Dos próceres que se volvieron locos. Ciudad de Río Negro lleva el nombre de uno de ellos

La historia argentina encierra muchos episodios raros y misteriosos. Suicidios, fraudes fenomenales, robos de huesos, desplantes, degolladuras, envenenamientos y, aunque parezca mentira, varios próceres que se volvieron  locos y así terminaron sus últimos días.

Uno, en cambio, apodado el “loco “ Sarmiento, si uno se interesa en sus libros, sus aportes de la educación, su vida política, su ingenio y los libros que sobre él se han escrito, podemos afirmar que estaba más cuerdo que ninguno.

De otro, el general Juan Galo de Lavalle, se afirmaba que era “una espada sin cabeza”, debido a su coraje pero como decía el Quijote de la Mancha sobre Sancho Panza “de poca sal en la mollera”.

Como una curiosidad podemos decir que dos murieron en alta mar: el fundador de Buenos Aires Pedro de Mendoza y uno de los motores de la Revolución de Mayo de 1810 Mariano Moreno. Y ya que estamos, Juan Larrea, integrante de la Primera Junta de Gobierno Patrio, se suicidó por una deuda el 20 de junio de 1847, a 27 años exactos del fallecimiento del General y Doctor Manuel Belgrano.

Con respecto al tema que nos interesa, un caso muy interesante y a la vez muy triste es el de Fray Luis Beltrán. Según Vicente Cutolo era un verdadero “mago”. Y según Bartolomé Mitre en su “Historia de San Martín” el mendocino fraile ayudante del Libertador “todo el caudal  de ciencia lo había adquirido por sí en sus lecturas, o por la observación y la práctica. Así se hizo matemático, físico, químico, artillero, relojero, pirotécnico, carpintero, herrero, dibujante, cordonero, bordador y médico; siendo entendido en todas las artes manuales; y lo que no sabía, lo aprendía con aplicar sus extraordinarias facultades mentales.

Después del regreso de San Martín se queda al servicio de Bolívar dando muestra de esas facultades. Pero… por un mal gesto de Bolívar, desaprobándolo en público, a los treinta años por ese desaire intentó suicidarse asfixiándose. Y según Daniel Balmaceda y otros autores, perdió la razón. “Andaba –cuentan- por las calles de Lima vendiendo estampitas y corriendo como un desaforado. Atropellaba a la gente y daba miedo a las mujeres. Varios meses le duró la enajenación, hasta que restablecido, viajó a Buenos Aires y murió en la pobreza un par de años después”.

Una localidad de Santa Fe lleva su nombre y aquí en el Valle Medio de nuestra provincia de Río Negro hay otro que primeramente se llama Villa Galese, después Tir Pestre (en galés) y en 1911 Fray Luis Beltrán.

El otro caso que narraremos en esta breve nota (hay otros) es el del coronel Ramón Estomba, fundador del Fuerte Protectora Argentina, actual ciudad de Bahía Blanca.

Después de su brillante carrera militar se encontraba como Comandante General  de la Frontera Sur en el poblado de Dolores, “cuando sus soldados notaron  que el valiente jefe daba órdenes ridículas. Los hacía avanzar, se arrepentía, los hacía regresar, desorganizaba las posiciones y discutía con sus subalternos utilizando argumentos irracionales. Cierta vez ordenó una carga contra un enemigo fantasmal que solo él veía”, cuenta Balmaceda.

“Un día, en la plaza principal de Dolores, hizo colgar un cartel escrito por su propia mano que decía: “Desde ahora, para siempre, hasta la muerte y más allá de la muerte, dejo el insignificante nombre de Ramón y me llamaré Demóstenes Estomba”.

La locura del coronel fue discutida por sus superiores, “mientras tanto, Estomba, seguía horrorizando a su tropa. Arrastró a un capataz de un campo de los Anchorena, de apellido Segura y lo ató a la boca de un cañón.  Encendió la mecha y Segura voló por los aires en pedazos.  Luego tomó un hacha y empezó a masacrar a los peones. Sus soldados debieron detenerlo y, conscientes de que estaba completamente loco, lo trasladaron atado al Hospital General de Buenos Aires. Su salud empeoró porque se negaba a comer. Murió el 27 de mayo de 1829”.

En la actualidad una calle céntrica de Bahía Blanca recuerda su memoria.

Y la historia de este soldado continúa hasta después de la sepultura donde las raíces de un gran árbol se tragó, literalmente sus restos; historia que ha contado muy bien mi amigo, el escritor Eduardo Reyes, radicado hace muchos años en Río Negro.

 Texto: Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta (Río Negro)

 

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