El día que se terminaron los hidrocarburos. ¿Fatalidad de grandes consecuencias?

 

Nadie podía prever que esta cosa pasara ni las consecuencias nefastas que traería aparejada para los 7.9 billones de personas en el mundo entero. Colapso, caos, carencia de los elementos básicos para la vida cotidiana, caída impresionante de todas las economías globales, incertidumbre, miedo al futuro, peleas por acaparar los últimos productos, proliferación de los “falsos profetas” anunciado desde las azoteas de los medios el fin del mundo.

Y algo de razón habrían de tener porque pareciera que Abaddón, el ángel exterminador del Apocalipsis, hubiera asentado sus reales en la tierra enseñoreándose sobre una tierra fatigada y sumida o mejor dicho como estaba en su génesis “desordenada y vacía”.

¿Qué había pasado? ¿Qué terrible mal se había abatido sobre los seres humanos? ¿Qué nueva torre de Babel los tenía medrosos y confundidos? ¿Se levantaría el padre contra el hijo y viceversa por un mendrugo de pan? ¿Por qué el tridente de que Maligno se había ensañado tanto? ¿Qué copa de indignidad y de pánico rebalsada hasta las heces se había volcado de manera tan imprevista?

Primero fueron rumores, bulos, falacias, más conocidas como “fake news”, como ahora se dice. Pero lamentablemente no eran mentiras para captar el interés de la población sino las primeras noticias de una fatalidad de grandes consecuencias.

¿Qué había pasado? Que los oleoductos comenzaron a mermar su caudal y el gas dejó de fluir. ¡Y estaba sucediendo en todos los países del mundo al mismo tiempo!!

Y el pánico comenzó a cundir como si el dios Pan pisara “las pardas tierras” con sus pezuñas destructoras.

Lo primero fue no tener combustibles para cocinar y calefaccionar. Gran desesperación. Y el señor Invierno con su barba blanca galopaba como uno de los jinetes de la Revelación. Y fue el imperio de las frazadas, de la leña como único combustible, de los guantes y de las camperas.

Más grave aún fue la total paralización de los automóviles, camiones, máquinas agrícolas y viales, aviones, trenes, micros, motos. Y el desabastecimiento se hizo sentir con la carencia de los productos más elementales por todos los derivados de la industria de los hidrocarburos: aceites, ceras, parafinas, azufres, asfalto, fertilizantes, plaguicidas, herbicidas, funguicidas, telas sintéticas (poliéster y nylón), plásticos con todos sus subproductos: bolsas, envases, vajillas, elementos del mobiliario, látex de los preservativos, detergentes, pinturas y solventes, jabones, perfumes y tintes cosméticos, champús, productos alimentarios, edulcorantes, colorantes, fármacos, prótesis, tiras reactivas, glicerinas. Y más, muchos más.

Los ecologistas, defensores del ambiente y detractores de perforaciones, oleoductos, gasoductos e industrias petroquímicas ni siquiera pensaban que la humanidad posmoderna es totalmente dependiente de los hidrocarburos y de la tecnología cibernética. Para mal o para bien nuestro planeta es vulnerable y los seres humanos dependientes y responsables de su cuidado y conservación.

Sería muy alentador que los grupos que promueven el cuidado del ambiente reclamaran férreamente a los gobiernos el control con inspecciones programadas, frecuentes y con fuertes sanciones a las empresas infractoras.

Y muy en especial antes que oponerse a estas fuentes de energía se debería pensar en nuevas alternativas y diversificaciones para no depender de un solo producto que es dominado por los países productores.

Texto: Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta (Río Negro)

 

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