El kiosco de la nostalgia. Todo pasó y se fue. “A manos llenas de yapa…”

 

A mis setenta y dos años me veo entrar otra vez de pantalones cortos y con toda la inocencia en el alma  al quiosco de don Nicola que estaba ubicado en la esquina de la calles Belgrano y Cervantes del barrio La Falda de Bahía Blanca.

Yo le sabía juntar caracoles de jardín y en recompensa para gran deleite de mi parte me regalaba golosinas, que para mí valían más que toda la plata del Perú.

Y entre aquellas exquisiteces llamadas golosinas recuerdo siempre esos maravillosos chupetines Chupe-Tucho que solían traer una ficha plástica alusiva a distintas actividades.

A manos llenas, de yapa (esa costumbre que se perdió en el tiempo, cuando hasta las moneditas tenían su valor) solía salir con los caramelos “Media hora” que todavía se venden en algunos comercios. O sino de los más baratos, esos deliciosos masticables con sabores frutados. Y esos “¨Punch” de Billiken que venían en paquetitos.

Y entre otros que han perdurado hasta hoy: Los en tira (son difíciles de conseguir), los efervescentes “Lotza Fizz”, los “Sugus” –pero los de antes-, los confitados, los recordados M&M,

Los “Billiken” que venían en latitas redondas (tengo una en mi colección), los “Palitos de la selva” y tantos otros que muchos memoriosos recordarán.

Y me embargan los recuerdos: Los bizcochos Canale (Vale la digresión, Bizcocho: “dos veces cocido”)  que recomendaban los médicos, las galletitas “Duquesa”, las “Manón”, Las “Lola”, las redondas de miel, las “Boca de dama”, las deliciosas obleas “Champagne”, las “Panchitas”, las “Colegial”, las “Aventura”, las “Ondinas” y tantas otras.

Y una delicia que ahora poco se ve: las mielcitas en tiras. Los chupetines “Tatín”. Las cajitas de “Maní con chocolate”. Los bombones helados “Noel”. Las pastillas “Renomé”, las “DRF”, las “Refresco”. Las “Yapas” que todavía se ven.

Y que alegría era comprar los bombones de frutas, los turrones, y esa exquisitez tan adictiva que es el “Mantecol”.

Los chocolates merecen toda una nota aparte, destacando en mis recuerdos los chocolatines “Suchard”. Y quién no se recuerda esas maravillosas “gallinitas de licor” y los finos pirulines de múltiples colores.

Y si quiero tocar la flauta compro una cajita de chiclets “Adams”, mejor si son multifrutales o de esos redondos con juguito. Estaban los “Bazooka” que todavía se venden, donde lo que más me gustaba era leer la historieta del día.

Mi siempre recordado tío Ricardo me solía llevar a la cancha de Bella Vista los domingos y en el kiosco (en otro por supuesto) me compraba un paquetito de las “Manón” y una “Bidú”. Y que feliz que me sentía mirando el partido.

Con mi hermano salíamos comprar esos atractivos cochecitos de plástico de Turismo de Carretera para jugar a las carreras en el cordón del asfalto donde el mío era invariablemente de los Emiliozzi y el de él de los hermanos Gálvez.

Estaba también la “hélice voladora” y los molinetes que se movían con el viento. Y todo se compraba en esos pequeños establecimientos.

Algunos kioscos eran hermosos: de hierro, circulares, (recuerdo uno de la calle Cervantes y Sarmiento, donde una vez me encontré tirado una fragata (valía mucho) y que se la di a mis padres.

Muchos productos de aquellos lejanos años ya no existen más y otro perduran hasta el día de hoy pero no tienen la misma magia y ni siquiera el mismo sabor. En fin, al decir de quién fuera mi amigo, el escritor Pablo Fermín Oreja: “Todo pasó y se fue”.

Texto: Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

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