Inicio Destacados “Cuando la Argentina perdió la Patagonia”: Salvador San Martín, ¿autor de una ficción?

“Cuando la Argentina perdió la Patagonia”: Salvador San Martín, ¿autor de una ficción?

“En poco tiempo, los Estados Unidos de la Patagonia sobrepasaron a la Argentina prácticamente en todo, excepto en la producción agropecuaria que siguió siendo la única base de una Argentina que no supo reconocer en la Patagonia su verdadero destino”.

El ingeniero Salvador San Martín nació en Lima, provincia de Buenos Aires, el 11 de abril de 1911 y falleció el 23 de abril de 1993, a los 83 años, en la Capital Federal. Durante muchos años, vivió en la ciudad de Villa Regina, en el Alto Valle del río Negro.

Fue presidente de la Federación Universitaria Argentina y también se desempeñó como presidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires.

Se radicó en Villa Regina, donde desarrolló un establecimiento  frutícola. Fue docente, rector-interventor del Instituto Libre de Enseñanza Secundaria de esta última localidad. Dirigió el periódico “El Ciudadano”. Durante el gobierno de Arturo Frondizi se desempeñó como Subsecretario de Energía y Combustibles  y en  el gobierno de José María Guido fue Secretario de Industria.

Entre esas actividades, fue presidente de Cometarsa, empresa del grupo Techint y presidente del Centro de Industriales Metalúrgicos de la Argentina.

Su cuento “Cuando la Argentina perdió la Patagonia” tuvo gran repercusión. No fue para menos. Que un grupo comando consiga arrancar decisiones capitales al gobierno central  a partir de dejar sin energía eléctrica a Buenos Aires, causó preocupaciones en los sectores dirigenciales.

San Martín contó en varias oportunidades el origen del cuento: “Fue el resultado de una experiencia sufrida cuando estuve a cargo de la Secretaría de Energía y Combustibles en 1961 y el señor Taccone  (dirigente del gremio de Luz y Fuerza) nos amenazó con una huelga sin prestación de servicios. El total del  poder decisorio de la Nación está centrado  en 20 manzanas de la Capital Federal, ubicadas entre el puerto y las calles Bolívar, San  Martín a lo ancho y la avenida Independencia, por un lado y la central”.

El ingeniero San Martín consideraba que poniendo fuera de acción esas veinte manzanas “todo el país cae en poder de quien dé el golpe”. Y agregaba:” Tal cosa no ocurriría en Estados Unidos, ni en Europa, ni en Rusia, ni en Japón. Pero el caso más notable es el de los Estados Unidos por tratarse de un país federal como el nuestro”.

Continuaba afirmando que en ese país “se puede entregar la Casa Blanca o Washington  al enemigo y en cualquiera de los estados federales se puede reconstituir el poder nacional con toda su potencia en virtud de haber instituido desde un comienzo de gobiernos estaduales  poderosos y económicamente capacitados para reconstruir el gobierno, aunque Washington  fuera destruida hasta sus cimientos.  Si en 1961 Taccon podía poner al gobierno en un jaque bajando las palancas de las usinas de la capital lo puede hacer cualquiera que ocupe por la fuerza donde se genera la energía eléctrica poniendo en sitio estratégico a las 20 manzanas donde se encuentra el poder del país”.

En este esquema, el argumento básico de trabajo del ingeniero San Martín  parte de la toma y posesión por  comandos suicidas integrados por ciudadanos patagónicos, bajo  instrucciones del gobierno previsional de los Estados Unidos de la Patagonia, de las centrales El Chocón, de Cerros Colorados (Planicie Banderita y desvío de Mari Menuco) de  Alicurá, de la central de Arroyito y de Confluencia, de las plantas comprensoras de gas natural de Loma de la Lata, Pico Truncado y Cerro Cóndor.

A continuación, el autor incluye una serie de relatos de fuerte realismo, como la supuesta intimación al gobierno de la República Argentina para que reconozca al Gobierno Provisional de los Estados Unidos de la Patagonia y lo acepte como país asociados.

Los siguientes pasos de la trama, en muy rápida síntesis, fueron  la designación de embajadores del gobierno de los Estados Unidos de la Patagonia ante las sedes diplomáticas de los distintos países y la realización de un congreso constituyente a cuya finalización se dio a conocer una declaración que los Estados Unidos de la Patagonia eran una Nación libre e independiente de la Nación Argentina.

El autor imaginó una región final entre el presidente argentino y su similar de los Estados Unidos de la Patagonia donde quedó oficializada la escisión de los estados sureños.

