La parrilla del griego. Historia de amor y desamor visto por escritor y herrero de Las Grutas

 

En “La parrilla del griego” pasan cosas. Historias de amor y de desamor. ¿Pasan en vano los años? ¿Se pueden olvidar los amores con el paso del tiempo? Este cuento del escritor, herrero y motoquero Jorge Incola, de Las Grutas, ambientado en la gran ciudad nos habla de eso.

La parrilla del griego estaba en la curva de la calle Mitre, frente a la estación Castelar. Antes había sido un garaje, cuando esa cuadra no era lo comercial que es ahora y eran más las casas que los locales. Una heladera mostrador dividía en dos el poco espacio disponible. Del lado libre, al fondo, dentro de un pequeño rectángulo el baño,  era el único por lo tanto unisex. Dos mesas adentro y una en la vereda, eso en invierno, en verano las tres afuera. Los habitúes se instalaban en unas banquetas altas frente al mostrador. Abría la atención al público a las diez de la noche y cerraba cuando el sol y los gorriones empezaban a picotear las migas que el griego tiraba en la vereda.

Fue una noche de sábado, invierno, cinco de la mañana, puerta cerrada y vidrios empañados. Clientela variopinta apostando la última ficha que la noche, pronta a caducar da a los perdedores. Esperan a las chicas del cabaret que después del cierre vienen a cenar a lo del griego.

Entra Julián Campoamor, cantor de tangos, venido a menos y trabajando a la gorra por los boliches de la zona oeste, enfundado en un piloto gris que conoció tiempos mejores  y con el cual protege la viola, saluda en silencio con un leve movimiento de cabeza y se sienta en la última banqueta, contra el baño, el griego le sirve un sanguche de chorizo y una ensalada de  huevo duro y papa, que él mastica como si tuviera todo el tiempo del mundo, cuando termina de comer, recién ahí el griego le acerca el vaso y un pingüino con vino, blanco de la casa. Con el mismo modo que comió, sin hablar con nadie, en actitud pensativa y ausente se toma el vino, hecho esto recién se lo escucha, y dice – Bué… llegó la hora de pagar.

Templa la viola, la voz, y arranca a cantar, de Edmundo Rivero “Cantor de mi barrio”. El griego le reemplaza el pingüino vacío por uno lleno y disimuladamente le pone debajo un billete. Del clavijero de la guitarra cuelga una cinta formando un moño con los colores de la bandera argentina.

Termina Julián Campoamor con su cena show, agradece los aplausos de los parroquianos, y al griego, enfunda la viola y camina hacia la puerta, abriéndola para salir casi choca con la Yoly que entraba en compañía de dos pupilas.

–Esperame un minuto, le dijo la Yoly

-No hay problema, te espero. Respondió el Julián

En realidad, era la Cristina, no la Yoly,  vivía a pocas cuadras de ahí, cerca de la casa del Julián. Se conocían del barrio y desde chicos, él era unos años mayor, ella era, desde la infancia y la adolescencia amiga de las hermanas del Julián.

En esa época para él la Cristina era una amiga de sus hermanas y nada más. Hasta que un día estando el Julián solo en la casa, apareció la Cristina, tomaron mate y charlaron largo tiempo. Para el Julián fue todo un descubrimiento, percibió a la mujer en que se estaba convirtiendo la Cristina. Llegaron las hermanas y cada uno a lo suyo, la Cristina a chusmear con las hermanas del Julián, y el Julián con su guitarra se fue a ensayar. Con tres amigos tenían un grupo que hacían música progresiva, como le decían en esa época. Después fue rock nacional.

A partir de ese día le pareció que la Cristina estaba en todos lados, no solamente en su memoria. La veía más seguido en su casa, la encontraba a cada rato en la vereda, y como una cosa trae a la otra, fue que un día estando el Julián, otra vez solo en la casa, apareció la Cristina a mostrarle las fotos del viaje de egresados a Bariloche, fue cuando el Julián no aguantó más y la Cristina tampoco. Se besaron en el sillón del living, primero tímidamente, luego apasionadamente. Tuvieron que tomar una decisión urgente, por ellos y por que en cualquier momento llegaban las hermanas del Julián. Salieron y tomaron el colectivo hasta las cinco esquinas dónde desemboca la calle Arias, al “Hotel Los Portones”.

Para la Cristina, el Julián fue su primer hombre, para el Julián la Cristina no fue una más. Para los dos esa relación era algo muy especial, y la cuidaron tanto que fue un secreto, nunca se supo ni en sus casas ni en el barrio. La noche y las deshoras fueron los cómplices y los guardianes de esa relación.

Los años, la vida, la noche, o vaya a saber qué, hicieron, sin que hubiera un motivo en particular, que no se vieran más. Ninguno se casó ni tuvo hijos. Ninguno olvidó.

En la vereda, fumando, el Julián espera, mientras sus recuerdos tibiamente vuelven, y lo confortan.

-¿Vamos? Sugirió la Cristina. Al salir

-A dónde vos quieras. Aceptó, caballero, el Julián

Cruzaron la calle hacia el taxi del gordo.  -¿A dónde?, les pregunto el chofer. -A Los Portones, contestó la Cristina, sin ninguna duda en su voz, ni en sus sentimientos. Una sonrisa se dibujo en el rostro del Julián cuándo un perdido viejo brillo retornó a sus ojos. La Cristina apoyó su cabeza en el hombro del Julián, el, suavemente le acaricio la mejilla y los labios. Ella, también sonreía. El gordo arrancó.

Texto: Jorge Incola

Las Grutas

 

 

Acerca de Raúl Díaz

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