Inicio Destacados Quiero que en Valcheta, mi pueblo, toque la Sinfónica y su música nos haga mejores

Quiero que en Valcheta, mi pueblo, toque la Sinfónica y su música nos haga mejores

El excelente escritor Luis Melnik dejó páginas imborrables sobre todo relacionadas fantasías y leyendas. Pero uno de sus textos que figura en su “Diccionario Insólito” me impactó fuertemente, y como me gusta mucho la música (música y poesía van de la mano) sería mi deseo que cada vecino desde su lugar en el mundo integre esa maravillosa sinfónica.

“Cuando la mano del director se alzó, ciento treinta personas impulsadas como por una corriente eléctrica, atacaron sus partituras y comenzaron una misteriosa y mágica conjunción”.

“Mientras ellos hacían lo suyo y deleitaban a su audiencia, me asaltaron la cabeza pequeños duendes danzantes. ¡Qué maravilla! Ciento treinta profesores, eximios ejecutantes, solistas brillantes, maestros profesionales que admiten volverse absolutamente anónimos para bien del grupo. Cada uno de esos hombres y mujeres representa probablemente la máxima expresión de su ciudad o país en su materia, pero no teme desaparecer como individuo para integrarse en totalidad, al conjunto, en la sociedad a la que ha elegido pertenecer”.

“Dentro de ese grupo no todos ocupan idénticas posiciones o jerarquías. Los hay en primera fila. Los hay solistas que en escasas ocasiones pueden separarse del todo y ser independientes para lucimiento personal, pero siempre atados a las circunstancias globales que conducen la obra. Los hay que portan enormes contrabajos con los que van de ciudad en ciudad soportando un peso más grande que el resto de sus congéneres, para luego quedar relegados al simple papel de apoyatura o respaldo, casi nunca sobresaliente”.

Los hay que cargan pequeños instrumentos. Cargas menos pesadas para obtener, en cambio, mayor brillo en su participación. Los hay entorchados y brillantes que cuando llega su turno son vibrantes y sonoros. Los hay esperando largas pausas para hacer sonar débilmente un triángulo o brutalmente los platillos, pero uno y otro, en el justo tiempo, en el momento exacto. O destruirían todo el conjunto”.

“Los hay tras los timbales listos para expresarse con violencia inusitada. O la que deja su mano suavemente correr sobre las cuerdas del arpa para apenas ser audible.

“Hay momentos en que el equipo se mueve a velocidades indescriptibles con una devoción por lo que hacen que emociona a los que miran. Hay momentos en que la sociedad de músicos se vuelve todos uno. Un conductor les marca los tiempos y entradas y será él quien reciba los aplausos que a su juicio ofrecerá a los restantes”.

“Muchos años atrás alguien había escrito la constitución musical, la ley que los rige de la que nadie se aparta, a la que se respeta con inclinada reverencia. Una sociedad integrada, unida por un fin común, por objetivos idénticos, superiores a cada uno de ellos, en los que las partes pierden identidad pese a su enorme trascendencia individual, porque han elegido servir al todo general”.

“Donde muchos anónimos servidores están por ahí haciendo lo suyo, algo que apenas se nota, pero que sirve al bien común. Donde el que tiene un papel asignado lo cumple con paciencia, amor profesional entusiasmo excitado y disciplina indestructible. Donde el aplauso, el premio, la recompensa, se distribuyen a través de un líder que es quien aglutina, pero respetando la palabra superior de la ley escrita, a la que nadie se atreve a introducir arreglos. Para llegar a actuar, esos bravos profesores han debido ensayar en la soledad de las bambalinas durante muchos días, para estar frente al placer de la real ejecución apenas si dos horas”.

“El trabajo es constante, la dedicación plena. Flota en cada sector la solidaridad, el respeto, la coordinación de esfuerzos. La inspiración personal tiene lugar a su tiempo y momento y nadie puede atropellar al de arriba o al de abajo para imponer su modalidad”.

“Una sociedad amante, Llena de afecto por lo que se hace y donde cada uno hace lo que debe hacer lo mejor que puede. Como un eximio, ya sea que se trate del concertino o del jovencito del fondo que toca una vez o dos un pequeño triangulito de metal”.

“Y cuando el último aplauso cerró la noche, los hombres y mujeres abrazaron sus instrumentos, los apretaron contra sus pechos o los cargaron sobre sus hombros y se marcharon en la oscuridad. Cada uno rumbo a un hogar distante, a contar los vítores recibidos”.

“El teatro de operaciones quedó silente. ¿Es un ejemplo el de la sinfónica? El telón cayó sobre la noche”.

¡Qué bello texto y qué gran ejemplo! Ojalá que todos aprendamos a trabajar en conjunto, en cosas buenas y sublimes, cumpliendo cada uno con excelencia nuestro papel en la sociedad. Y así, seremos mejores.

 

Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

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