El alumno que encontró una corbeta inglesa hundida en la Patagonia en 1770. Enigma

 

 Marcelo Rosas tenía 17 años el jueves 4 de febrero de 1982 cuando, sumergido en la ría Deseado de Santa Cruz, distinguió el esqueleto de la corbeta de guerra Swift. Nunca creyó que iba a encontrar ese naufragio que le había contado un profesor en una clase de matemáticas. La historia de un descubrimiento que sentó un precedente jurídico y que aún tiene final abierto

Esa mañana de martes podría haber sido como cualquier otra. En parte lo fue: los alumnos de tercer año del Colegio Salesiano San José de Puerto Deseado, Santa Cruz, volvieron a apelar al recurso de la inquisición y la distracción. La clase sabía que Ricardo Locarnini no era un docente convencional. Era, además de maestro de matemáticas, profesor de gimnasia, teniente de navío, militar retirado, un viejo jefe del apostadero naval, un hombre de leyendas, un educador culto y avezado, un orador locuaz y verborrágico. Los estudiantes jugaban a entretenerlo, a expensas de su debilidad por las epopeyas. Locarnini debía enseñar algo relativo a las matemáticas esa mañana de martes. No lo dejaron.

Hubo alguien, nadie sabe realmente quién, que le hizo una pregunta intrigante. Sospechaba que eso exoneraría a la clase del bodrio aritmético y abriría un campo vasto que abordaría el ancho de la hora cátedra. Desconocía que esa consulta liviana y desinteresada despertaría del letargo una aventura ancestral. La pregunta viajó sin pretensión: “Profe, ¿hay barcos hundidos en la zona?”. La duda tenía sentido geográfico. Puerto Deseado es una ciudad costera, localizada en el centro del arco continental de la provincia de Santa Cruz. Es un punto oriental de la Patagonia, el filo de uno de las panzas de la frontera marítima. Tiene costa oceánica y puerto, por donde se infiltra el río Deseado. La duda tenía lógica vocacional: Locarnini había sido jefe del apostadero naval de la ciudad. Él debería saber de algún hundimiento.

Sabía. El entusiasmo lo cautivó. Giró, agarró una tiza y empezó a hacer garabatos en el pizarrón. Los estudiantes lo supieron de inmediato: no habría clases de matemáticas ese día. Habían activado una fibra íntima. El profesor de matemáticas era ahora un narrador fantástico que evocaba un recuerdo verosímil pero lejano, mítico. No todos siguieron el hilo de la historia. Era 1980. Los alumnos tenían quince y dieciséis años. La mayoría festejaba el divague, se codeaba con indiferencia, compartían papeles con mensajes. Había uno que desentonaba del resto: Marcelo Rosas tenía los ojos abiertos y los oídos absortos.

“Contó que un barco había venido desde Inglaterra en 1770, que había parado en las Islas Malvinas y que había venido hasta Deseado para refugiarse de una tormenta que lo había agarrado en el Puerto San Julián. Eso hizo que llegase hasta acá y que en algún momento encallase en una roca y se hundiese dentro de la ría. Así lo contó él. Lo escuché con mucha atención. En ese momento tenía dieciséis años y estaba empezando a bucear: para mí era una historia de piratas”, describe. El relato le pareció poco. Necesitaba saber más. Marcelo, una rara avis en ese grupo de estudiantes, esperó que terminara la clase y se desconcentraran sus compañeros. Lo recuerda con nitidez: él apoyado en el marco de la puerta, del lado de afuera del aula, haciendo la guardia, viendo el paso raudo de sus amigos. Último salió Locarnini. “Profesor, ¿de dónde sacó todo eso?”, le preguntó ansioso. “El que tiene datos de esto es Leandro Roberts”, le contestó preciso. No hubo repregunta. Marcelo se retiró satisfecho. Tenía una historia por asimilar y una continuidad garantizada. Leandro Roberts había sido secretario de cultura de la ciudad. Pero para él siempre había sido Caruso.

Leandro “Caruso” Roberts era el papá de su amigo y el amigo de sus papás. No quiso procrastinar su duda. Esa misma tarde se presentó en su casa. Lo recibieron con amabilidad, se sentó en el living y esperó que apareciera su interlocutor. Tampoco se demoró en abordarlo: “Mirá Caruso, Locarnini nos contó de un barco hundido. ¿Qué sabés de eso?”. Caruso contestó con emoción, misterio y tres palabras: “Esperame un minuto”. Se paró y se fue. Volvió con un grabador Geloso de cintas a carrete, un regalo de su nuera.