En algunas entrevistas periodísticas, el ingeniero San Martín concluyó que su cuento “no es tan fantástico como parece”. Aclaró  que “nuestra acción en la Patagonia no fue ni es para separarnos de Argentina, sino para integrarla con justicia en el cuadro de la Nación”. Y alertó en el sentido de que “o los porteños integran la Patagonia con una real política de desarrollo o la   Patagonia puede perderse a manos de otro Orélie Antoine de Tounens (abogado francés que se proclamó rey de la Araucanía y la Patagonia en alianza con algunos caciques indígenas)”.

También  reflexionaba sobre “cuántas veces cansados del centralismo y de las trabas que se colocan para que la Patagonia pueda desarrollarse, cuántos rionegrinos, chubutenses o fueguinos no imaginaron una región independiente con futuro promisorio por la conjunción de sus recursos naturales y humanos. Por eso, ningún patagónico  quiere la segregación de la Patagonia, pero sí hacer un llamado de atención y para arrancar alguna vez con un país federal en serio”.

“Para que la Patagonia deje de ser una gran productora de recursos dirigidos a los grandes centros urbanos del país y convertirse en parte de un proyecto nacional de desarrollo”.

El cuento: “Cuando Argentina perdió la Patagonia”.

El día 14 de agosto de 1985 estaba de guardia en el tablero central del despacho eléctrico de cargas, el Ingeniero Bonifacio Astigueta, quien como era habitual en él, escudriñaba atentamente y en forma personal todas las complejas señales luminosas del tablero. A las 18.30, cuando se disponía a retirarse, un auxiliar llamó su atención sobre el indicador de enganche de la línea de alta tensión de El Chocón-Cerros Colorados, que titilaba indicando algunas anormalidades.

El ingeniero Astigueta accionó enseguida el control de fallas del tablero por si se trataba de una perturbación eléctrica y como la señal continuaba, y en previsión de un sorpresivo desenganche de la línea, ordeno, por el circuito telefónico, el estado de alerta de la Central Costanera Sur y de Salto Grande, preparándose para reemplazar cualquier falta de corriente de El Chocón.

Cuando estuvo todo bajo control, tomó el teléfono para comunicarse con el control de la Central de El Chocón y con ojos dilatados de espanto escuchó la siguiente comunicación: Aquí Comando Suicida El Chocón a nombre del gobierno provisional de los Estados Unidos de la Patagonia, comunica a ese despacho de carga para su retrasmisión al presidente de la Nación Argentina lo siguiente:

1) En el día de la fecha, nueve comandos suicidas integrados por ciudadanos patagónicos y bajo instrucciones del gobierno provisional de los Estados Unidos de la Patagonia, presidido por el doctor Aníbal Alejandro Garmendia, han tomado posesión de las centrales de El Chocón, de Cerros Colorados, (Planicie Banderita y desviador de Mari Menuco), de Alicurá, de la central de Arroyito y de Confluencia, de las plantas compresoras de gas natural de Loma de La Lata, Pico Truncado y Cerro Cóndor. En ningún caso de han producido bajas entre el personal de las plantas, ni tampoco entre los comandos de ocupación.

2) Cada comando ha procedido a dinamitar los puntos neurálgicos de cada central o planta, de de modo tal que una detonación afectará incluso a las instalaciones fijas de los rodetes de turbinas o motocompresores de gas. Los daños han sido proyectados para que ninguna instalación pueda ser puesta nuevamente en funcionamiento antes de tres años y hasta cinco años, según los casos.

3) Cada comando es autónomo para tomar la decisión de hacer volar las cargas explosivas, al menor indicio de que el gobierno de la Argentina haya dado orden de reprimir a los comandos o atacar las instalaciones, procediendo incluso ante cualquier movimiento preventivo de tropas, aviones o cualquier otra acción de fuerzas armadas o policiales de la República Argentina.

4) A partir de la hora 0 del día de mañana 15 de agosto, correrá un plazo de 48 horas, para que el gobierno de la República Argentina reconozca al gobierno provisional de los Estados Unidos de la Patagonia, como legítimos gobernantes de este país y lo acepte como país asociado según los términos que se acuerden oportunamente.

5) Vencido el plazo de 48 horas sin que el gobierno argentino haya accedido a la demanda anterior y a iniciar inmediatas negociaciones, comenzarán a reducirse el número de turbinas en operación y el bombeo de gas, hasta el corte total del fluido eléctrico, de gas y de petróleo en las 48 horas subsiguientes.

