Valcheta y el Cerro de la Cruz. En lo alto del pueblo, como gigante custodiando a vecinos

 

Valcheta es un pueblo de gran solaz. Con toda justeza es denominado el “Oasis de la Región Sur”. Por su arbolado, por sus calles, por sus jardines y sus plazas, por sus chacras linderas, por la belleza de sus parajes, por sus espacios verdes, por su bosque petrificado, por su Museo, por sus artesanos, por sus cantores. Y muy en especial por el arroyo que le da nombre y crisma cuando baja desde las nacientes mismas de Chipauquil para ensancharse en las lagunas sedientas del Gualicho.

Su gente es cálida y sencilla. Familias en su mayoría descendientes de pioneros casi todos ellos inmigrantes que lo eligieron como su lugar en el mundo. Un pueblo donde todos se conocen y se saludan.

Valcheta tiene una vieja historia. Cuna de renombrados caciques y de colonos es también un pueblo de trabajo. Maduran las frutas y las pasturas y el vino chacolí se hace delicia en las bodegas. Se elaboran dulces regionales.

Sus inviernos son apacibles y en sus veranos la canícula se hace sentir, pero en las tardes las últimas rachas del sol colocan penachos de luz en la altura de los álamos. Las loradas inquietas anuncian el regreso y algunas bandadas de pájaros cruzan el cielo en perfecta formación.

El agua canta con gracia y frescura en las acequias. En la mañana el aroma de las acacias embelesa y marea los sentidos. Inquietas y rumorosas las abejas liban en las flores y algunas mariposas aletean y embrujan con el tesoro de sus alas.

Pasa el camión regador y deja tras de sí un aroma a tierra mojada que refresca el alma y acrecienta la nostalgia de otros tiempos cuando todas las calles eran de ripio.

Valcheta también es un pueblo de fe. La congregación católica tiene una larga tradición y posee un templo y varias capillas. Las denominaciones protestantes abundan también con sus iglesias.

Entre los personajes notables del pueblo me parece ver a mi amigo Pachanga caminando por el bulevar mientras escucha la radio, su inseparable compañera.

En la calle o en los pocos terrenos baldíos que quedan algunos niños juegan al fútbol y algunos peatones como buenos viandantes caminan por las vías.

Allá, la vieja estación aguarda el fragor de los trenes y unos pocos pasajeros esperan en el andén, como en otras épocas más prósperas.

En lo alto del pueblo, como un gigante custodiando al vecindario, el Cerro de la Cruz se eleva solitario y amable.

La cruz parece bendecir con sus brazos a toda la comunidad que abajo se dedica a sus labores cotidianas. El pueblo extendido entre árboles es una acuarela de plásticas reminiscencias, una clara paleta de pintor que solaza en el paisaje.

Subo al Cerro, un verdadero mirador natural, y me deleito al ver lo crecido que está Valcheta. Adivino los edificios y las casas. Atrás, más atrás, se ve el Cerro Sombrero, que Claraz denominó “Bonete”.

Miro la Cruz, el símbolo de la cristiandad, tan lejos en tiempo y distancia de aquella en que murió el Salvador allende en las afueras de Jerusalén.

Me detengo con atención a leer la inscripción que tiene al dorso. Dice en el brazo transversal: SALVA TU ALMA. Y en el vertical (que significa el ascenso del Señor al Padre) se puede leer: Santa Misión – Padres Redentores – Hermanas Azules – 18-11-53 – Valcheta.

A mi derecha, los álamos de la chacra donde se elaboran los productos de la dulcería “El Arroyo”, en la que sus propietarios, Silvia y Urbano, alternan sus tareas con el ejercicio de los pinceles para dejar en el colorido de sus cuadros una fugaz y bella instantánea de los rincones más lindos del pueblo.

Todo el edén es comarca, una arcadia secreta. Dios ha bendecido con creces a este pueblo enclavado en las estribaciones de la gran meseta patagónica de Somuncurá.

Valcheta es una fiesta, un lugar para el disfrute, una alegría cotidiana. Como alguna vez glosaron los poetas: “Aunque la vida me lleve/ preocuparme para qué/ por más lejos que me vaya/ a Valcheta volveré”.

JORGE CASTAÑEDA

ESCRITOR VALCHETA

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