El monstruo patagónico: ”La insólita historia de una misteriosa expedición”

LAGUNA EL PLESIOSAURIO, Chubut. ¿El último plesiosaurio vivo estuvo en la Patagonia? La pregunta parece una broma pesada, pero no lo fue. En marzo de 1922, los mayores expertos del país partieron desde la actual estación Constitución en una expedición que estuvo comandada por Clemente Onelli, entonces director del zoológico de Buenos Aires. Una carta redactada por un “sheriff” texano que vivía en El Hoyo (Chubut) le advertía que podía darle caza a un animal desconocido para la ciencia. La noticia tuvo repercusión mundial.

El tema se impuso; hasta The New York Times se hizo eco. La prensa europea, también. Según la descripción del texano, el animal prehistórico tenía “un cuello colosal”. Rápidamente la prensa lo calificó como un plesiosaurio, una especie que habitaba todos los mares del planeta, extinto hacía 65 millones de años. Por alguna extraña razón, consideraban posible que un individuo de la especie hubiera sobrevivido en la Patagonia. La carta había sido enviada por Martin Sheffield, “un aventurero del condado Tom Green”, como lo describió el escritor inglés Bruce Chatwin, que tenía un rancho cerca de la escondida laguna donde, según su relato, vio al “monstruo”.

Era un verdadero personaje, padre de 12 hijos, que se hacía llamar “sheriff”. Lucía la estrella plateada de su cargo en el pecho y llevaba botas, pantalón y camisa, como un cowboy norteamericano. Nadie sabía su pasado, como ocurría entonces con casi todos los que llegaban a la Patagonia. Para despedirse, se subía a su caballo y le disparaba cerca de las patas. Tenía un talento que eclipsó a todos en la comarca andina: “pescaba” truchas disparándoles desde la costa”, recuerdan.

“Fue buscador de oro”, dice Perla Peña que, junto a su hijo y esposo, tienen el emprendimiento “El Plesiosaurio de la laguna”. Se trata de un recorrido de una hora en el que los visitantes caminan por el sendero que usó la expedición de Onelli, con un repaso de las increíbles instancias de esta historia.

“Un animal con un cuello colosal” La carta de Sheffield a Onelli, de puño y letra, estaba bien redactada y planteaba el misterio. “He podido advertir en medio de la laguna un animal con un cuello colosal, en forma de cisne, y el movimiento del agua me hace suponer que su cuerpo es como de cocodrilo”, decía. Luego afirmaba que había visto huellas muy grandes en la costa. En forma clara le pedía apoyo económico y “material” para una expedición. “Y, en el caso de no poder cazarlo vivo, los ingredientes necesarios para embalsamarlo”, agregaba.

Enseguida atrapó la atención de Onelli, que por entonces era un experimentado explorador y estudioso del mundo animal, con relaciones muy estrechas con Francisco Moreno, director del Museo La Plata. “Él creía que Sheffield había visto algo”, dice Néstor Gómez, que también forma parte del emprendimiento. La carta está fechada el 19 de enero de 1922. En febrero, se armó la expedición. Para entonces, la prensa nacional e internacional se extasió con la posibilidad que el último “dinosaurio marino” estuviese vivo en la Patagonia.

La Universidad de Pennsylvania envió un cable ofreciendo un equipo de zoólogos para sumarse a la expedición. Chatwin escribió que la prensa norteamericana había propuesto que, si el “monstruo” era atrapado vivo, el mejor lugar para exponerlo era Estados Unidos. El Museo de Historia Natural de aquel país reclamaba un pedazo de cuero para su catálogo. El Jockey Club de Buenos Aires manifestó su interés en poder exhibirlo para sus socios. La prensa siguió el caso con atención. “De chico siempre nos decían que no vayamos cerca del agua”, recuerda Gómez.

