En la Patagonia abundan los mitos, leyendas, creencias populares y seres monstruosos

 

Para que esto se produzca se conjugan diversos elementos que se entremezclan entre sí y provienen de varios y diferentes sectores, entre ellos tradiciones culturales ancestrales, supersticiones y creencias que involucran a los pueblos originarios junto a los conquistadores.

Con ellos surgió el “mito”, palabra que tiene origen en Grecia y equivale a “relato” o a algo que se ha contado y aparecen entonces, entre otros el “Cuero”, localizado en lagos y ríos patagónicos o el “Gualicho” en la cultura de los tehuelches y con ellos muchos más, como los Gigantes de la Patagonia bautizados así por Francisco Antonio Pigafetta, integrante de la expedición de  Hernando de Magallanes quien llegó a esas costa en 1520 en búsqueda de la Isla de la Especias.

Merced a la rica mitología de los pueblos originarios comenzaron a conocerse los mitos de origen, que incluyen gente, animales, el fuego, la caza y aparecen entonces bestias y monstruos, algunos de ellos con poderes, que se popularizan por lo transmitido oralmente por los mayores a través de los siglos.

Los estudiosos de estos temas sostienen que en América se observa por otra parte que existe una integración o conjunción de “mitos” que contempla o incluye los propios de nuestra región  con los llegados con los colonizadores de distintas partes de Europa.

Aparecen entonces y se mezclan gigantes,  duendes, el Futre, la Pericana, el Lobizón, el ya mencionado Cuero del Agua o Cuero Uñudo, el Duende Sombrerudo, Zupay, Llastay, el Huayra Tata y Nahuelito, solo por mencionar algunos.

Los “mitos” de la Patagonia en tanto comienzan a conocerse un poco más a partir de 1870, hasta entonces una tierra poco conocida con habitantes misteriosos y una geografía poco explorada y por lo tanto considerada por muchos un lugar donde todo era probable o posible.

Según los historiadores, el conocimiento de la Patagonia se inicia con la llegada, como dijimos, del explorador portugués Hernando de Magallanes, que desembarcó en una caleta desolada que bautizó San Julián, donde se encontró con los Tehuelches, a quienes Pigafetta describió como “seres gigantescos”, y luego en un manuscrito afirmo que “eran tan altos que le llegábamos a la cintura.”

Por tal razón, Pigafetta mencionó a esas tierras como “Patagonia”, la “Tierra de los Patagones”, en las que más adelante comenzó a poblarse también de las bestias y monstruos que aparecieron para convertirse en los seres mitológicos.

En el mundo tehuelche apareció el “Chelep”, un enano simiesco y el “Tachwull” al que identificaban como un animal parecido a un mono, al que al parecer intentaban cazar con boleadoras.

En los relatos aparecen otros duendes, como el “Sechù”,  también enano y maligno, el “Trauco” que lo presentan con pies sin dedos que se apoyaba en una especie de muñones, que al parecer vivía con su pareja la “Trauca”, pero con un libido incontrolable por lo que atacaba a cualquier mujer.  Los mismos aportantes de datos lo identifican como un “enano contrahecho” o “monstruo de figura repugnante”.

En los relatos se menciona también a otro personaje mistico como el “Anchimallen”o “Anchimalleguen”, duende grotesco y maligno, que según algunas leyendas se alimentaría de seres humanos y atribuido a la mística mapuche.

Al respecto, existen testimonios escritos que el cacique Saihueque amenazó al Perito Moreno cuando exploraba la zona cordillerana, con el Anchimalleguen, enano maligno y cavernícola que vivía en proximidades del Lago Nahuel Huapi.

Entre la bibliografía existente sobre todos estos habitantes de la mitología patagónica, no podía estar ausente “Nahuelito”, al que se lo describe como “reptiliano” con cabeza de serpiente, habitante del lago Nahuel Huapi, cuya primera aparición se la ubica en 1922.

La observación se habría producido durante una visita expedición para cazar a lo que consideraban e identificado como plesiosaurio, organizada por el director del Zoológico de Buenos Aires de esa época, Clemente Onelli aunque otras versiones afirman que la primera visualización tuvo lugar en 1906, cuando vieron emerger del agua  un enorme animal.

Quien tampoco podía estar ausente en la mitología patagónica es el “Elegassen” a quien identifican o presentan como un “monstruo” de grandes dimensiones con su cuerpo cubierto o protegido por un caparazón  que vivía en cuevas y a quien se ha referido en muchos trabajos el Dr. Rodolfo Casamiquela.

En ese aspecto, se detalla que si alguien se acerca a la cueva que habita, éste responde arrojando piedras y soplando con inusitada fuerza provocando asì una especie de ciclón. Se le adjudica también otras maldades como perseguir a las mujeres y violarlas.  Algunos lo asocian con el Gualicho al que los pueblos originarios consideraban un ser perverso y maligno, que provocaban desgracias humanas a los que pretendían apaciguar con obsequios y sacrificios.

Otro habitante de la mitología regional es el  “Ngurruvilu” o “Nirribilo” que lo traducen como “Zorro-Serpiente” y lo describen como un mamífero acuático de larga cola que finaliza en un gancho con el que ataca a las presas y ha llegado a hacerlo a los ocupantes de una canoa o bote.

El imaginario popular suma a la mitología, creencias, cuestiones religiosas y visiones que en ocasiones añaden personajes y fantasmas, que por lo general los vinculan con hechos puntuales o circunstanciales.

Para finalizar entonces citemos al “Lobizòn”, común en diversas zonas del país, ser humano que se convierte en lobo las noches de viernes de luna llena, si se trata del séptimo hijo varón, que entonces sale esas noches a atacar a personas solitarias. La leyenda afirma que a este hombre-lobo se lo mata con una bala de plata bendecida

En nuestro país en tanto, el presidente de la Nación apadrina a los séptimos hijos varones con el argumento que se trata así de una forma de aplacar o mitigar la creencia o efectos del mito.

Texto: Eduardo Reyes 

05 – 05 – 2022

Las Grutas  –  Río Negro

 

 

 

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