6) El gobierno provisional de los Estados Unidos de la Patagonia ha destacado ministros plenipotenciarios ante los principales países de la comunidad internacional a efectos de plantear el caso del dominio colonial argentino sobre la Patagonia y procurar el reconocimiento del gobierno provisional instituido.

7) Se reitera que cualquier acto militar o policial iniciado por el gobierno de la República Argentina, será considerado por los comandos como prueba de rechazo de las demandas y consecuentemente se harán todas las voladuras indicadas.

8) En estas tristes circunstancias recordamos al pueblo amigo de la Argentina, la voluntad de ser libres de todo colonialismo expresada en la declaración de la Independencia en Tucumán el 9 de julio de 1816 y denunciamos la actitud prepotente de la dirigencia porteña que mantuvo hasta hoy un colonialismo denigrante sobre estos territorios que no tienen otro recurso que imponer por la violencia lo que le fue negado por la razón y el patriotismo.

AQUÍ COMANDO SUICIDA DE EL CHOCÓN EN CADENA CON TODA LA RED DE RADIO Y TELEVISIÓN EN SU PODER.

Cuando cesó la transmisión telefónica, el ingeniero Astigueta, creyéndose víctima de una broma, dijo enojado: Che, Cardini, dejate de j… y decime qué está ocurriendo con la línea. Por el teléfono se oyó una voz que dijo: No soy Cardini, el cual se encuentra bajo custodia de este comando, pero si usted quiere, podemos ponerlo en la línea para que usted se percate de que esto va en serio.

Astigueta sintió que le corría un sudor frío y tartamudeando rogó que lo pusieran al habla con Cardini el supervisor de turno en el tablerote carga de El Chocón. Cardini, con voz serena y casi sin emoción lo impuso a Astigueta de lo que había ocurrido, de la toma de la central por un comando suicida, el dinamitado de las turbinas y de las playas de transformadores, etc.

Cuando terminó le dijo a Astigueta: Apuráte, hermano, a transmitir el mensaje al presidente porque las papas queman y esta gente está dispuesta a todo.

Astigueta corrió al teléfono policial para comunicarse con el presidente de Agua y Energía, que a esa hora todavía estaba en su despacho, el cual, enterado del mensaje, puso en duda la veracidad de toda esa historia que calificó de Rocambolesca y ordenó a Astigueta que preparara el avión de la empresa para ir a ver en el lugar lo que estaba ocurriendo. Por las dudas lo impuso de la novedad al presidente de Hidronor.

Mientras tanto, y a pesar de su incredulidad se comunicó con el presidente de Energía que casi sufre un desmayo al oír la historia y que a su vez trasmitió al presidente de la Nación por el teléfono policial, el increíble mensaje recibido en el despacho de cargas.

El presidente Miguel Solanas Álvarez se hizo repetir varia veces el mensaje mientras las máquinas teleimpresores sacaban varias copias. Enseguida con gran serenidad y después de exclamar: “Estos sureños…”, ordenó convocar al gabinete de ministros y a los jefes de los estados mayores, mientras telefoneaba al ministro del Interior para conocer si allí se sabía algo de lo que realmente estaba pasando. Cual no sería su estupor cuando el secretario del ministro, el cual ya había salido para el despacho del presidente, le informaba que se habían recibido cuatro comunicaciones de los cuatro gobiernos de las provincias patagónicas, manifestando que en razón de las circunstancias, las cuatro legislaturas y los propios gobernadores habían adherido al gobierno provisional de los Estados Unidos de la Patagonia y se solidarizaban con su actitud, por lo cual se consideraban estados independientes de la Nación Argentina y autónomos económicamente.

Manifestaban también su firme decisión de armar al pueblo patagónico para repeler cualquier agresión.

Todos los teléfonos de Casa de Gobierno comenzaron a sonar y no se daba abasto para atender los llamados de las unidades del Quinto Ejercito, que trasmitía al presidente las novedades ocurridas y requerían ordenes para proceder. El presidente Solanas Álvarez gritaba a voz en cuello: ¡Por favor! ¡No hagan nada! ¡Todo el mundo quieto hasta que analicemos la situación! Que venga enseguida el jefe del Estado Mayor Conjunto, lo que no hubo necesidad de repetir, pues en ese momento ingresaba con rostro descompuesto al despacho del presidente y lo incriminaba: Sr. Presidente, este es el resultado de su política, ahora tenemos a Chile sobre nosotros a la altura del río Colorado, dígame, ¿ahora qué hacemos?

