El misterio del paraje Nuevo León, entre Viedma y San Antonio Oeste por la ruta 3

 

La Patagonia tiene estas cosas: misterios insondables, leyendas que atrapan, llamados ancestrales que vienen de lejos, historias ignaras, tradiciones de viejos linajes, supersticiones de ritos que se fueron.

El viajero que la recorre con los ojos abiertos siempre la encontrará llena de atractivos que van más allá del paisaje y de la gente. Sus regiones dispares la visten con la magia de sus distintas comarcas: estepa, cerros, mesetas, lagos, ríos arteriales, bosques espesos, escoriales como calveros,  bardas y acantilados que caen a plomo sobre el mar donde alguna vez se posaron las naos de navegantes y aventureros.

Si acaso se viaja por la travesía entre Viedma y San Antonio Oeste, en el Departamento de Adolfo Alsina, se encontrará con el cartel de un paraje solitario: “Nuevo León”.

Se dice que “el origen de esta localidad está dado por la estación de ferrocarril del mismo nombre”.

El curioso nombre de esta localidad nos remite a la fracasada Gobernación de Nuevo León, que fuera el nombre que, en recuerdo del reino de León, se le dio a la Patagonia en el año 1536 por parte del conquistador Simón de Alcazaba y Sotomayor.

La gran pregunta es ¿Por qué lleva ese nombre tan lejos de la gesta que emprendió Alcazaba al fundar su frustrada gobernación en los parajes del río Chubut?

El excelente poeta y amigo pampeano Edgar Morisoli escribió un inspirado poema titulado “Cartel de Nuevo León” donde rescata el paraje:

“Hoy por hoy, ¿Quién se acuerda / de Simón de Alcazaba? –En un destartalado / apeadero, una vieja estación  de la línea / que alguna vez unía Viedma con Bariloche, / hay un cartel que solo el viento lee / y anuncia todavía: “Nuevo León”. Este letrero inútil, repite para  nadie el nombre de aquel  feudo / -desmesurado, ensangrentado, efímero- / concedido a Simón por voluntad del rey: / “doscientas leguas  castellanas, de mar a mar, contadas / de 37 grados de latitud al Sur”, / …Simón, el portugués, presuntamente / marrano, hábil cosmógrafo y osado navegante / de las Especierías, / tras firmar en Toledo las capitulaciones, armó dos naos, / viajó sobre la estela / de un tritón, desembarcó en la Costa Patagónica / -puerto de Los Leones- / y tomó posesión de su agreste dominio / con tambor y escribano, estandarte real y cruz alzada, / En 1535. Muy pronto moriría, / vilmente asesinado por su propia mesnada. Ni siquiera / logró calar la tierra en la medida / de sus sueños.

La hueste / buscó al Norte, cruzó las pampas altas / -neneo y cantizal, el gran aire desierto-, / y llegó al río Chico (al que llamaron ¡Guadalquivir!). Simón había vuelto a las naves / para morir, y tarde comprendió que la estela seguida / fue la del Leviatán. / Algunos de sus hombres / alcanzaron, exhaustos, el Chubut. Remontaron / el valle. No había oro, no había Césares, / y casi no había gente. Un toldo apenas / con un anciano y dos mujeres solas. / No había oro. Había furia, ambición, desengaño, / hambre y locura. La discordia / sembró aciagas simientes. Simón miró su reino / -“doscientas leguas castellanas, de mar a mar, contadas…”, / írsele con la sangre bajo el puñal del crimen. / El viajero que cruza, hoy por hoy, esos montes / ensaya puntería / sobre un desvencijado cartel –Nuevo León- / donde a veces se posan los loros o el carancho”.

Texto: escritor Jorge Castañeda

Valcheta (Río Negro)

Foto: Ingreso a Caleta de los Loros, en la costa marítima. Cerca de ese lugar, por la ruta 3, está Nuevo León

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