Salgo a caminar por las calles de mi pueblo. Veo con asombro que las calles son de tierra y que pasa Ramón Pérez Aguirre con el regador. Lo saludo con la mano y sigo mi camino.
Me encuentro con el Negro Rada con su flor blanca en la boca y después de hablar generalidades, al despedirnos me dice: “-Quedamos así. Y “Linterna” que estaba ahí nomás me dice después de cada frase: “-Justamente. El Coco Martínez, siempre oportuno exclama: ¡Que barbarizota!!!
Extrañado, en el lugar donde está el Museo, escucho los motores de la Usina y converso un rato con Abelito García, que me cuenta su funcionamiento. Veo allí un viejo libro que dejó Baqueiro.
La veo a doña Josefina Gandulfo Arce que me dedica sus libros “Mis abrojos” y “Valcheta, una sed argentina”.
Don Julián Asconapé se baja del Chevron y también me regala sus libros y una vaina con su cuchillo trabajado por sus manos. Se lo agradezco.
Veo que pasa Angelito Bellini manejando su bicicleta sin apoyar sus manos en el manubrio y el taxi de don Giménez con pasajeros para la estación.
Lo veo ir al bar de Jalil a “Tatita” Pailemán con su rastra de oro y su andar campechano.
Desprevenido, cerca del Libanés me corre el avestruz de Riquelme. ¡Qué susto!! En la Estanciera, que la confundo con la de Mirovsky, pasa don Lázaro pregonando sus fideos “Manera”.
En la ribera del arroyo veo a un personaje que me transporta a la Segunda Guerra Mundial: Truman!!!
En la Residencia hará una actuación para niños el Piti Canteros.
La “Marchanta” dice cosas que no entiendo y Romero me saluda con su birrete de marinero. ¡Qué personajes!!
En la farmacia don Olegario prepara sus pócimas y su hijo Jorge lo mira. Yo sigo para ir a comer algo a “La Tablita”, donde Gamero atiene su rata “Juanita”.
Miro en la cancha de Tigre un partido de bochas y en la recepción están jugando un partido de Mus. El mejor Maximito Redaelli.
Con su bolsa de reparto Alfonso Román me entrega la correspondencia. Me acuerdo que tengo que ver al Doctor Fernícola y también a Ostrovsky para que saque una muela.
Camino las calles de Valcheta y como Megafón “tengo los ojos reventados de imágenes”.
Veo que todo es igual pero distinto: El Hotel de Rada, el Bar y pensión “El Gaucho”, el aserradero de don Remigio Cabrio, la disquería de David Carranza, pero en colores sepias y como entre bruma.
Voy a la bomba y están cargando el aguatero, don Patussi me saluda y el vasco Carricaburo me dice sus verdades.
En lo de Said Mortada la Pochola me vende la Opinión Cultural y un libro y, como fumo, compro un atado de Benson.
Lo saludo a Manuel Marileo que me recuerda que tenemos que hacer unas ordenanzas.
En la “Azul y Oro” converso de policía largamente con el petiso Horacio. Y se suma Kamal Yousef.
Esta noche tengo pensado ir a “Play Boy” a ver que hacen Pocho y Cacho y tomarme una copa para despejarme.
De pronto veo como un calidoscopio una multitud de cosas: “La Porlita”, el “Copetín al Paso”, las empanadas chilenas de doña Elvira, el bar “Estrella Argentina”, los parroquianos tomando el anís en el Hotel Marón, las tallas en piedra de don Cabral, la “Agrupación Vallecito” de Irma Uircaín, el sombrero de don Yungue, los injertos de don Ángel, las chacras, los albergues, el camioncito de
Villa Virginia, la bodega de Voltolini, la Tota con su loro arreglando radiadores, la estación de ferrocarril, los arboles petrificados, el pozón de Moraburu, la parrilla de Clemente Correa, las camisetas de Tigre y de Tigre.
De pronto, como si fuera el Juicio Final, me encuentro con el Valcheta de hoy.
¿Habré entrado en otra dimensión?
Solo sé que estuve caminando en Valcheta por las calles del ayer.
Texto: Jorge Castañeda
Escritor –Valcheta
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