El infortunio del fundador de Bahía Blanca. Opina un periodista y escritor en Río Negro

 

Mucho se ha debatido y se debate aún en relación a la influencia del azar en determinados acontecimientos de la vida, sin diferenciar actividad u ocupación. En ese contexto se incluye frecuentemente al resultado de las mismas «que suerte tuvo» o «que mala suerte», por lo que es habitual entonces que ante los reiterados fracasos en tomas de decisiones o emprendimientos, en lugar de analizar el porqué del resultado se le atribuye  la culpa a la mala suerte, o por lo contrario un resultado satisfactorio o exitoso, es adjudicado a la buena suerte y no a la buena gestión del responsable del hecho.

Es cierto también que existen quienes son más afortunados en sus actos, pero seguramente ello es porque  han tomado las previsiones del caso para que así sea y los resultados responden entonces a esas premisas.  No obstante, existen quienes afirman que los seres humanos nos dividimos entre los que por lo general poseemos tendencia a que las cosas nos salgan bien y los que por el contrario son acompañados por un aura negativo.

Algunos historiadores y escritores sostienen por su parte que muchos personajes que han tenido participación e influencias en trascendentes hechos de la vida institucional y bélica del país, estuvieron acompañados por la buena o la mala suerte.

No son pocos quienes en este aspecto, al margen de destacar la carrera, su participación en la organización de instituciones de las fuerzas armadas como de la sociedad y otras, sostienen que el coronel  Ramón Bernabé Estomba siempre fue acompañado por circunstancias negativas o lo perseguía cierto infortunio a pesar de en su carrera tuvo sus momentos de gloria.

Estomba nació en Montevideo el 13 de junio de 1790 y no tuvo una larga vida ya que murió en Buenos Aires el 1º de junio de 1829, es decir a los 39 años, y como prueba de todo lo que alcanzó a hacer vamos a dar un repaso a su vida.

Dio inicio a su carrera militar en 1810, logró el grado de Teniente en 1812, Ayudante Mayor en 1813 y ese mismo año el grado de Capitán, para graduarse de Mayor en 1820, Teniente Coronel en 1822 y ascendido a Coronel  por Rivadavia en 1827.  Hasta aquí, se puede decir que sus pasos por el Ejército se desarrollaban en forma satisfactoria.

No obstante, la historia registra que en los 17 años que duró su carrera militar sirvió  en el Regimiento 6 de Infantería Alto Perú, el Batallón de Dragones también en Perú, Batallón Regimiento de Infantería de Línea Rio de la Plata, de Los Andes y Regimiento de Caballería de Línea 17.  Durante ese tiempo participó en la Campaña del Alto Perú a las órdenes del General Juan Ramón Balcarce en las batallas de Cotagaita, Suipacha y Huaqui y a las órdenes del General Belgrano en las de Piedras, Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma.

En esta resultó herido y tomado prisionero y en ese carácter estuvo siete años, en condiciones bastante severas. Situación que lo afectó física y moralmente.

En 1820 es incorporado al Ejército Libertador y en 1825 por sus méritos fue nombrado por Bolívar Prefecto del Departamento de Ayacucho, cargo al que renunció poco tiempo después, debido a que a raíz de un mal entendido, erróneamente es involucrado en una conspiración y entonces apresado nuevamente por Bolívar. Algunos afirman que hubo mala suerte de por medio. Poco tiempo después al ser declarado inocente, recibe la orden de regresar al país para organizar, en San Juan, escuadrones de Caballería, no sin acusar nuevamente condiciones muy rigidas, las que le ocasionaron  más afecciones

Trasladado a Buenos Aires se lo designó al frente del Regimiento 7º de Caballería de Línea y en ese carácter cumplió la orden de fundar, el 11 de abril de 1828, la Fortaleza Protectora Argentina, hoy ciudad de Bahía Blanca, uno de sus actos más trascendentes. 

Poco después se incorpora a las tropas del General Lavalle y enviado a pacificar la Provincia de Buenos Aires, que llevó a cabo, según algunos historiadores, mediante degüellos y fusilamientos, advirtiéndose cierto cambio en su carácter, bastante más agresivo y despiadado.

Al regresar, no mucho tiempo después, advierten que ha comenzado a desvariar por lo que se lo considera loco y se lo interna en el Hospital General de Hombres.

Es lamentable que quien ha sido considerado uno de los héroes de nuestras guerras de la independencia haya soportado una dura vida de sacrificios y sufrimientos, siendo prisionero por tres oportunidades, una de ellas por siete años en las casamatas de El Callao.

