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La Línea Sur, los avisos a pobladores rurales y el niño que esperaba a los Reyes Magos


En la Región Sur, la sección de Avisos al Poblador Rural de Radio Nacional Jacobacci es fundamental para la comunicación con el campo. Inspirada en ello escribí, entre otros, este cuento que no deja de darme satisfacciones. Las historias son ficción, los personajes, reales…

El último aviso (De mis “Avisos al poblador”)

El pequeño entregó el mensaje con tanta solemnidad… Le brillaban los ojitos oscuros… La letra era apenas legible, lleno de errores de ortografía el aviso, escrito en una hoja de cuaderno prolijamente doblada en cuatro.

Elba lo recibió. Lo leyó, estuvo a punto de rechazarlo. Volvió a mirar al niño. No podía hacerlo… Como pudo balbuceó –Está bien, lo vamos a pasar- mientras contenía la emoción y el corazón se le inundaba de ternura. –Pero mirá que hoy es cuatro, quién sabe si no están de viaje ya, por ahí no alcanzan a escuchar el mensaje…

Sebastián se fue de la radio convencido de que esta vez no podía fallar. ¡Tantas veces había escuchado los avisos junto a su madre, en el campo…

“Avelino, a su hija, que le mande huevos frescos con la trafic”… “Sandoval, a Méndez, de El Chaiful, que esta tarde le manda lo convenido”… “Margarita, a su padre, que llega mañana con el pedido, que la espere con caballo en la tranquera…” “ A las artesanas de Colán Conhué, que preparen las prendas, el viernes va el director con el dinero a retirarlas…” “Julia a sus padres de Santa Teresita, que les manda la garrafa…”

-Lo van a escuchar, seguro que lo van a escuchar– pensaba Sebastián mientras subía, satisfecho, a la camioneta del delegado que lo llevaría de regreso a su casa.

-Necesito una pelota, de Boca tiene que ser y una camiseta también, talle 10, más o menos– decía Elba al vendedor de la casa de deportes.

-¿Para regalo? – preguntó el joven

-Sí, por favor, con el mejor papel que tenga, y un gran moño…

-Otra vez no pasó nada, mami, ¿qué les pasará que nunca andan por acá?

Y la madre se quedaba callada, refregándose las manos en el delantal. Pensaba un momento y le respondía, a duras penas:

-Es que vivimos muy lejos, Sebastián, no pueden llegar hasta aquí, vienen cansados, en el pueblo hay muchos chicos y tal vez no les alcancen los juguetes. Tené paciencia, el año que viene, seguro que se animan a llegar-

-Pero mami, si por lo de Juan pasaron. Y eso que él no les hizo carta. Igual pasaron, y viven cerca de nosotros, le trajeron una bicicleta…

-El año que viene, Sebastián, el año que viene…– Y seguía lavando la ropa, mami, conteniendo la pena y la impotencia. Nunca había podido comprarle nada a Sebastián.

Este año cumplía nueve, ya estaba grande, pero su mamá se negaba a contarle la verdad. –No hasta que pueda regalarle algo para esta fecha– pensaba y sacaba cuentas en el aire para ver si llegaba con sus pocos ahorros a esa pelota de fútbol con la que soñaba su hijo. –A ver, para la harina, para la garrafa… quedan 50, justo para los remedios del abuelo… No llego, no hay caso, este año tampoco podrá ser.

Miraba a su hijo. Ilusionado, pasándole el trapo a las únicas zapatillas que tenía y ya le quedaban chicas. Lustrosas las dejó, las pondría en la tranquera, capaz que no servía dejarlas al lado de la cama…

Elba escribía la última edición mientras imaginaba la carita que pondría Sebastián. Tan concentrada estaba que no se dio cuenta que el director miraba, de pie, detrás de ella. La sorprendió con la pregunta:… –¿qué es eso?- preguntó –¿quién tomó ese aviso? ¿Es una cargada?-

-Por favor, Gustavo, aunque sea una vez, pasémoslo. El nene lo trajo con tanta ilusión, no pude negarme a recibirlo– respondió Elba, con las mejillas coloradas y el corazón latiendo más fuerte que de costumbre. Lo trajo ayer, lo guardé hasta hoy, pasémoslo una vez, no rompamos la magia de esta noche. Me atreví a comprarle algo. El regalo va en camino… Por favor…

Paredes encendió la radio en el camino. Era 5 de enero, iba a Atraico, a llevar los alimentos como lo hacía siempre. No tenía que olvidarse de dejar en la tranquera el paquete que le dio Elba. Las seis de la tarde, hora de avisos al poblador:

“Sebastián, a los Reyes Magos, en especial al Negrito Baltasar, que no se olvide de dejar mañana a la nochecita la pelota de fútbol con los colores de Boca en la tranquera del puesto de Altamirano, de Atraico. Hay comida para los animales y para ellos… Si no consiguen la camiseta, igual está bien… Y si no pueden llegar al campo, que mande las cosas con alguien… ”

Sebastián estaba pegadito a la radio… A su mamá, qué raro, por primera vez no le interesó escuchar los avisos. Saltó de alegría cuando escuchó su mensaje, pero más aún, cuando escuchó el último de ese día:

“Baltasar, en nombre de los tres Reyes Magos, a Sebastián, de Atraico, imposible llegar hasta el campo, mandan lo convenido con la camioneta de Paredes…, que espere a la tardecita en la tranquera para recibir el paquete… Que disculpe si la camiseta es un poco grande, no tenían las medidas, pero es de Boca, como la pelota..” Inventaba Gustavo y gesticulaba, a su estilo, mientras le guiñaba un ojo cómplice a Elba que miraba, agradecida, desde el otro lado del vidrio, en los estudios de Radio Nacional.

Desde la Cruz del Sur, seguro, Dios también miraba…

Rayito, 2006

Viviana Simionatto

Escritora de Ingeniero Jacobacci

Acerca de Raúl Díaz

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