Por favor, general, no dramatice las cosas. Espere un momento, tal vez podamos dominar la situación mucho más fácilmente de lo que usted se imagina. Déjenos a los políticos decidir sobre el particular. Y volviéndose a su edecán le pidió que conectara la televisión. En la pantalla apareció un locutor que con cara de sorpresa leía comunicados recibidos desde la Patagonia, originados en la Agencia de Noticias Los Andes, entidad privada al servicio del gobierno provisional de los Estados Unidos de la Patagonia. El locutor no sabía qué decir ni comentar. Todo le parecía absurdo, pero esos mensajes estaban saliendo del teletipo y no había duda posible de lo que estaba emitiendo.

En un momento determinado el locutor dio cuenta de la declaración de Independencia hecha por los cuatro gobiernos patagónicos y de un comentario que procedía de Comodoro Rivadavia, donde la población se había volcado a las calles celebrando la independencia y pidiendo armas para combatir a los porteños.

También había intercepción de despachos del gobierno de las cuatro ex provincias argentinas a las provincias norte y de Cuyo pidiendo se adhirieran a la causa patagónica y presionaran al gobierno de la Casa Rosada a proceder al reconocimiento de los Estados Unidos de la Patagonia.

Todo empezó a convertirse en un pandemonium, pues lo embajadores de países extranjeros comenzaron a abrumar a la chancillería para que explicara la situación. El canciller se refugió en la Presidencia y hacia contestar que más tarde se daría un comunicado oficial al respecto.

El Comando de Aviación hizo suspender todos los vuelos a la Patagonia, pero no pudo impedir que los vuelos que estaban haciendo escala en aeropuertos patagónicos, fueran incautados por los gobiernos locales o puestos a disposición del gobierno provisional. En Caleta Córdoba y en Caleta Olivia, los obreros resolvieron no cargar petróleo en los barcos que esperaban mar afuera para llevarlo a San Lorenzo y a Bahía Blanca.

Entretanto iban llegando los ministros a Casa de Gobierno y cuando ya era imposible poner orden, logró el presidente hacer sentar a los que pudo, mientras otros asistieron de pie a la reunión ministerial más absurda de la historia argentina.

La exposición del secretario de Energía fue contundente, sin gas y sin petróleo era imposible prestar los servicios en la Capital y en el Gran Litoral. Reforzando los suministros del norte y pidiendo desvío de buques petroleros a las empresas extranjeras, no podía impedirse la paralización total de la vida de la ciudad. Las usinas eléctricas sin gas ni petróleo y sin el aflujo de electricidad de El Chocón, apenas podían mantener los servicios de algunas oficinas de gobierno y uno que otro hospital. Había que desalojar inmediatamente la población civil de los centros urbanos donde no se podían accionar bombas para abastecer de agua a los edificios elevados.

Los fluido cloacales se atascarían en toda la red domiciliaria. Por supuesto todos los transportes pararían. Las propias fuerzas armadas no tendrían combustible suficiente para una acción de envergadura. La situación no podía ser más tremenda y angustiante. El presidente con cara empalidecida por la rabia por la emoción, preguntó qué ocurriría si los comandos suicidas hacían las voladuras que habían anunciado. El secretario de Energía contestó simplemente: Mejor ni pensarlo, señor presidente, sería el caos y por varios años no podríamos reparar los daños en medio de trastornos tremendos.

La cabeza del presidente giró lentamente hacia el jefe del Estado Mayor Conjunto y el secretario de Defensa que estaban sentados juntos a su lado. No fue necesaria ninguna pregunta. El general Díaz Usandivaras dijo con tono ciertamente dramático: Señor presidente parlamente con el dicho presidente de ese gobierno provisional. Un murmullo de asombro se extendió en el salón y después fue el gran loquero. Todo el mundo hablaba a salían a luz reproches de todo tipo. El presidente apartó al ministro de Interior y le dio instrucciones para que utilizando la misma línea telefónica de El Chocón comunicara al doctor Aníbal Alejandro Garmendia, que estaba dispuesto a conferenciar con él en el lugar y hora que indicase en la seguridad de que ambos encontrarían una solución al conflicto planteado.

La trasmisión se hizo inmediatamente y casi enseguida se recibió la respuesta: Antes de cualquier parlamento era imprescindible que se hiciera oficialmente y por medio del Congreso la declaración de que los Estados Unidos de la Patagonia eran una nación libre e independiente de la Nación Argentina y solamente asociada en el mantenimiento de una estructura económica, social y política que se mantuviera dentro de las tradiciones argentinas. Veinticuatro horas para contestar por sí o por no.