Ella se había casado con su único hijo. Vivían en Comodoro Rivadavia. Tenía una academia de inglés. Cinco años atrás lo había ayudado con una traducción, la misma que Marcelo escuchó esa tarde en la casa de Caruso. “Relato de la pérdida del buque de su Majestad HMS Swift ocurrido en las costas de la Patagonia el 13 de marzo de 1770″, decía una voz femenina. Era la nuera del viejo secretario de cultura recuperando la leyenda en inglés de Patrick Rodney Gower, un australiano que había llegado a Puerto Deseado persiguiendo una historia incompleta.

Hacia 1975 vivían menos de cuatro mil personas en la ciudad santacruceña. La llegada en soledad de un turista australiano que portaba un indisimulable aspecto extranjero y blandía una bitácora, que presumía de un diario de viaje amarillo y revelador, que evocaba un recuerdo legendario, que preguntaba sobre un buque inglés, sobre un naufragio del siglo XVIII, que decía ser un militar retirado descendiente de un tal Erasmus Gower, teniente de navío de la Swift, no pasó desapercibido. “Vino un señor diciendo que tenía un pariente muy lejano que había entrado con este barco, que se hundió en la ría del Deseado -le contó Caruso a Marcelo cinco años después-. ¿Sabés dónde? Yo ya no me acuerdo. Resulta que lo llevó otra gente a recorrer la ciudad y ya no lo vi más”.

La visita causó asombro temprano. El relato simulaba ser tan fascinante como fabuloso. Despertó un interés auténtico que se diluyó al compás de la ausencia de precisiones. El paso de los días disolvió el entusiasmo. Patrick Rodney Gower, que había llegado en busca de respuestas, se fue con más preguntas. Pero sembró el misterio, removió un recuerdo enterrado y cedió un relato pormenorizado de los hechos transcritos de la bitácora de un tripulante. La nuera del secretario de cultura lo castellanizó. “Llevátelo y después me lo devolvés”, le indicó Caruso.

Me quedé extasiado escuchándolo”, rememora Marcelo Rosas, hoy escribano y padre, cuarenta y cuatro años antes un alumno de tercer año apasionado por una historia de tesoros y piratas. Lo escuchó hasta memorizarlo. El relato fluido contaba detalles del hundimiento y de la larga espera, revelaba que la tripulación no tenía para comer ni para cazar, describía con extrañeza la presencia de una suerte de conejo raro que tenía un círculo negro en la cola y se sentaba como un mono: la descripción de una típica mara patagónica.

La referencia bibliográfica que escaseaba en el páramo santacruceño tenía constancia en los archivos históricos de Gran Bretaña. La Swift usaba el prefijo HMS, que significa His Majesty’s Ship o barco de su majestad, por pertenecer a la real armada británica. Había sido fabricada ocho años antes de su final. Estaba destinada a custodiar el apostadero de las Islas Malvinas, desde donde partió el 7 de marzo de 1770 hacia tierras continentales en una travesía de expedición para investigar -o desafiar- el dominio de la población tehuelche. Al sexto día de navegación, una tempestad obligó al capitán George Farmer a refugiarse en la boca de la ría Deseado. Ingresó a este fondeadero natural para descansar del vaivén. No imaginó que una roca traicionera, solapada por la marea alta, lo enviaría al fondo del mar en una secuencia inesperada.

Tres tripulantes murieron ahogados con la corbeta de guerra. Los otros ochenta y ocho se salvaron. En botes salvavidas o a nado llegaron a la costa, que se encontraba a treinta metros de las ruinas del navío. La baja velocidad del hundimiento permitió acciones preventivas de aprovisionamiento. Establecieron un campamento temporario en cuevas naturales. Estaban en una zona deshabitada, en la antesala del invierno. No había más que fauna silvestre para alimentarse. Solo ellos sabían que se enfrentaban a una situación dramática, sin comida en abundancia ni abrigo. Solo los salvaría una hazaña: un capitán, seis marineros y un pequeño bote de seis remos surcaron aguas abiertas para dar aviso. En abril de 1770, el navío de guerra Favourite de bandera británica rescató a los sobrevivientes. Erasmus Gower era uno de ellos.

