La vida es dura en la Meseta de Somuncurá. “Gente hecha a la medida del paisaje”

“Mi aguda observación de años –supo escribir mi amigo don Elías Chucair- me ha llevado a comprobar que existe un fenómeno que pareciera en gran medida que el paisaje influyera en el carácter y en el ánimo de las personas que lo habitan”.

“Estos casos los he venido comprobando en los parajes apenas habitados de la meseta patagónica y en especial cuando se trata de hombres solos, como por ejemplo esos viejos puesteros de las estancias, los que suelen quedarse sin la compañía de su familia, la que se traslada a los pueblos cercanos para encontrar ocupación alguna”.

“Esos hombres parecieran hechos a la medida del paisaje y la quietud que los rodea. Da la impresión que a la larga el lugar los ha ido absorbiendo y no pueden escapar del mismo”.

“Por mi inquietud de observar con detenimiento a esos pobladores de las zonas rurales, sin la necesidad de profundas reflexiones, he logrado reconocer que tiene algún asidero cierto aquello de que el hombre se hace al paisaje y pasa a convertirse como un elemento más del mismo en la mayoría de las circunstancias”.

“Me estoy refiriendo al poblador de la meseta propiamente dicha, el que transmite esa sensación en su manera de ser y hasta en alguno de sus hábitos se repite esa parsimonia que lo distingue. Por ejemplo, cuando toma entre sus manos la tabaquera para armar un cigarro. Lo hace todo despaciosamente, como si se tratara de una verdadera ceremonia, lo mismo que cuando la arrolla para pasarla a quién tiene a su lado o enfrente”.

“En todos los casos, su palabra es muy pausada y su tono muy bajo, como si le costara enfrentar al silencio, el que, sin pensarlo se ha hecho compañero de sus días”.

“Lo mismo lo he visto poniendo de manifiesto ese temperamento que lo caracteriza en otras costumbres habituales, como la de engrasar sus sogas de trabajo para conservarlas,  o cuando ensilla su caballo para salir a recorrer el campo, el que últimamente se lo observa con pocos matorrales verdes y con los mallines y coironales con un color marrón, como consecuencia de la falta de lluvias y nevadas.

Pareciera que la naturaleza misma, se empeñara en aumentar el monótono gris de la tristeza que termina por contagiar al hombre que estoicamente la habita”.

“En ese  vasto paisaje, donde predomina el gris de la meseta, puede encontrarse muy de tanto en tanto, la presencia de algún verde cañadón enclavado entre los cerros que lo protegen de los vientos”.

Hasta aquí este preciso y certero relato de Elías, gran conocedor de la gente y la idiosincrasia de los pobladores del Sur rionegrino. Y es cierto: Hombre y paisaje se mimetizan en un tipo inconfundible de argentinidad que difícilmente se vea en ortas regiones más pobladas y favorecidas del país.

Duermen a la intemperie de una sociedad cada vez más injusta, pero tienen de su tierra una idea de limpia grandeza que no se ve en otros lugares.

“Ese paisaje y esa gente me inspiraron este poema como homenaje su buena voluntad, prudencia y paciencia, vicios que no se acopian en la despensa sino en sus almas.

CAMINOS DE LA MESETA: “Caminos de la meseta/ son huellas y nada más/ Apenas si los conozco, / soy baqueano del lugar.  Salgo de las Cortaderas/ y me largo a cabalgar/ tanto campo pa uno solo/ tanto cielo por mirar.   Cómo me voy a perder/ entre tanta inmensidad/ si conozco palmo a palmo/ cada piedra del lugar.  Suelto rienda a mi caballo/ y algo me pongo a pensar/ Por querer tanto a mi pago/ yo no lo puedo cambiar.  Caminos de la meseta/ horizonte y soledad/ señor soy de mí mismo/ me gusta la libertad.  Si nada malo me pasa/ y no se larga a nevar/ seguiré mi derrotero/ de andar, solo por andar”.

 

Texto: Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

26 de mayo 2021

Fotografía interior gentileza de Luis Alberto Alán

 

 

 

 

 

 

 

 

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