Las siguientes de 10 horas fueron empleadas en convocar al Congreso, hacer la declaración solicitada en medio de una escandalosa sesión parlamentaria en que los diputados y senadores por las provincias patagónicas fueron objeto de toda clase de agresiones y se vieron en la necesidad de retirarse del recinto.

Antes de retirarse, el diputado por Neuquén, doctor Eleuterio Cardozo, pudo hacerse escuchar en medio del griterío general: No queremos seguir siendo los “kelpers” de los argentinos.

Por su parte, el senador Llanqueleo, del Chubut, pudo expresar algunos conceptos que se rescataban en medio de los denuestos de que era objeto: Inglaterra trató mejor a sus colonias que la Argentina en la Patagonia…!! y otras como: Por mucho menos de lo sufrido por la Patagonia, las colonias americanas se independizaron de Inglaterra!

Finalmente, después de la declaración del Congreso, el presidente argentino fue citado para concurrir a una reunión con el presidente patagónico en un lugar desértico de la provincia del Chubut, cerca de Collán Conhué, sitio histórico donde las últimas tribus patagónicas habían sido derrotadas por el Ejército Argentino.

Allí se había levantado una instalación precaria para la reunión de los integrantes de los dos gobiernos. El presidente patagónico saludó con gesto severo pero no agresivo al presidente argentino y hechas las presentaciones de sus comitivas, ambos se introdujeron en una carpa de campaña donde una mesa sencilla con dos tazas de café ya servidas los acogía para la magna ceremonia. Señor presidente, comenzó diciendo el presidente provisional de la Patagonia, lamento que hayamos tenido que recurrir a estos medios para hacer valer nuestros derechos.

El presidente argentino Solanas Álvarez contestó que lo lamentaba mucho más en cuanto se trataba de un acto suicida y que no podía durar más que el tiempo necesario para retomar el dominio de la región pretendidamente independizada, por todos los medios que la Nación Argentina podía disponer levando ejércitos numerosos como lo hiciera en la gesta de Independencia de España. No olvide señor que la Argentina supo oponerse y vencer a las naciones más poderosas de entonces.

El presidente patagónico, doctor Aníbal Alejandro Garmendia, después de escucharlo y tras un breve silencio, manifestó: Señor presidente, no me considera usted tan tonto como para meterme en este asunto tan grave sin haber tomado las debidas precauciones y previsto sus eventuales consecuencias. Tampoco debe usted considerarme un traidor a la patria si le manifiesto que así como la Nación Argentina buscó aliados en su guerra de la independencia, lo Estados Unidos de la Patagonia pueden hacerlo comenzando por sus dos más próximos vecinos: Chile e Inglaterra. ¿O usted de olvida, señor presidente, que Inglaterra está a 450 kilómetros de la costa patagónica con una formidable base militar?

¡¡No puedo creer que usted haya llegado a este grado de humillación!!, contesto fuera de sí y a los gritos el presidente argentino, como para pedir ayuda a los tradicionales enemigos de la Argentina. Perdón, señor presidente, yo no necesitaré pedir ayuda alguna, ni la he pedido, ni la pienso pedir. Solo me he limitado a plantear a las naciones más importantes del mundo el reconocimiento de mi gobierno.

En ese sentido, Chile e Inglaterra estoy seguro de que serán los primeros en hacerlo. Y como usted, señor presidente es de la provincia de Buenos Aires, le recuerdo que me apoyo en antecedentes muy valiosos y que usted conoce muy bien, por ser oriundo de una provincia argentina que pidió el reconocimiento de las Naciones europeas y de los Estados Unidos como estado libre e independiente de la Confederación Argentina en 1853. Aquí no hay más traición a la patria que la que cometieron quienes ignoraron los derechos de los patagónicos y los mantuvieron en la más infame dependencia colonial. Señor presidente, los minutos son valiosos. Usted debe decirme si acepta o no confirmar en todo la declaración de su Congreso y para comenzar a negociar libremente y como dos estados soberanos las condiciones en que vamos a iniciar este nuevo tramo de nuestra vida política, asociando nuestros intereses en el respeto mutuo de nuestros derechos.

El presidente argentino sólo atinó a agregar: Evidentemente, usted me chantajea y lamentablemente no puedo escapar al chantaje. En Buenos Aires no nos dimos cuenta de que estábamos armando una bomba de tiempo con estas obras de El Chocón y esta historia del gas y del petróleo.

