Así es la vida en la Meseta de Somuncurá. “Abandono y el olvido de los que gobiernan”

 

Pensando en sus paisanos que habitan la inmensidad de la Meseta de Somuncurá, César Currulef, el autor del relato “La Criadita” expresó que “Al decir del poeta soy de raíz como el árbol, mitad cielo, mitad tierra. Y pienso en la vida medular del mapuche, donde nacen todas las vivencias de su simple vida pastora-criancera: vida que asperja a la tierra, agradeciendo al Vuta Chao, que le teme al huecuvú y se alegra por el canto del churcao, se pone en cruz el calzado al sentir llorar los perros y, en gesto de persignarse, moja su frente en agua de vertientes y el que silencioso escucha el musitar de las machis”.

Pensando en esa su gente que César conocía como pocos, me confió que basado en un hecho real escribió este relato.

Si bien algunas cosas han cambiado, igual quienes habitan el corazón de la meseta sufren el abandono y el olvido no solo de los que gobiernan sino también la indiferencia de muchos de sus co-provincianos. En memoria de César Currulef y de todos los habitantes que viven en  Somuncurá reproducimos el emocionante relato de su autoría “La Criadita”.

“Lusmira fue una criadita que supo vivir en los faldeos del Somuncurá. No me había levantado bien esa mañana. Ya los años nos dejan dormir poco. Más aún en estas soledades. Armé un  par de mates, me acomodé detrás de la cocina de leña. Era mi costumbre. Casi un rito”.

“Aclaraba por la meseta del Somuncurá. El mes de Agosto nos trae al paraje un viento cálido en comparación con los fríos de Abril. Y Agosto nos trae la esperanza de la parición, la alegría de la primavera… Si hasta la “cordión” de Manfiqueo suena más bonita”.

“Dejé el mate y me fui a ensillar. Este oficio de Juez de Paz ambulante me lleva por todos los ranchos. Por el nacimiento en lo de Ñancufil o porque el menor de los Millanao ya precisa la papeleta del enrolo o bien algún boleto de señalque busca su dueño”

“Lo cinché bien al oscuro y le fui dando rienda despacio. Crucé el arroyo “del Turco” espantando unos borregos guachos que habían roto el alambre”.

“Tenía que llegar ese mismo día a Yaminué. Unos gritos le hicieron levantar la cabeza al noble animal. Eran los entenaos de doña Tromelén que traían en sus manos pichoncitos de patos silvestres”.

“…Chao jué…chao doctor…”  Los quedé mirando hasta que se perdieron por los matorrales… ¡Pobre vieja! Pensé. Se va a morir cuando le falten”.

“Habían quedado atrás los ranchos de Curanao, de Manqueo, de Tromelén. La vista se me perdía en la azulada meseta, más allá de Yaminué.

Unos perros flacos me volvieron a la realidad. Ahí cerquita, parado en la puerta baja del rancho, ancha como las matas, el Eusebio me hizo señas a que baje. En sus manos el mate retobado con panza de cordero”.

“El rancho era bajo como todos los del Salado. Techo de jarillas y piso de tierra. La cocina mostraba las paredes adornadas con gran cantidad de recortes de diarios y revistas. Para uno deja de ser una motivación pero para el recién llegado es curiosidad”.

”–¿Quién las pegó, che?, le pregunté al paisano. –Lusmira la pegó. ¿Te acordás?, me respondió, alcanzándome un mate, como prueba más de su lealtad, tantas veces demostrada en estos casi veinte años de oficial público”.

“Conversamos largo y tendido. Me notició e la fiestita que prepara la escuela. Con todo lo note preocupado, Se sinceró por su mujer, que la tenía picada e pulmones en Valcheta y de Lusmira que era compañía de la maestra. Una forma para que la criaturita no faltara a clase. Porque Eusebio la quería una escuelanta de verdad”.

“Me despedí del paisano. No podía demorarme más. Llegué a media tarde. La diligencia me lló varios días. Me llegue por Ramos y Nahuel visitando a mis compadres.”

“Sería como el cinco de Septiembre cuando desde Valcheta emprendí el regreso. Muy entrada la noche aparecí en mi rancho. Noté un extraño silencio. Noté que los perros de Eusebio no me salieron al cruce. Y tampoco los entenao de doña Tromelén”.

“Le bajé los cueros al animal y quedé mirando la silueta borrosa de la escuela rancho, pensando en la fiesta del maestro, los pobladores que llegarían de todos los parajes vecinos y la alegría del Eusebio y Lusmira y en las rancheras, todas iguales, que tocaría Manfiqueo”.

“Me acosté muy cansado. De madrugada comenzaron a llorar los perros. Medio dormido puse las alpargatas en cruz (tanto lo había escuchado pa favor de los difuntos) que al final no me dormí más”.

“Siento que me llaman y al abrir me encuentro con Eusebio. No podré olvidar ya la expresión de ese hombre acorralado por las circunstancias. Lusmira había sido atacada por un falso cruz (crup)”.

“Llegamos a la escuela y al borde de la cama la maestra asistía a la enferma. Ahora yo tampoco daba crédito a lo que veían mis ojos. –no hay nada más que hacer Don… atinó a decir la maestra. Y así la tragedia, con el llanto del paisano, me señalaron como las distancias se transforman con la muerte”.

“Por la mañana todo el paisanaje se había llegado a la escuela. Y el aula que sirve para todo, sirvió para velar a la criadita”.

“Por la tarde la llevamos al Chenque ,entre el asombro de los más pequeños, el llanto de las mujeres y el silencio entrecortado de los viejos paisanos, formados con la piedra, los arroyos, el monte, los pájaros, el viento, la parición”.

“¡Hombres y mujeres que la vida los vuelve o los transforma en agresivos y tiernos, en generosos y humanos!”.

“Los durazneros del paraje El Salado dieron sus primeras flores en memoria de la criadita. Eusebio se fue para Los Berros y ahí anda de ladrillero. De la mujer nunca supe más. En el rancho del cruce quedaron las figuritas de Lusmira, la criadita de Eusebio, la escuelanta que no pudo ser”.

“Eusebio echó mala esa vez. Y la paisanada También”.

Texto: Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

TITULO ORIGINAL: ASÍ ES LA VIDA EN LA MESETA – LA ESCUELANTA QUE FALLECIÓ DE FALSO CRUP – UN RELATO DE CÉSAR CURRULEF.

 

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