ quizás reparando andenes/ jefes de alguna estación/ operarios de talleres, / guardas de las formaciones/ maquinistas de los trenes/ aman el riel como propio/ jamás le serán infieles.  San Antonio por ejemplo/ adoraba sus talleres/ como un don que le da vida/ a los hombres y mujeres.  Abandonado su puerto, / el agua oculta en papeles / un horizonte impreciso/ mostraba el negro presente.  Solo quedaban las vías, / para mejorar la suerte, / Valcheta nos daba el agua/ por la gracias de los trenes.  San Antonio se desploma/ cuando las vías se cierren.  San Antonio se rebela/ el pueblo dice presente/ no acepta aquella injusticia/ de los que nunca comprenden/ que están cerrando la vida/ cuando cierran los talleres.  Con ese grito indignado/ gana el pueblo con su gente/ la estirpe ferroviaria/ cala tan hondo, tan fuerte, / siempre quedará semilla/ esperando que regrese”.

Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

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