Segunda parte: María, cacique tehuelche venerada por su gente. “Son indios de paz y no roban”

 

En una publicación anterior contamos parte de las acciones que desarrolló la cacica tehuelche María la Grande en nuestra Patagonia y a raíz del interés demostrado por muchos lectores, consideramos que era necesario hurgar un poco más en la vida de esta singular persona, que construyó su liderazgo con inteligencia, sagacidad, capacidad y, principalmente, respetando y haciéndose respetar.

La infancia de María transcurrió en la época en que tanto españoles como pobladores de distintos países europeos fijaron su interés en la Patagonia, por diversas razones.  Algunos mostraron su intención de  radicar en esta región sus colonias, otros porque advirtieron que el mar de nuestro Sur era una fuente de riquezas inagotable y gran parte había advertido también que la caza de lobos marinos era una posibilidad cierta.

Precisamente, uno de estos cazadores de focas, el Inglés James Weddell conoció a María en 1820 en Bahía Gregorio y allí comprobó que era una gran oradora y que ejercía gran liderazgo entre los tehuelches.

Existe gran coincidencia entre quienes la conocieron y dejaron testimonios, respecto a su don de mando, firmeza en sus decisiones y un instinto natural para relacionarse.

Es necesario destacar que entre los conocidos que llegaron a estas tierras figuran, entre otros, el australiano Phillips Parker King, quien en sus navíos “Adventure” y “Beagle” recorrió las costas australes, contando entre los integrantes de su comitiva  al inglés Robert Fitz Roy, quien en una segunda expedición de la que era su capitán lo acompañaba  Charles Darwin.

En sus escritos testimoniales, Fitz Roy comenta un nuevo encuentro con María con la que intercambió diversos elementos, fundamentalmente, alimentos y otros enseres.

Afirma además Fitz Roy que en esa ocasión la cacica ofició una ceremonia religiosa donde mezclaba ritos indígenas y cristianos, por lo que Darwin pasó a nombrarla “La Santa María”. En la oportunidad,  María utilizaba un Cristo de madera, con quien decía hablar; cuentan además que en un momento de la ceremonia, María ordenó a su marido que con una lezna perfore los brazos y orejas de los hombres provocando, claro, su sangrado, lo que era considerado por estos como un verdadero honor.

Hay coincidencias también entre quienes frecuentaron y escribieron sobre María, los que afirman que demostraba disponer de un buen estado económico y describen que su toldería contaba con más de quince toldos y, en el centro, el que ella ocupaba mucho más grande que el resto y junto a este otro más pequeño que servía de depósito.

También dejaron constancia que en sus dominios habitaban refugiados, desertores de buques loberos y hasta prófugos de la justicia, algunos como sus protegidos y otros como enemigos.

Existen certezas además que dos misioneros norteamericanos que durante meses estuvieron en su toldería y se habían vinculado con María en su intento de pasar a Chile, la identificaban como la representante de su pueblo.

La cacica se mostró generosa con los misioneros, de nombre William Arms y Tutis Coana quienes obsequió sendos quillangos.

Merece a todo esto una mención especial el restaurador Juan Manuel de Rosas de quien se afirma sabía de la existencia de María, aunque no la cruzó en su expedición al desierto de 1833. Si tuvo contacto con la referente del matriarcado patagónico a través de personeros y cobra actualidad a raíz de algunos sucesos que se viven en la actualidad en el Sur de Rio Negro.

Se sabe, afirma Rosas, que siempre tuvo muy claro la condición no beligerante de los tehuelches, por lo que planteó realizar “negocios pacíficos”, que era la forma de denominar a los acuerdos comerciales y políticos con la población aborigen.

Rosas escribió dos notas ese año desde el Colorado, una a Vicente González, el 20 de agosto, afirmando: “Los tehuelches son indios de paz, enemigos irreconciliables de los chilenos” y “son indios que no necesitan robar para vivir, pobres de caballos, pero en sus campos hay muchísimos guanacos, avestruces y vacas”.

La otra nota, del 20 de septiembre, a Juan Terrero, en sintonía con la primera, señaló: “Los tehuelches, que son pocos, están de acuerdo y de amigos. Son buenos” Y – según el Restaurador –“si sigo con el negocio pacífico (con ellos) será muy importantísimo para la República”.

Se supone que María Grande murió en 1840 y que Rosas se enteró del suceso por boca de viajeros que testimoniaron que, aunque el entierro fue sencillo, a lo largo y ancho de la Patagonia, por tres días se encendieron hogueras en su honor.

Texto: Eduardo Reyes, periodista y escritor de Viedma

23-11-2021

 

 

 

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