Elogio a  la galleta de campo. Ya poco se ven en las panaderías, pero ¡que ricas que eran!!

 

Yo me recuerdo cuando en los años de mi infancia los productos de panificación se sabían vender por los barrios de la ciudad en pintorescos carritos de tracción a sangre y el amable panadero pregonaba su crocante mercadería, que alcanzaba en una hermosa canasta de mimbre.

Y alternando con otras variedades mi madre compraba las tradicionales en aquellos años “galletas de campo”, que nosotros comíamos en las meriendas untadas con manteca y rociadas con azúcar. Y el mate cocido o la cascarilla eran el complemento ideal. Muchos dirán que eran otros tiempos pero que ricas que eran. Debemos aclarar que los hornos eran por entonces calefaccionados a leña y el aroma al pan cocido se sentía a varias cuadras, despertando nuestro apetito.

El escritor Jorge Oscar Balbuena de Río Colorado en su ameno libro “Vivir en el monte” hablando de ellas escribe lo siguiente:

“Es un tipo de masa que estando bien hecha, es muy sabrosa siendo fresca y no pierde su encanto –a veces lo acrecienta- cuando se seca; porque lo hace “bizcochándose”  y desmigajándose suavemente al ser mordida”.

“Según los tiempos y los lugares –continúa Balbuena-esa galleta debía durar desde semanas hasta meses. Por sus características era muy liviana –digestiva y físicamente- especialmente cuando se empezaba a secar; por lo que en las bolsas en que las ponía –de arpillera, cuándo no- eran voluminosas”.

Todavía cuando uno viaja a los parajes de nuestra región sur se las puede ver muy tentadoras conservadas en las muy útiles bolsas vacías de harina.

“Ya en el campo –según nuestro escritor- esas bolsas se guardaban en lugares ventilados y secos, Como de todos modos se tenía que secar, se trataba de que fuera lo más rápido posible para evitar que se ardiera. Eso solía ocurrir cuando algún “ejemplar” no estaba bien cocinado y quedaba “apelmazado” conteniendo en su interior zonas de masa que se comportaba como cruda en cuanto a su conservación. Por eso era necesario revisar las galletas de vez en cuando, por aquello de que “una manzana podrida…”.

Yo, por mi parte las he visto conservadas al igual que las tortas fritas en esas latas de galletitas que ahora son piezas de colección.

Para los más jóvenes que no la conocieron no se la debe confundir con la galleta trincha, que es harina de otro costal”, para usar los términos apropiados al tema que estamos tratando.

Varios autores de tradiciones criollas se han referido a estas galletas de campo quedando todavía para los puristas si realmente son originarias de nuestro o importadas.

Lo cierto es que partirlas con las manos como hacía en el relato evangélico el señor Jesús es un recuerdo del pasado. Delicias de un tiempo que se fue.

Texto: Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

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