Marcelo Rosas se obsesionó. Pasó las cintas del carrete al cassette. Exprimió los conocimientos de Caruso que no fueron suficientes, no por desgano, sino por olvido. Había informado a las autoridades la presunta existencia de un buque inglés hundido en 1770. Pero nadie se había molestado en buscarlo. Le entregó un papel que decía “Patrick Rodney Groove Mayer, Melbourne” acompañado por un número de teléfono. “Pero era 1980, no había forma de llamar a Australia. Las comunicaciones eran carísimas”, revela. Agotó la memoria de Caruso y el cuento del profesor Locarnini. No sabía por dónde seguir. Escuchaba el relato una y otra vez en el pasacassette de su Fiat 600. Paraba en la calle a los más viejos para preguntarles si alguien recordaba algo de aquel australiano que había llegado blandiendo una bitácora amarilla y reveladora. Nadie aportó un dato sustancial. La investigación entró en una meseta.

En marzo de 1981, Marcelo tuvo una idea. En la ciudad estaba de visita Marcos Oliva Day, capitán de navío retirado, papá de un amigo suyo. Lo abordó antes de que emprendiera su regreso a Buenos Aires. Fue hasta su casa. Le narró lo que Locarnini y Caruso le habían narrado. Él sabía de la existencia de una corbeta británica hundida en la ría. Escucharon el relato traducido de Erasmus Gower, estiraron una carta náutica en el suelo, se recostaron y simularon el recorrido de la tragedia: pensaron qué podría haber provocado el naufragio de la Swift.

En el relato, Erasmus Gower habla de una antigua expedición. En 1764 ya habían atravesado la ría de Puerto Deseado: sabían que la marea alta escondía rocas peligrosas. Seis años después, una tempestad los forzó a arroparse en los conductos internos del cono sur. El teniente británico relevó dos rocas. La primera ya había sido bautizada y marcada por los marinos. Era la roca Beagle, un obelisco subacuático que solo desnudaba su punta cuando la marea bajaba y que fue demolida antes de la guerra de Malvinas. La presunción es que la Swift la rozó en su ingreso desesperado a la ría y el capitán procuró acercarse a la costa para inspeccionar los daños, pero no advirtió que una roca plana entorpecía su paso. La embarcación se posó suspendida, quedó encallada y las olas no pudieron arrastrarla. Intentaron apuntalarla con sogas, reducir su peso y rezaron para que la marea le devolviera su flotabilidad. No sucedió.

“Evidentemente esta roca está bien dentro de la ría”, concluyó Oliva Day, que conocía la zona por haberla relevado en investigaciones militares. La roca era un absoluto incierto: plana, en forma de rampa, se camuflaba entre los islotes que emergen cuando la marea se retira. “Quiero buscarla -le dijo el joven-. Lo que no sé es cómo”. El capitán aplacó su fervor con un manto de templanza. “Antes necesitamos más información -lo detuvo-. Dejame que primero hable con Quique González”. Quique González era Enrique González Lonzieme, también capitán de navío, también historiador naval, por entonces director del Museo Naval del Tigre, quien estaba presto a encontrarse con otros capitanes, otros historiadores navales, otros directores de museos en un congreso celebrado en Greenwich, Inglaterra. “Veremos ahí qué podemos conseguir”, le dijo.

Pero Marcelo no quería esperar quieto. Le preguntó a Oliva Day qué podía hacer mientras tanto. “Buscate un grupo de amigos, ármense una comisión y empiecen a buscarlo cuando pase el invierno. Vas a ver que el agua va a cambiar, la temperatura va a estar mejor y va a haber mejor posibilidad de encontrarla”, le aconsejó. Esa misma noche de marzo de 1981, convocó al primer integrante de la subcomisión de búsqueda y rescate de la corbeta Swift: cruzó la calle, encontró a Marcos Oliva Day, hijo y homónimo del capitán, y le consultó “¿vas a buscar a la corbeta conmigo?”. Fue una pregunta sin necesidad de respuesta.