Tendríamos que haberlos tratado realmente como colonos y puesto una fuerza armada al lado de cada dique y cada gasoducto u oleoducto. Pero ahora usted me tiene en sus manos. Pero dígame sinceramente, ¿es cierto que Chile y Gran Bretaña reconocerán a su gobierno? Vea señor presidente, contestó el presidente patagónico, no solo que lo harán inmediatamente, sino que harán declaraciones manifestando que toda agresión hecha a los Estados Unidos de la Patagonia será considerado un acto de guerra contra sus propios países y si sus servicios de inteligencia, señor presidente, funcionarán correctamente, habría sabido antes de salir para aquí que ambos países han dado orden de movilizar todas sus fuerzas armadas.

Pero, hay algo que seguramente a usted le compensará de estas cosas tan desagradables. Gran Bretaña entregará las Islas Malvinas, Sándwiches y Georgia del Sur a la soberanía de los Estados Unidos de la Patagonia y formalizará con nosotros un tratado de paz que lleva implícita nuestra participación con todos nuestros productos en el mercado inglés y de sus dominios a cambio de la preservación de los intereses británicos que sean afectados por el cambio de soberanía.

¡Nos queda Brasil!!, exclamó el presidente argentino. Se opondrá al dominio de los mares del sur por una nación extranjera. Se unirá a nosotros. Lo mismo Paraguay, Venezuela, Perú y Colombia.

Con mucha calma el presidente patagónico le alcanzó un télex que decía: Itamaraty ha informado confidencialmente a nuestro enviado que está emitiendo un comunicado al gobierno argentino advirtiéndole que cualquier acción armada contra los Estados Unidos de la Patagonia será considerada como el rompimiento del necesario equilibrio en los mares del sur y obligará al Brasil a movilizar sobre la frontera argentina y uruguaya.

El presidente argentino, bajó sus brazos. Se tomó la cabeza entre las manos y dijo: ¡Qué desastre! ¡Qué ciegos hemos estado! ¡Malditos porteños!

Cuando los dos presidentes salieron de la carpa y se unieron a sus acompañantes el viento patagónico soplaba con toda intensidad sobre el inmenso erial. Las caras mostraban las distintas emociones. No había evidentemente triunfadores, más bien un sentimiento de amargura predominaba en todos y alguna lagrima de rabia se escapaba de los ojos de muchos de un lado y de otro de los que ayer hermanos, hoy estaban divididos por una frontera que había levantado con el tiempo la desidia de los gobernantes porteños.

Así se perdió la Patagonia para la Nación Argentina.

Por su parte los Estados Unidos de la Patagonia progresaron a ritmo inusitado. Vendiendo petróleo, gas e hidroelectricidad a la Argentina, aún a precios inferiores a los del mercado mundial, ingresaban anualmente miles de millones de dólares de divisas que se utilizaban para el desarrollo de su infraestructura.

Los valles de los ríos y la precordillera fueron irrigados y explotados para exportaciones agropecuarias y agroindustriales al exterior y un contingente enorme de inmigrantes se fue radicando libremente en una República que echando por la borda el estatismo porteño, se apoyó en la empresa privada para afirmar su desarrollo. En sólo diez años la población patagónica se triplicó con los inmigrantes y en toda la región lacustre y fluvial de la cordillera, centros de turismo de renombre mundial atraían millares de turistas anuales que reforzaban el muy favorable enlace de pagos de la flamante nación. Industrias electro intensivas y petroquímicas se instalaron para aprovechar los recursos energéticos disponibles a bajo costo. La exportación industrial superó largamente a las exportaciones agropecuarias.

La moneda en circulación fue el patagón, con garantía oro y convertible, lo cual surgió de una negociación con las principales naciones del mundo que aceptaron pagar en oro sus compras durante cinco años para formar dicha reserva áurea. La inflación desapareció instantáneamente.

Por supuesto los Estados Unidos de la Patagonia no tuvieron Ejército, ni Marina, ni Aeronáutica. Apenas una fuerza policial. Estaba defendida por todos contra todos.

En poco tiempo, los Estados Unidos de la Patagonia, sobrepasaron a la Argentina prácticamente en todo, excepto en la producción agropecuaria que siguió siendo la única base de una Argentina que no supo reconocer en la Patagonia su verdadero destino.

Comentarios: Omar Nelson Livigni, periodista director de APP, Viedma

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