¿Mito o realidad? Una estancia del Valle de Negro Muerto guardaría misteriosos secretos

Muchas historias se sostuvieron en el tiempo en torno a una estancia que guarda secretos. Una noche de trifulca y los faroles a kerosene encienden el recuerdo. La leyenda y el mito tienen ciertas similitudes, que han pasado de generación a generación y son relatos que buscan explicar un evento o fenómeno que resulta enigmático o misterioso. Eso pasó en Negro Muerto, en el Valle Medio.

Personas que vivieron en el casco del denominado Negro Muerto decidieron hablar. El lugar está a 120 kilómetros de Choele Choel. La gente que vivía en ese lugar trabajaba en diversos puestos, algunos con el ganado, otros con verduras, frutas. También había un lugar para la enseñanza de los pequeños. El clásico maestro rural con tan solo 15 o 20 chicos y chicas de distintas edades fue uno de los protagonistas de la escena comunitaria.

La composición del lugar se completaba con la salita de primeros auxilios, la pista de aterrizaje del dueño, un destacamento policial con policías de Territorio y los clásicos asados que reunían a todas las familias.  Y las historias que algunos lugareños todavía recuerdan brotan inevitablemente. En algunos casos, con nostalgia y en otros envueltas de misterios, que aún no lograron explicación. 

Las historias permanecen guardadas en los pobladores que vivieron en las épocas gloriosas de esta estancia, un lugar místico. Los relatos tienen un denominador común, el famoso «Negro Muerto», el personaje que fijó el nombre de la estancia luego de una desesperante noche de trifulca.

Periodistas de este medio se entrevistaron con vecinos de Choele Choel que vivieron esas épocas cuando eran muy pequeños. Además, bibliografía y certificaciones de aquellos años.

Marta Pacheco contó que fue a vivir a la estancia cuando era una niña. La primera vez que la conoció fue cuando acompañó a su hermana que realizaba tareas domésticas en el lugar. Había trabajado con los dueños en Buenos Aires y luego la trasladaron a la estancia para el cuidado y mantenimiento de la casa principal, donde la visitaba de forma esporádica la familia.

Marta recordó que ellos vivían en la casa grande que tenía habitaciones muy amplias, una galería muy larga y oficinas que ocupaba el dueño de la estancia. «Había una escuela que los propietarios habían creado para los hijos de la peonada que trabajaba en el lugar» y mencionó que ella cursó ahí hasta séptimo grado. Los maestros que llegaban para cumplir con su tarea recibían una casa o habitación.

En el casco vivían 100 personas, aproximadamente, distribuidas entre familias que se hacían cargo de los puestos. Debían producir lo que les tocaba: vacunos, frutos, vegetales. Cada puesto tenía que mantenerse con el trabajo de sus cuidadores que lo hacían en conjunto con la familia.

Había un puesto de sanidad, una radio (VLU) de larga sintonía con la que los encargados mantenían al tanto de lo que sucedía en la estancia. «Era un lugar hermoso para vivir, recuerdo los asados que se organizaban o los partidos de fútbol para todos los que vivían en este campo. O los jugadores que traían de Choele Choel para poder hacer algún campeonato», recordó Marta.

Los dueños, según Marta, tenían un encanto especial y una armonía personal contagiable. Cada vez que llegaban, era una fiesta para todos. Recibían útiles para el colegio, indumentaria o juguetes. «No nos faltaba nada», reconoció y contó que un día los pudo conocer. Llegaban en un avión que utilizaba la pista de la estancia. O a veces en un auto con chofer. «Recuerdo que traían de todo, juguetes, útiles o lo que nos faltara. Los recuerdo con mucho cariño», comentó.

Los dueños del establecimiento Negro Muerto eran Don Juan Carlos Galli y familia. Eran de Buenos Aires, pero cada verano y en las Pascuas decidían establecerse en su estancia, por 15 o 20 días. Ellos pretendían que todo estuviera preparado cuando arribaban al encantador lugar. Y las velas se encendían, sin explicación alguna.

La familia estaba compuesta por Juan Carlos, Fernanda y sus hijos, Gilberto, Fernando y Jesús. Cada vez que llegaban era toda una revolución en la estancia porque aparecían los regalos para los niños y niñas. Se llevaba un registro preciso de eso, tarea que realizaba su administrador, Ricardo Roda, encargado del establecimiento en la ausencia de los dueños.