Nunca había compartido su fervor con alguien. Mario Brozoski era tres años mayor. Era su amigo, también era buzo. Fue a verlo para incorporarlo al proyecto. “Golpeé la puerta y estaba con Daniel Esteban Guillén, el novio de su hermana. Guillén, que en ese momento no era buzo, dijo que también quería participar. Él sugirió a algunos y esos sugirieron a otros”, recuerda. El primer grupo de la subcomisión estaba integrado por Marcelo Rosas, Mario Brozoski, Marcos Oliva Day hijo, Daniel Esteban Guillén, Madlen Klez -le decían Maku y había sido propuesto por Mario- y Rubén Puschel, invitado por Maku.

Se juntaban los viernes y los fines de semana, por fuera de las obligaciones escolares de Marcelo, no el único joven del grupo, sí el único estudiante secundario. Los encuentros consistían en desentrañar las cintas de Erasmus Gower, compartir relevamientos y actualizar el estado de la búsqueda. Se habían repartido las tareas: visitar las bibliotecas, hurgar los archivos, recurrir a la memoria de los primeros ciudadanos, indagar en transformaciones de la ría, entrevistar a pescadores -viejos lobos de mar-, navegar la zona, bucearla. En esas reuniones comprobaron fehacientemente el desenlace de la corbeta y desactivaron el aura mitológica del naufragio. “Teníamos temor de que pudiese ser todo una leyenda urbana”, sugiere Rosas. En la biblioteca de Puerto Deseado, un libro escrito por el capitán Rato hablaba de las amenazas de la ría según el comportamiento de la marea, y Enrique González Lonzieme certificó que el Museo Naval de Inglaterra había registrado la fatalidad de la corbeta de guerra inglesa Swift y remitió los planos de fabricación de un barco gemelo: el Hazard. “Ya sabíamos que era real, ya teníamos los planos, pero había que ver dónde estaba, porque rocas planas e islotes hay por todos lados”, dice Marcelo.

La ansiedad los sobrepasó. No pudieron esperar al verano. Mario Brozoski y Marcelo Rosas emprendieron el primer rastrillaje en junio de 1981. “Hacía mucho frío. No le pegamos a esa roca porque no la vimos. Evidentemente estaba tapada por agua todavía y fuimos para otro lado, pero estuvimos cerca”, rescata. Localizaron un radio posible, la zona próxima al muelle fiscal, en los alrededores del área de Pesca Sur, una empresa de entonces. Se presentaron en las oficinas de un diario local llamado El Orden. Le preguntaron al director por el archivo de 1975. Un australiano en Puerto Deseado hubiese sido noticia en sí. Buscó en el depósito, pero los artículos de aquel año se habían extraviado.

Siguió en contacto por carta con Oliva Day, integró a la subcomisión a integrantes de un club de pesca que le facilitaron respaldo jurídico y logístico, reservó embarcaciones y tubos de buceo para el verano. Esperó a febrero de 1982. Guillén volvió al pueblo convertido en un buzo profesional. Hicieron una recorrida preliminar en bote. “¿No será esa roca?”, se preguntaron. La marcaron y prometieron volver. El 4 de febrero de 1982 fue jueves. Llegaron al lugar vestidos de buzos en el Taunus amarillo de la mamá de Marcelo. Nada era como luce ahora: el área está cercada, pertenece al puerto y los tanques de combustible de YPF entorpecen la revelación de las rocas sumergidas.

Pero en ese verano de 1982, las condiciones eran otras. “Eran las cuatro de la tarde -reconstruye Marcelo-. Entramos despacio con Guillén. Éramos los dos únicos en disponibilidad de bucear. La marea estaba muy baja. Se veía la roca totalmente descubierta. Llegamos caminando, una cosa rarísima. Caminamos hasta que nos dio el agua en el cuello. Ahí nos sumergimos. Sentía claustrofobia porque no me gustaba bucear sin visibilidad. Guillén me dio la mano para no perdernos, por seguridad. Recorrimos la roca. En un principio, nos fuimos hacia un costado. El punzó una madera. Me miró, me hizo señas de que no era. Nos volvimos hacia la punta de la roca, como quien mira hacia la salida de la ría. Avanzamos. Avanzamos. Avanzamos. Ahí, de pronto, sobre brumas, porque la ría es muy fangosa con la marea baja y se ve todo viscoso, veo astillas, astillas, astillas, astillas, puntales, puntales, puntales, puntales”.

