Otra vez aluden a tétricos sucesos en una ciudad de Río Negro. “Bajo de las Ánimas”

 

En las bardas que rodean a Cinco Saltos, en el centro del Alto Valle Oeste de Río Negro, yace una hondonada natural, cercana al Lago Pellegrini, en la que tienen lugar todo tipo de ritos relacionados con creencias populares.

El lugar es poco conocido; muchas personas dicen saber dónde queda pero pocas son capaces de explicar cómo llegar y casi ninguna de ir hacia allí. Se lo llama Bajo Negro o Bajo de las Ánimas. Se dice que sus tierras están muertas y no crecen las plantas y que la energía que las caracteriza es especialmente óptima para prácticas rituales esotéricas.

Ese lugar ha sido objeto de disputa territorial, entre las comunidades originarias y el Estado nacional a finales del siglo XIX cuando éste último se proponía conquistar, a través de prácticas genocidas, un territorio que no estaba desierto. Hoy, ese mismo lugar es objeto de una batalla, ya no a través de las armas, sino del significado, del lenguaje y de las creencias.

Cuando era chico, no me parecía extraño que en algunas ocasiones nos divirtiera ir a jugar a la escondida al cementerio de noche, intentar encontrar el Bajo Negro en repetidas ocasiones, descubrir trabajitos en las puertas de las casas o escuchar la historia de la chica que se aparecía en la ruta en medio de la oscuridad. Todo siempre relativamente oculto, subterráneo, clandestino, anónimo.

Por esos años comenzaba a entender que al pueblo se lo nombró Cinco Saltos, pero tuvo otros nombres, aunque uno corre paralelo al oficial: Colonia La Picasa. Su origen se relaciona con la leyenda oral que sostiene que había una yegua baguala que habitaba estas tierras cuando los primeros pobladores blancos comenzaron a llegar, a finales del siglo XIX y principios del XX. Negra con manchas blancas –picaza- era la líder de una tropilla de caballos salvajes, dicen que indomables, algo rebeldes y huidizos.

Para esa época en la Patagonia los caballos se hacían salvajes en la medida en la que pudieran aprovechar las peleas o distracciones de los hombres. Así, las guerras de conquista y colonización que el Ejército Nacional efectuó contra los pobladores originarios de estas tierras y todo lo que eso movilizó: escaramuzas, malones, por solo nombrar algunos de tantos ataques de terratenientes blancos sobre la población indígena, eran motivos de escape para yeguas y caballos que continuaban sus vidas en las llanuras, estepas y valles patagónicos.

En el Bajo Negro pasó algo comprobable. Dadas las condiciones geográficas del terreno, un grupo de hombres al mando de Sayhueque emboscó a una tropa pequeña del Ejército Nacional, que cayó en ese lugar fines del siglo XIX. Cuenta la leyenda que esos muertos no tuvieron cristiana sepultura, razón por la cual sus ánimas están vagando en esa zona –Bajo de las Ánimas-. Este hecho lo convirtió en un lugar con la espiritualidad necesaria para la práctica de ritos y para intentar vínculos con quienes fallecieron a través de las almas de los soldados muertos.

De ese enfrentamiento pudo haberse escapado La Picasa, producto de los ruidos de los trabucos, la sangre y las corridas de la escaramuza. Ese podría ser el origen del mito de la yegua, rebelde e indomable, parada en dos patas, incontrolable, brava.

En mi adolescencia me enteré sobre el Bajo Negro, los rituales, el hallazgo por esos años de una niña momificada encontrada en el cementerio y el abandono de la fábrica Indupa, que dejó un edificio enorme apto para las prácticas esotéricas y unas tierras muy contaminadas. Así, me di cuenta que estos eventos no sucedían en todos los pueblos que rodean a Cinco Saltos.

Con mis amigos intentamos ir al Bajo Negro muchas veces, no sé si lo logramos, pero siempre nos interesó indagar sobre el origen del pueblo, buscar conexiones con las prácticas y creencias populares, ir tras el rastro de la yegua salvaje e intentar decodificar esas historias.

En esas búsquedas hallamos –ya siendo un adulto y miembro del museo local- que en una crónica de 1970 sobre el origen de Cinco Saltos, se cuenta que, antes de La Picasa, este lugar era conocido como el País del Diablo.

Otra leyenda dice que la zona no estaba habitada por pueblos originarios porque según ellos, aquí ocurrían desgracias. La expansión de estas creencias encuentra su correlato en los videos y páginas que, en la actualidad, citan a Cinco Saltos como uno de los lugares más embrujados del mundo. Incluso en Wikipedia aparece como parte de un supuesto e incomprobable ranking mundial en el puesto cinco.

Lo cierto es que estas creencias existen. El rito, el trabajito, el Bajo Negro y quienes se involucran en las prácticas rituales son generalmente sectores populares que la mayoría de las veces dirigen su atención a cuestiones vinculadas con el amor o el dinero. Amarres de magia negra y blanca, rituales, flores envueltas en determinadas plantas, pintadas en piedras, búsquedas por recuperar un amor, por conseguir trabajo, por recibir dinero o para romper una relación, son las razones más comunes de los ritos. La necesidad imperiosa de creer en algo para subsistir.

Generalmente quienes los practican reciben críticas de toda índole entre las que vibra un tono clasista y católico. Incluso, hablan de limpiar el pueblo de esas voces que sólo conocen a Cinco Saltos por su esoterismo, una suerte de intento por eliminar las prácticas populares o por lo menos de silenciarlas, como Washington Otis en El Fantasma de Canterville queriendo limpiar las manchas de sangre con el limpiador incomparable campeón y el detergente Paragón. Este tema en Cinco Saltos plantea una dicotomía social muy clara. Por un lado, tenemos las clases sociales más acomodadas, cristianas y conservadoras. En frente las populares, que cuentan con un abanico más amplio de creencias entre las que se cuenta la convicción en la efectividad de los ritos esotéricos. Ritos que, por momentos, ocupan el lugar que algunas de nuestras constituciones y Estados a veces han llamado derechos cuando se involucran ritos por cuestiones económicas.

La creencia popular en el rito es esencialmente anónima, colectiva y, en estos casos, impalpable por necesidad. Su disimulo es su esencia porque de nada serviría que pueda ser practicada por cualquiera, como tampoco que pudiéramos precisar el lugar exacto donde está el Bajo Negro y descifrar sus enigmas.Lo que sí es observable es que hay una disputa de sentidos alrededor de esos rituales, como lo hubo alrededor del Bajo Negro y las tierras patagónicas en el enfrentamiento con el Estado Nacional: hay una relación de poder. Y, si bien es cierto que la brujería permanece asediada por el lenguaje oficial y clasista que la denigra, la intenta silenciar y la considera una mancha para el pueblo y sus Primeros Pobladores, oculto entre quienes habitamos este pedacito de Patagonia, sabemos que un fantasma recorre nuestras casas. Es el fantasma de los espíritus, de las brujas de Cinco Saltos que se manifiestan todos los días y quienes alguna vez estuvieron por aquí, saben que las hay, las hay. Es cuestión de creer o reventar.

Texto: Guido Riccono/ IG. @ricconoguido

Profesor de Historia y Doctor en Educación por la Universidad de Buenos Aires. Investigador de Conicet. Docente universitario y coordinador de la Licenciatura en Enseñanza Universitaria de las Artes, en IUPA.  Dirigió algunos años el Museo de la localidad de Cinco Saltos.

 

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