Leonardo Da Vinci ya lo inventó todo, pero odiaba la polenta

 

Además de ser uno de los grandes artistas del Renacimiento Italiano, el genial Leonardo Da Vinci fue, entre cosas, pintor, escultor, arquitecto, inventor, creador de máquinas de guerra y cuántas otras cosas más, además de pintar uno de los cuadro más célebres del mundo: la famosa “Gioconda”. Pero también tenía sus obsesiones y una de ellas era que ¡no le gustaba la polenta!!

Se cuenta que con sus amigos, especialmente con Sandro Botticelli (artista como él) en las tabernas florentinas le gustaba beber y yantar, pero aborrecía “la obligada polenta de trigo, que era el plato más popular, casi inevitable, en la Italia de aquellos tiempos”. Y cuentan sus biógrafos que a veces sabían cocinar juntos y hasta atender las mesas llenas de rudos parroquianos”. Debemos aclarar que aquella polenta nada tiene que ver con la delicada de maíz finísimo que consumimos en estos tiempos.

Juntos, hasta pusieron una posada que la llamaron “La enseña de las tres ranas” que por los platos refinados que ofrecían terminó en un rotundo fracaso.

Se dice que “nadie como él mezclaba las salsas con hierbas exóticas y grillaba las carnes con leña perfumada al aceite de ajo, que le daba a los asados un gusto novedoso del que era difícil no quedar prendado.

En la corte de los Medici, Leonardo impuso el uso de la servilleta y le agregó un diente al tenedor para hacerlo más práctico.

Dice el escritor Abel González en su ameno libro “Elogio de la berenjena” que “cuando viajó a Milán para ponerse a las órdenes de Ludovico Sforza, llamado el Moro, lo hizo a título de experto en la construcción de fortalezas y de maestro pastelero, que era el diploma que más le gustaba”.

En una carta que le envió al Moro le dice que “es urgente y necesario contar con una fuente de fuego constante. Además se necesita una provisión permanente de agua hirviendo. Después, un suelo que esté por siempre limpio. También aparatos para limpiar, moler, rebanar, pelar y cortar para acelerar las tareas. Además hay que construir un ingenio para apartar de la cocina los tufos y hedores y ennoblecerla así con un ambiente dulce y fragante. Y también música, pues los hombres trabajan mejor y más alegremente allí donde hay música. Y por último –y esto es genial- un ingenio para eliminar las ranas que hay en los barriles del agua destinada beber”,

Según se desprende de sus propias anotaciones, “de su imaginación nacieron el sacacorchos, un pelapapas mecánico dotado de cuatro cuchillas en forma de hoz (que giraban a fuerza de manivela dentro de un tambor), la máquina para cortar fiambres, la barbacoa, la picadora de ajos, el extractor para eliminar el humo de las cocinas, la máquina para hacer spaghetti, el lavaplatos y hasta el secador de ropa, que Leonardo usaba para secar con aire caliente las servilletas que impuso en la corte”.

Y cuenta en su famoso “Códex” una de sus grandes invenciones: “Se me ocurrió hacer unas pastillas de buey. Se sumerge un buey, o una vaca, lo mismo da, en un gran caldero con agua hirviendo en el que se habrán puesto algunas zanahorias, puerros, apios y varios puñados de bayas de enebro. Se los dejará cocer durante quince horas o hasta que la carne se desprenda de los huesos. Luego se lleva la carne  y lo que quede de las verduras a una prensa y se extraen todos los jugos. Se reparte esta pasta en varios recipientes muy planos (de no más de dos centímetros de alto) y se deja enfriar y coagular. Cuando está dura y sólida se la corta en pequeños rectángulos y se guardan en sitio fresco.

Cuando llega la ocasión, se agregan algunas de estas pastillas de buey al agua en las que se cuecen verduras, para darle más sustancia. De esta manera no habrá necesidad de matar un buey cada vez que uno quiera hacer un caldo o una sopa verduras”. Resulta maravilloso saber que Leonardo también había inventado con esta receta, el caldo en cubitos.

Los demás inventos ya son más conocidos: el paracaídas, el autogiro, el submarino, el tanque de guerra, la ametralladora, y cuántos otros.

Antes que su amada Mona Lisa del Giocondo, yo prefiero su genial autorretrato que lo pinta de cuerpo entero.

Texto: Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta (Río Negro)

 

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