La imagen permanece indeleble en su retina. Distinguió el esqueleto de treinta metros de un barco: el barco del cuento de piratas de Locarnini, el barco del que hablaba ese militar australiano, el barco de la búsqueda del tesoro de Oliva Day, el barco que se había convertido en su obsesión los últimos dos años. “La sensación es indescriptible -describe-. Lo digo en broma pero también lo digo en serio: debe ser lo mismo que sintió el arqueólogo Howard Carter cuando encontró la tumba de Tutankamón”. Quedó sumergido, en pausa, estupefacto, mudo. Guillén se agarraba la cabeza y le señalaba el barco. Le decía sin decir “mirá, lo encontramos”. Él solo escuchaba el silencio y el gorgoteo de la respiración debajo del agua.

Era un barco sin piel, una corbeta que se había enterrado y desmoronado. Perduraban las vísceras y las entrañas, los puntales y las astillas, la morfología clásica de un naufragio. Los dos regresaron a sus casas. Le contaron a sus novias, a sus familias. Al otro día, lo divulgaron en el seno de la comisión. “¡Encontramos la corbeta!”, le dijo Marcelo a Marcos Oliva Day hijo, que le avisó a su padre, que anotició a Enrique González Lonzieme. Pero el pueblo lo ignoraba todo. La Swift pertenecía al imaginario popular, al patrimonio mitológico de la ciudad. Su hallazgo, 212 años después de su naufragio, despertaría más recelo que asombro. Marcelo sospechaba que nadie le iba a creer, que incluso se iban a reír si anunciaba que una subcomisión liderada por un buzo de diecisiete años rescató de las profundidades un navío inglés.

En septiembre de 1982, Enrique González Lonzieme, presidente honorario de la subcomisión, divulgó el descubrimiento en conferencia de prensa, secundado por el intendente, las autoridades competentes y los autores de la proeza: “Según todos los indicios que tenemos, la Swift hallada es verdaderamente la Swift”. Era la oficialización de un hallazgo arqueológico submarino único, obra de un grupo de entusiastas inexpertos que juramentaron no canibalizar, vandalizar o monetizar a la Swift. “¿Cómo hacemos para que esto no se convierta en un botín para nosotros?”, le había planteado Marcelo a Oliva Day. “Nombren presidente de la comisión al director del Museo Naval y él le va a asignar la importancia que corresponde”, le contestó. Por entonces no había una legislación que impidiera la comercialización del tesoro patrimonial encontrado. El acuerdo fue tácito y primordial: lo que se encuentre, solo le pertenece a Puerto Deseado.

Marcelo solo volvió una vez. No le interesó más el barco hundido. Cumplió la mayoría de edad el 23 de abril, casi tres meses después del hallazgo. Pero veintiún días antes de su cumpleaños, Argentina e Inglaterra desataban una guerra por la soberanía de las Islas Malvinas. Sus sensaciones eran extrañas, todo se había removido. Apareció un viejo director del diario El Orden con los archivos que había buscado: la carta en inglés de Erasmus Gower y los planos del hundimiento. La historia estaba completa. Él terminó quinto año. Se fue a estudiar a Santa Fe. Se recibió de abogado. Volvió a Puerto Deseado. Heredó el oficio y la escribanía de su papá. Vive una vida normal.

No tiene un cartel en la frente que lo identifique como el primero en haber vuelto a ver la corbeta inglesa hundida en el mar argentino. Habla cuando le preguntan. Intenta no repetir su relato. Guarda recuerdos intensos y otros volátiles. Se desentendió del derrotero de la Swift. Lo recuperado sobrevive en un museo que homenajea la memoria de Mario Brozoski, fallecido en 1986, cuatro años después del descubrimiento, en un accidente de buceo.

La tarea la completó el Grupo de Trabajo de Patrimonio Subacuático del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios. El arquitecto y buzo Cristian Murray convocó a arqueólogos para procesar la información que se hundió con la corbeta y que la ría Deseado conservó. Dolores Elkin supo la historia de la Swift en 1992. Su hallazgo -dice- permitió el inicio en Argentina y en otros países de la región de una especialidad de la arqueología que solo existía en Norteamérica, Europa y Australia. “También sentó un precedente jurídico, porque fue el primer sitio arqueológico sumergido en nuestras aguas al que se le dio carácter patrimonial”, subraya.