Tuvo que afrontar  la acusación sin fundamentos de ser conspirador, algo que apuntan historiadores, solo figuraba en la imaginación de Bolívar o sus acólitos y su corta vida no le permitió que tuviera, como sucedía a los hombres que forjaron la Argentina, el reconocimiento que sus logros merecían.   Muchos sostienen en tanto que a pesar de su entrega en defensa de la Patria, sufrió las sospechas sobre su conducta de sus superiores, padeció el encierro en la cárcel, tras su muerte no recibió los homenajes que merecía, pese a numerosas investigaciones de historiadores y especialistas no se pudo determinar el verdadero rostro del militar  y finalmente hasta su cuerpo desapareció al parecer, según los testimonios, absorbido por un árbol.

Para más infortunio, en una ocasional salida del hospital, murió en la calle sumido en la locura y su cuerpo recogido por la Policía, sin tener el privilegio, según la opinión de otros historiadores, de haber muerto en el campo de batalla como hubiera sido su lógico destino. Esos historiadores agregan además que para peor, no existe un solo retrato genuino del Coronel Estomba, ya que algunos cuadros, daguerrotipos o retratos que se exhibieron en su tiempo solo son burdas falsificaciones.

El  cuerpo del Coronel Estomba fue inhumado el 2 de junio de 1829, en el Cementerio del Norte (hoy Recoleta) y aquí comienza otra historia. De acuerdo a crónicas sobre el valiente hombre de armas, guerrero de innumerables batallas en defensa de la patria, quizás como secuelas del encierro durante los años que estuvo preso y privaciones que sufrió, su muerte se adelantó a la real con distintas manifestaciones de su locura.

Alucinaciones, manía persecutoria que lo llevo a creer en diversas conjuras en su contra, alteraciones de su personalidad y hasta considerarse la versión moderna de Demóstenes, el destacado orador ateniense.

Otras crónicas de testigos que visitaron al Coronel en el sector de internación en su último tiempo aseguran que su estado era lamentable, que entonaba con voz plañidera cantos inentendibles, como así también sus monólogos, que su deterioro físico era evidente y que se agravaba por el camisón de sarga que cubría su cuerpo y su larga y blanca barba

En ese lamentable estado arribó a la muerte a los 39 años, soltero, tras haber ofrecido generosamente a la Patria su joven y corta vida, lo que refuerza las creencias de aquellos que sostienen que la buena o mala suerte suele acompañar a los individuos y su accionar a lo largo de su vida.

Pasado el tiempo en 1978, recién se localizó donde habían sido sepultado sus restos, en el lugar designado para los beneméritos de la Patria en el sector Norte del cementerio de la Recoleta. La búsqueda de la tumba del fundador de Bahía Blanca fue una iniciativa de la Comisión de Reafirmación Histórica, cuando estaba por cumplirse, el Sesquicentenario fundacional de la ciudad.

Hasta ese entonces, nadie había podido precisar el sitio donde habían sido enterrados, en 1829, los restos de este soldado del Ejército argentino y  el único dato disponible era un acta de defunción donde se indicaba que la sepultura se había realizado en el Cementerio del Norte, en la zona destinada a los beneméritos de la Patria.

El Intendente Municipal de aquella época, Víctor Puente había solicitado el traslado de los restos de Estomba a la ciudad en el marco de la celebración de un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo

En este aspecto debe destacarse la tarea incansable del arquitecto  Enrique Cabré Moré, que fue exhaustiva y dilatada, ya que ningún plano del cementerio daba cuenta de la existencia de ese sector. La más que paciente investigación dio sus frutos cuando, en un modesto archivo, el arquitecto Enrique Cabré Moré halló un viejo dibujo de la necrópolis que detallaba ese sitio y fue así que pudo ubicarse donde fuera enterrado Estomba.

Fue entonces cuando surge a la vista de todos otro raro episodio  ahora ya en la muerte  del prócer y es que  una añeja magnolia, árbol que llega a superar los 30 metros de altura y debe su nombre al botánico francés Pierre Magnol, dificultó la tarea de exhumación. Tras las excavaciones el cuerpo no apareció y surgieron entonces diversas opiniones y teorías al respecto.  Algunos dudaron que allí haya sido sepultado el prócer, otros sostenían que el cuerpo pudo haber sido robado, y los más consideraron que la magnolia podría haber absorbido el cuerpo y mantenerlo así con vida, transformando su sangre en la savia que alimentó las ramas y hermosas y vistosas flores de la planta como un perpetuo homenaje al  Coronel Ramón Bernabé Estomba, quien dio todo por la Patria.

Ante esa situación, el arquitecto Enrique Cabré Moré propuso que se tome tierra del lugar para colocarla en una urna que al efecto donó el Club de Leones de la ciudad y el 25 de mayo de 1980 la caja trasladada a la ciudad fundada por Estomba fue depositada en el atrio de la Iglesia Catedral y así a 152 años el fundador regreso a la ciudad por él fundada.

Esta historia reactualiza entonces el debate  sobre la existencia de la mala o buena suerte y la certeza o no que existen aquellos que nacen con una u otra y ellas pueden llegar a influir en todas las acciones de su existencia, incluso perdurar tras su muerte.

 

Texto: Eduardo Reyes (Viedma)

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