Desde entonces, la laguna donde Sheffield dijo haber visto la criatura se llamó El Plesiosaurio. Está dentro de la municipalidad de El Hoyo. Tiene un máximo de cinco metros de profundidad. “Pero ese lecho es de barro y nadie sabe cuán hondo es”, agrega. Según leyendas ancestrales, la habitaba “El Cuero”, un extraño animal que flotaba en el agua y que daba caza a todo aquel ser vivo que estuviera en la costa. “Quizás Sheffield toma esa leyenda para justificar su visión”, razona Peña.

“La expedición en busca del monstruo patagónico partió anoche”, tituló LA NACION en su edición del 24 de marzo de 1922. Una dama de la alta sociedad porteña donó dinero para la aventura. El caso tomó tal trascendencia que la Sociedad Protectora de Animales le pidió al Ministerio del Interior que intervenga en el asunto, exigiendo por los derechos del supuesto plesiosaurio. “Fue una cuestión de Estado”, rememora Peña. Su familia es propietaria de estas tierras desde 1945. Y, hasta hace un año, el lugar estaba vedado al público. Hoy, en cambio, es posible hacer el recorrido por un sendero dentro del bosque espeso con turba y amenazantes menucos (pozos profundos de agua que afloran desde el suelo). Entre los árboles se ven documentos y fotos de la misión de 1922. “Se pide a la gobernación de Chubut avances de la expedición del plesiosaurio y del cumplimiento de la Ley 2786 (prohibición de maltratar a los animales)”, dice la copia de una presentación que se exhibe en uno de los caminos. Es del 31 de marzo de 2022.

La presión internacional sobre la posibilidad de encontrar un portal al “mundo perdido” que había imaginado el escritor Arthur Conan Doyle, un lugar en la Tierra donde habían sobrevivido criaturas antediluvianas, obligó a Onelli a extremar cuidados. Todos querían tener su porción de plesiosaurio. Aún estaba muy presente el hallazgo en 1898 de un milodón en perfecto estado de conservación realizado en Chile. El propio Florentino Ameghino había insinuado que este animal prehistórico aún vivía en las tierras más remotas de la Patagonia. “Todos conocen esta historia en la comarca, pero estaba dormida”, dice Eduardo, hijo de Peña.

Un viaje épico y mensajes encriptados Onelli no pudo formar parte de la aventura porque estaba enfermo. En su lugar, envió a la persona de su mayor confianza, Emilio Frey. Aquella tarde del 23 de marzo, en Constitución, estaban él, Alberto Merkle, taxidermista del Museo de La Plata, un experto tirador y un periodista freelance que se pagó su pasaje para luego vender sus notas a Caras y Caretas, Augusto Vaccari. Otro periodista, de apellido Estrella, llegó como corresponsal de Associated Press. “Puede inmortalizarlo a usted en su mando y a sus tierras queridas”, le escribió Onelli a Frey.

“Fue un viaje épico para la fecha”, repasa Gómez. Llevaban 500 kilos de equipo, que incluía redes, sondas, arpones, un motor de tres caballos para impulsar la balsa que debían construir, dos cajones de dinamita, fusiles, una escopeta de caza mayor para matar elefantes, pistolas alemanas de bengalas para iluminar el cielo nocturno y una enorme jeringa para aplicar formol al “monstruo”. En su edición de abril de 1922, Carasy Caretas había consignado que se trataba -sin vueltas- de un plesiosaurio.

La expedición hizo el recorrido en tren hasta Zapala, de allí en auto hasta Bariloche, donde fueron recibidos con una delirante carroza con un inmenso plesiosaurio. “No se hablaba de otra cosa”, asegura Peña. Desde allí, fueron en carruaje y auto hasta la laguna. “No había caminos ni puentes”, cuenta Eduardo. “Onelli creó un código para encriptar los mensajes”, agrega Peña. A fin de despistar a las “potencias” que estaban detrás del plesiosaurio, en una carta reservada, le transmitIó a Frey las palabras claves que debía usar para señalar el lugar en el que estaban. Así, por ejemplo, “vino” quería decir “Lago Epuyén”.