Comenzaron la excavación por la zona de la popa, donde estaba la cabina del capitán. Habían planificado la exploración por prioridades: querían saber qué objetos usaban los oficiales en comparación con los marineros comunes. “Allí aparecieron muchas piezas de loza y de porcelana de muy buena calidad, así como objetos de vidrio tallado. También teníamos muchas expectativas de encontrar ciertos tipos de materiales que bajo el agua -y sobre todo el agua fría- se suelen preservar muy bien como madera o restos de comida. Y efectivamente así fue: hallamos muebles y otros objetos de madera, y una importante variedad de condimentos, frutos y semillas”, apunta la investigadora del Conicet y del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (INAPL), y asesora honoraria de la Unesco.

Rescataron vajilla, una hebilla de corbatín, granos de mostaza, huevos de pingüinos enfrascados, zapatos de cuero. No pensaban encontrarse con vestigios humanos. Sospechaban que los restos de las tres personas que murieron en el naufragio habían sido devorados por la corriente. Un día cualquiera, los arqueólogos Amaru Argüeso y Damián Vainstub vieron un zapato similar a otros que habían recuperado. El relato es de Dolores Elkin: “Pero cuando lo inspeccionaron mejor descubrieron que tenía huesos adentro y también constataron que junto al zapato estaban los huesos de la pierna, por lo que era probable que se tratara de un esqueleto completo. Luego de intercambiar ideas respecto a cómo proceder, lo primero que acordamos fue suspender la excavación en ese lugar hasta comunicarnos con partes interesadas y autoridades. Eso incluía, desde luego, a la embajada británica en Buenos Aires por tratarse de un barco inglés. Lo que se consensuó fue continuar con la excavación, destinar un tiempo a estudiar los materiales y luego sepultar el cuerpo en Argentina. El entierro fue en 2007 en el cementerio británico de la Chacarita, con una ceremonia muy emotiva en español y en inglés y autoridades representantes de ambos países”.

En 1984, Marcelo Rosas estaba en Buenos Aires. La dictadura se había terminado. La democracia era un bebé de un año. La cicatriz de la guerra de Malvinas no se curaba. Las relaciones diplomáticas con el Reino Unido no se habían reparado. De paseo con su novia, se detuvo maravillado enfrente de una casa. “¿Quién vive ahí?”, le preguntó, curioso. “Es la casa del embajador británico, pero ahora no está porque como tenemos las relaciones cortadas, la tienen los holandeses”, le contestó. Había cámaras y un Rolls-Royce gris en la puerta. “¿Qué linda, no? ¿Quién pudiera entrar ahí?”, le dijo, sonrieron y se fueron.

En 2007, Marcelo Rosas estaba en Puerto Deseado. A su oficina llegó una carta del agregado militar Christopher Hyldon: lo invitaban al entierro en el cementerio británico de la Chacarita del marinero muerto en servicios. Después de la ceremonia, pasarían a disfrutar de un pequeño ágape en la casa del embajador, la misma a la que veintitrés años antes había deseado entrar. Ya no había un Rolls-Royce en la puerta y los paredones altos que recordaba no eran tan altos. La Swift -dice- lo llevó a lugares inimaginados.

An unknown private marine HMS Swift, 18 March 1770″, reza la descripción de la tumba del tripulante británico hallado en las entrañas del navío. Dos de los tres fallecidos eran soldados. Al restante, un cocinero, se lo llevó la marea. No fue posible, en su momento, identificar la identidad de la víctima. Aún conservan muestras de los huesos. Dolores Elkin confía que los nuevos métodos y técnicas genéticas puedan dilucidar el enigma: “Por las investigaciones realizadas hasta ahora sabemos que la persona enterrada era Robert Rusker o John Ballard, los dos soldados que fallecieron en el naufragio. Siento que estamos cerca de identificarlo con nombre y apellido e incluso contactar a algún descendiente”. Para que la lápida deje de decir “soldado desconocido”, para que la historia de la Swift tenga su final.

Texto: Milton Del Moral periodista de Infobae

 Título original de la nota: El estudiante que encontró, dos siglos después, una corbeta inglesa hundida en la Patagonia en 1770 y el enigma del hueso hallado

Foto; LA NACIÓN

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