Esta es la casa de un escritor rionegrino. Libros dedicados, antigüedades y colecciones

Desde siempre –aun cuando era un niño- soñaba con ser escritor e irme a vivir al delta del Paraná. Al delta nunca pude ir pero de alguna forma soy un escritor, circunstancia por la que soy feliz. Un escritor regional, eso sí. Es decir fiel a mi lugar en el mundo.

Y también desde pequeño me gustaba juntar cosas. Hábito que con los años como le pasaba a Pablo Neruda, poeta de Chile y del mundo, se ha hecho compulsivo.

Por eso importuno a mis amigos y me pongo muy contento cuando me obsequian alguna pieza rara o antigua. Y mis amigos se complacen en traerme o enviarme cosas.

Irma, mi compañera, con un estoicismo que es digno de admirar, se ocupa de la limpieza de la biblioteca  (más de tres mil libros y más de mil dedicados por sus autores) y del salón de antigüedades.

Por supuesto, aclaro, no es museo propiamente dicho, para eso está el Museo Provincial “María Inés Koop” que es estupendo y digno de visitarse, atendido por la gentil Romina. Es solamente parte de lo que que yo con cierta pretensión llamo “La casa del escritor”.

Hay de todo como en botica; mapas antiguos, planos, retratos, libros raros, documentos históricos, artesanías, botellas raras, damajuanas, latas antiguas: de galletitas, varias de té, de dulce de membrillo Bagley cuando venía en lata con forma de valijita, de vinos, de café con la historia del chocolate, de bombones Saint, etc., un monedero de colectivero, llaves viejas, utensilios de cocina, rastras con centavos de patacones, afiches de otros tiempos, elementos de dibujo técnico, radios del tiempo de María Castañeda, muchas cámaras fotográficas (una con forma de lata cerveza Budweiser), mayólicas de exquisita factura, el micrófono donde cantó por última vez Azucena Maizani, una balanza romana, un calentador Bram Metal cuadrado de color rojo, varios ceniceros, una colección de mates, una plancha de hierro con el respectivo posa-plancha, mayólicas de exquisita factura, la máquina de coser Singer de mi madre y una plomada de mi padre (modista ella y albañil él), una maquinita de picar carne, magazines, casetes y discos de pasta y vinilo con sus respectivos aparatos para escucharlos; los discos la mayoría dedicados por sus intérpretes, un hermoso combinado con la respectiva radio y el tocadiscos Winco en perfecto estado de uso, sacapuntas, un encendedor carusita y otro con forma de pistola, llaveros, llaves de todo tipo y factura, relojes despertador, de pulsera y de bolsillo, un gran afiche con todas las razas de ovejas del mundo y otro de las cubiertas Fate, un auténtico sombrero mexicano regalo del escritor de México Abel Gallarzo Medina, lapiceras con logos, un retroproyector de láminas, uno de diapositivas, varias máquinas de escribir, entre ellas una planillera que usé mucho, monedas y billetes, pasadores de pañuelos de cuello, y tantas, pero tantas cosas. Esas que dice nuestro Jorge Luis Borges que vivirán seguramente más que nosotros.

Pero antes de cerrar esta crónica unas gracias muy grandes a todos los que me han regalado estas piezas.

Y a quienes quieran visitarlo que se lleguen hasta mi casa de Valcheta y serán bien recibidos. Porque también me gusta recibir visitas.

Texto: Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

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