El telégrafo más cercano estaba en Trevelin, más de 100 kilómetros al sur. Esa distancia se hacía a caballo. Onelli recibía constantes informes de la expedición, que tenía un campamento en la laguna en la que Sheffield decía que había visto al animal, pero se iban moviendo por la zona. “Acá siempre se vieron cosas raras en los lagos”, admite Gómez. ¿Qué se sabe de lo que hicieron? “Hay muchos misterios por develar”, sugiere la mujer. Varios puntos llaman la atención. Sheffield, que había originado la búsqueda, jamás dio señales de vida cuando la expedición llegó a la laguna y visitó su rancho. Solo estaban su esposa e hijos.

Durante gran parte de abril montaron guardia en la costa. A fin de mes, regresaron a Buenos Aires. “Hay avistajes de ‘El Cuero’ en lagunas al sur y al norte del lago Nahuel Huapí”, le escribió Frey a Onelli. “Pero no hay noticias del extraño animal”, agregó. Incluso usaron la dinamita para asustar a la criatura y hacerla salir a la superficie. “Hicieron varias detonaciones en la laguna”, cuenta Gómez.

En esa Argentina, gobernada por Hipólito Yrigoyen, la atención estaba puesta en el Sur. La historia del plesiosaurio tuvo su propia marca de cigarrillos y hasta dos tangos y un foxtrot muy populares en esos años.

¿Qué resultados obtuvo la expedición? “Sabemos que Frey escribió un informe final para Onelli, pero no sabemos dónde está”, dice Peña. En la caminata que hacen hacia la laguna, se ofrecen todas las hipótesis. Lo más trascendente es que, luego de esta expedición, se creó el Parque Nacional del Sur, que luego pasaría a llamarse Nahuel Huapi. “Algunos dicen haberlo visto”, plantea Eduardo. También concluyen que esta es la primera historia en el mundo sobre la posible aparición de una criatura prehistórica en una laguna. La más famosa es la del lago Ness en Escocia, cuyo supuesto primer avistaje fue en 1930.

El otro caso similar es el de Nahuelito, la mítica criatura que moraría en el lago Nahuel Huapi. George Garret dijo haberlo visto en 1922, en el mismo período en que Sheffield aseguró haber visto a su ejemplar en El Hoyo. “Onelli sabía que algo había en los lagos del sur”, plantea Peña. Cuando termina el recorrido, la familia deja a los curiosos visitantes frente a la laguna. La soledad y el silencio son absolutos.

“Todos se quedan mirando, esperando ver algo”, describe Gómez. Las montañas y el bosque de pitras y lengas protegen la historia y a la laguna misteriosa. “Esta es una tierra mágica”, concluye Peña. La historia continúa su legado de inspiración. “Nuestra orquesta se ha tomado en serio esto de recuperar tangos perdidos”, confiesa Denise Sciammarella, doctora en física, investigadora de la Universidad de París-Saclay y miembro del Centre National de la Recherche Scientifique. Además, tiene una faceta tanguera: es creadora, compositora y cantante de la Orquesta Sciammarella Tango. Su obsesión es rescatar letras olvidadas.

Su búsqueda obtuvo recompensa. Halló el tango “El Plesiosaurio”, escrito por Arturo Terri, que se perdió en la noche de los tiempos. No encontró información de él y, por la ley de derechos de autor, no pudo fotocopiar la partitura. La copió a mano. Tiempo después, los documentalistas Mario González e Iris Serrano trabajaron en el tema, le dieron a conocer otro tango llamado de la misma manera, pero de Rafael D’Agostino y Amílcar Morbidelli y un foxtrot, “Plesiosaurio The Last Fauna”, de Gerónimo Curti. “Nos sentimos parte de esta historia”, confiesa Sciammarella, que grabó estas dos últimas piezas musicales y las presentó en la última edición de La Noche de los Museos en la ciudad de Buenos Aires. Su orquesta, integrada por mujeres, es la única en la actualidad que los interpreta. “El Plesiosaurio supo volver a nosotras cuando ya lo habíamos dejado de buscar”, confiesa la científica y tanguera.

 

Texto: Leandro Vesco // Fotos de Alejandro Guyot, publicado por el diario La Nación

 

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