¡Qué susto! Fue Bairoletto. Anduvo en la Cueva de Curín, Línea Sur, e hizo dedo en ruta

 

Mucho se ha escrito sobre las andanzas de Juan Bautista Bairoletto y hasta fue glosado por León Gieco en su famoso tema “Bandidos rurales”. Su mismo nombre metía miedo.

Se sabe que también supo transitar la Región Sur de nuestra provincia y hasta andar con sus bandoleros hasta en la misma meseta de Somuncurá.

Sobre su figura se han escrito varios libros y dejó muchísimas anécdotas, generalmente agrandadas en el correr boca a boca. Con cierta justeza algunos lo llegaron a comparar con el mítico Robín Hood, que robaba a los ricos para repartir entre los pobres.

Lo cierto es que Bairoletto –y es un detalle que poco se conoce- supo también llegar hasta las tierras de Somuncurá.

Según cuenta María Inés Koop en una reseña del Museo que hoy lleva su nombre, “Curín fue un poblador que vivió en la meseta y tenía a su cargo yeguarizos y mulares de los Rial que vivían en Carmen de Patagones. Él habitaba una cueva que la había cerrado con pared de piedras donde hizo un ventanuco y arcada de una puerta. Resultaba muy amplia y cómoda con un fogón para protegerse del frío. En la cueva contigua tenía otra habitación con gradas de piedra donde podrían sentarse varias personas. Escribía un libro diario donde relataba sus experiencias y en el mismo –es lo que más nos interesa- menciona la visita de Juan Bairoletto. Una cruz –finaliza María Inés- debajo de la cueva designa el lugar donde se haya enterrado Curín y su peón”.

El escritor Elías Chucair en un ameno relato cuenta la siguiente anécdota:

A mediados de la década del 30, en uno de los tantos viajes que hacía Augusto Fernández en su camión hasta General Roca para traer vino, a la altura de Aguada Guzmán, levantó a una persona que hacía dedo  a la vera del camino”.

“Allí detuvo a su tosco camión Internacional cargado de cascos vacíos y le hizo ocupar el espacio disponible que había a su lado en el asiento”.

“Previamente, el hombre había colocado en un rincón de la caja un pequeño “mono” que traía y con una manta liviana que le cubría los hombros se introdujo en la cabina nada confortable del camión”.

“Desde las ocho de la mañana hasta las últimas horas de la tarde, momento que llegaron a la Balsa Las Perlas, el camionero y el accidental acompañante hablaron, como era lógico, de muchísimos temas, predominando bastante el de los bandoleros y especialmente el de Bairoletto, que por aquellos días era intensamente buscado por la policía de dos o tres territorios”.

“Luego de pasar el río, el camionero se dirigió, como era su costumbre, a una pensión cercana a la balsa, invitando a su ocasional pasajero a compartir con él la habitación, cosa que aceptó gustosamente el hombre”.

“Después de la abundante cena, el vino y el cansancio del viaje trajeron la modorra y los párpados pesaban a cada instante un poquito más”.

“Una vez en la habitación y ya listos para entregarse al descanso reparador, el pasajero se identifica ante el camionero mostrándole  su libreta de enrolamiento”.

“Augusto Fernández, Él mismo lo contaba después, temblaba y cambiaba de colores cuando leía en la primera página del documento, sobre la fotografía estampada en el mismo: “Juan Bautista Bairoletto”.

“Como para que la tranquilidad vuelva al ánimo del camionero, Bairoletto le puso una mano sobre el hombro y con mucho aplomo le agregó:

-Amigo, usted no tenga miedo; pero se queda mudo y de mí no sabe absolutamente nada; a la madrugada yo me iré de aquí porque tengo que conseguir algo para irme a Mendoza”.

“Momentos después estaban acostados y Bairoletto roncaba con todo”.

“Augusto Fernández, contaba aquí en el pueblo días después, que aquella noche y varias más que le siguieron no podía conciliarse con el sueño… No era para menos”. Hasta aquí el relato de Elías.

¡Qué susto! Bairoletto haciendo dedo en la ruta.

Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

 

 

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