Marta contó que en cada visita, Fernanda «compartía muchas cosas con todos, se hacían bautismos, se tejía porque ella enseñaba y visitaba a las familias y trataba de conectarse con ellos». «Recuerdo que cuando el avión llegaba era porque venía Don Juan Carlos, un hombre de mundo que viajaba mucho al exterior, en especial a Italia donde seguramente administraba alguna propiedad», señaló.

Segundo Lincura manejaba el camión que llevaba y traía las cosas necesarias para quienes vivían en la estancia. Don Segundo contó que manejaba un camión Dodge 600 con el que hacía la travesía Negro Muerto – Choele Choel en busca de provisiones que le encargaban. «Dejaba la lista en lo de Keipo Fernández o en lo de Rabitti y cuando volvía, pasaba a buscar la mercadería», contó y agregó que se trataba de prendas, harinas u otras cosas que la chacra no ofrecía. Tardaba entre 5 a 6 horas en hacer este camino que eran huellas y que era transitado únicamente por puesteros que andaban en sulkys o carros con caballos. «Cuando el camión se quedaba atascado siempre aparecía un vecino a dar una mano, gente de campo que nunca te deja solo», contó.

Ricardo Roda fue el administrador de la estancia durante el tiempo que los dueños no estaban. Tenía la administración de todo lo que se hacía en el lugar y Mónica, su hija, recordó que desde muy chica vivió ahí. Con el correr de los años se quedó en el Colegio Salesiano de Luis Beltrán, donde pudo terminar sus estudios secundarios. «Mi mamá, Antonia Seijas era quién tenía la responsabilidad del control del personal doméstico que estaba en la estancia. Y mi papá, administraba. Ellos ponían hasta las inyecciones a la gente que se enfermaba, hacían un poco de todo», recordó.

Pero,¿por qué el nombre de la estancia? ¿Por qué Negro Muerto? Un buen puñado de relatos de este lugar oculto en la Patagonia invitan a transitar por la cornisa del misterio.

Los actores principales recorren historias cargadas de intriga que son tan increíbles que, incluso en los libros de ingeniosos escritores de frondosa imaginación, sea difícil encontrar. La historia del Negro Muerto lleva siglos. Según testimonios, se llama así por un ciudadano brasileño que era buscado por la Justicia. Huyendo, llegó a esta estancia donde comenzó a realizar labores en el campo.

Una noche de trifulca, rociada de alcohol y discusiones encendidas, un peón lo mató. Al día siguiente, la Policía de Territorio apareció en el campo a la pesquisa de este sujeto que encuentran muerto. Lo enterraron en el cementerio que posee la estancia. Otras historias, sin embargo, cuentan que fue la Policía la que dio fin a la vida de este hombre sin nombre, ni apellido conocido. La historia comenzó a transmitirse entre la gente del campo.

A partir de ese episodio nacieron relatos en la estancia que no encuentran una fácil explicación. Los testimonios dan fe que en ese lugar se vivieron situaciones muy extrañas.

Por aquel entonces, Domingo y Marta eran novios. Él relató que aparecían luces que se movían de un lado a otro entre los alambrados. Y ella recordó una noche en especial, en la habían ido a la estancia a cazar y por la hora decidió dormitar en un viejo galón. Se había hecho tarde. En un determinado momento que no olvidará jamás, vieron la figura de un hombre alto con sombrero negro, tez negra y botas hasta las rodillas. Los miró fijo y luego se perdió entre las pocas luces de la noche.

Segundo dijo que cada vez que pasaba por el cementerio de la estancia debía decir una plegaria o persignarse al momento de cruzar, sino el vehículo se paraba o algo pasaba.

Después de estar un tiempo apagados, los faroles a kerosene se volvían a encender, se veía la figura del hombre que aparecía, los miraba y caminaba hasta el galón para luego desvanecerse entre las penumbras de la noche. También aflora en este recorrido de historias increíbles, el relato de las velas que se apagaban con saliva y luego se volvían a prender para la bienvenida al Negro Muerto que aparecía y se retiraba.

En algunas noches se escuchaba el bramido de los caballos en los corrales. Enloquecidos,  se mordían y corrían sin parar. Dejaban en el medio un círculo intocable con una luz que se movía y que los caballos por unos días no querían pisar.

Los misterios forman parte de la estancia y para los que vivieron en el lugar, son tan reales como cualquier otra historia del lugar. Y se encienden cada vez que los faroles vuelven a iluminar el pasado.

Texto: 7 en Punto (Valle Medio)

Título original: ¿Mito o realidad? Increíbles historias envuelven la estancia del valle de Negro Muerto

Fotos: Rossana Castillo

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