En el Bajo del Gualicho enloquecen hasta las plantas. La pata gris del malo pisó estas tierras

 

El gran Bajo del Gualicho es una de las mayores depresiones de nuestro país. Para poder cruzarlo hay que tener buenos caballos, sufrir la sed agobiante, sentir en las narices y en la piel el olor penetrante del cloruro de sodio, porque al decir del gran cacique Casimiro “es una travesía horrible donde quedan montones de huesos al viento y al sol, como mojones de miedo para timorato que no lo respeta, pero –lo más terrible- taparse los oídos ante los gemidos –como Ulises atado al mastelero ante el canto de las sirenas-, surgidos de la temible salamanca, donde Bernabé Lucero fue dueño y señor.

Para transitar el gran Bajo del Gualicho hay que tener cuidado con las temidas y aleves espinas de los alpatacos de raíces rampantes y sinuosas.

Quien tiene el coraje de armar su real en medio del páramo sentirá las voces del silencio, los llamados ancestrales de tiempos idos y se sentirá pequeño bajo un cielo transparente donde las estrellas parecen tocarse con solo extender las manos.

El Gualicho –su nombre alude al mal- era temido y esquivado por los pueblos que supieron transitar las rastrilladas de la Patagonia. Tenía y tiene mala impronta. No perdona al desaprensivo que no le guarda respeto. Hasta las bestias saben que al decir de Pablo Neruda, poeta de Chile y del mundo “la pata gris del malo pisó estas pardas tierras”. Y tiene razón porque desde el desagüe  del arroyo Valcheta, pasando por la blanca inmensidad de las salinas, por el viejo camino del Chancho y la Piedra de Poderes, hasta llegar a las cercanías del Valle Medio, todo ese inmenso ámbito de austera desmesura está regido por su fatídico tridente y la huella de su pezuña se confunde con las del puma en los arenales ardidos de tiempo y olvido.

Las plantas del Bajo del Gualicho saben achaparrarse para subsistir. La naturaleza que ha sido mezquina en todo, no les concede tregua. Imploran el agua que nunca llega con sus ramas sarmentosas como brazos esqueléticos implorando al cielo con sus preces y rogativas un poco de clemencia.

El monte es ralo y gris, sufrido y las pobres matas rastreras se adaptan a la tierra austera como las lagartijas que se mimetizan en los pedreros ardientes cuando el sol  de los veranos hace de fuego y la tierra de parrilla.

La matasebo que arde en su propia resina al rescoldo de los veranos ardientes, la sampa siempre aguantadora, el alpataco con sus espinas siempre aleves que se clavan en los entresijos de tanta soledad, el neneo acre, las retamas en flor, el tomillo escuálido, los montes de chañares tupidos alargando sus ramas al espacio insumiso y agreste.

La jarilla, los escasos piquillines, repiten hasta el hartazgo sus pobres letanías lastimeras que elevan su quejido cuando el viento se despena en sus ramas. Las plantas del gualicho dan lástima de tan pobres y humildes que son.

Igual yo las quiero porque de alguna forma nos enseñan a resistir, a formar el carácter a pesar de todas las contingencias que la vida en la Patagonia a diario nos impone.

Hay una salmodia lastimera en todo el ámbito. Hasta el ñanco muestra su lomo negro. Y los gemidos de la niña que se perdió en el Gualicho se escuchan claramente desbocando hombres y bestias.

Es el Gualicho, su profunda depresión. Barrido por los vientos. Temible. Donde quedan los esqueletos blancos bajo el sol patibulario. Donde la esperanza agoniza entre sus propios cilicios. Y el espanto agiganta sus estacas.

Texto: Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

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