El Maruchito de Río Negro. La Patagonia tiene luces. Homenaje a Juan Raúl Rithner

 

Como homenaje a Juan Raúl Rithner, escritor, autor teatral, académico y comunicador social, quien falleció hace poco más de un año, el 27 de junio del 2016, la Agencia Periodística Patagónica (APP) de Viedma reprodujo su breve ensayo sobre El Maruchito, escrito conjuntamente con Ana María Menni e incluido en el libro “La Patagonia tiene luces”.

Rithner fue un gran investigador y divulgador de las leyendas y mitos patagónicos. El historiador y escritor Ramón Minieri dijo de él que “se puede considerar una de las personalidades claves de la creatividad en la Patagonia;  más allá de campos disciplinarios específicos, a él se lo encuentra en la creación literaria, haciendo narraciones para chicos, obras de teatro esclarecedoras para quienes somos más grandes y textos donde piensa temas vinculados a la cultura popular y a la comunicación social”.

Por su parte, el periodista y escritor Claudio García escribió: Dejó atrás un gran legado de cuentos para chicos y grandes, de obras de teatro, de escritos, ensayos y ponencias sobre comunicación social e investigación en temas de cultura popular. Recopilador en muchos de sus trabajos de la memoria oral de pobladores de la Patagonia, testimonios que consideraba centrales para ir trazando ese universo de la diversidad cultural de la región. Quizás el mayor conocer de los mitos y leyendas patagónicas. Comprometido con la causa y la reivindicación de la cultura y los derechos de las comunidades indígenas, a veces me asombraba que, despojado ya de todo condicionamiento de una sólida educación y trayectoria universitaria, se sentía más cercano a la mística y religión de esos pueblos originarios o lo que llamaba “presencias” y “sensaciones presenciales” de la cultura popular.

Agregó: Como escribió Walter Benjamín consideraba que estábamos demasiados informados “sobre las novedades del planeta, pero sin embargo pobres en historias singulares”. Una de sus tareas fue dedicarse a esa tarea contracultural de retrucar el incesante flujo de comunicación e información dominante.

“Optimista, tenía la convicción que “¡La amanecida es posible!”, aunque seguramente este último tiempo de retorno a ese neoliberalismo que repudiaba y a un presidente que reivindica a Roca le debe haber causado, como al admirado Osvaldo Bayer, indignación y un sentimiento de frustración”, concluyó García.

EL MARUCHITO DE RÍO NEGRO

Abundan las historias de amor y muerte en el imaginario popular. Aunque algunas de ellas no en forma evidente, todas están atravesadas por el reclamo no satisfecho de justicia o por la denuncia de la impunidad de un acto injusto.

Esta presencia del valor Justicia se evidencia en forma notable en la historia de Pedrito Farías, el Maruchito rionegrino, personaje legendario de las primeras décadas del siglo pasado cuya memoria cuenta con el respeto tanto de los mapuches como de los blancos, niño de diez años ayudante de troperos de la Línea Sur, asesinado por su patrón.

¿Qué oficio es éste de ser maruchito? Era el año 1919 en el Norte de la Patagonia. Los carreros, solos o en tropa para protegerse entre ellos, cargaban sus carros tirados por mulas con las mercaderías que se traían por el Ferrocarril del Sud hasta la actual ciudad de General Roca y después cruzaban el río Negro con la balsa de Córdova o la de Farrés rumbo a los parajes de la Línea Sur. Estos recorridos duraban entre 30 y 60 días. Los carreros llevaban con ellos a chicos paisanos de entre 9 a 16 años para que les atendiesen los animales, les cebasen mate, buscasen leña y los ayudasen a cargar y descargar. Se los llamaba «maruchos». Consideraban pagas sus tareas con la comida y la enseñanza del oficio.

Aquel 1919 era violento y convulsionado en la Argentina. Protestas obreras (y de empleados de comercio, de escritorio y del Correo) contra el débil gobierno de Yrigoyen y Luna, presiones de la oligarquía porteña que se extendían por todo el país a través de la Liga Patriótica y organizaciones juveniles similares legitimadas para actuar con violencia contra los reclamos y en forma especial contra los inmigrantes y los anarquistas, el asesinato de cincuenta obreros por la Policía en Buenos Aires… En mayo de este 1919, en Neuquén, capital desde 1904, también hay manifestantes y protestas.

El 26 de octubre, a dos leguas de Barda Colorada, en el puesto de Repunte, cerca de Aguada Guzmán, se detiene una tropa de carreros que comanda un tal Onofre Parada.

Mucho frío, aire cortante, cielo grande, fuego y puchero en común.

Luego del fogón, guitarras y vino compartidos, llegan el sueño y la calma helada de una noche de luna llena a rabiar.

Pedro Farías, Pedrito, el marucho Pedrito ve dormido al patrón y se levanta sin hacer ruido. (Una versión dice que tomó un pan porque se había quedado con hambre; otra asegura que fue una torta frita).

Lo que más ha trascendido es que Pedrito va hasta el carro, lo destapa con cuidado, toma la guitarra del patrón, se aleja unos metros con ella y empieza a rasgarla y a cantar, muy poco por lo bajo, una antigua canción.

Despierta el dueño del carro y, al verlo, se enfurece. Pedro no alcanza a reaccionar. El patrón se ha arrojado sobre él con un cuchillo en la mano.

– Le canto a mi madre… Me mira desde arriba. Desde esa estrella, me mira…

Y no dice más. No puede decir más. No alcanza a decir más.

El patrón lo acuchilla una, dos, tres, siete veces hasta desangrarlo.

– ¡Para que aprendás a hacerme caso, marucho e’porquería!

Pedrito cae sobre la tierra fría y sobre la guitarra que se ha quebrado contra el suelo, sola, callada para siempre.

Despiertan los carreros. Dos de ellos (sólo dos) llevan al niño hasta donde vive la curandera chilena Catalina Rieuser. Nada puede hacer la mujer contra la Muerte. Los otros carreros, preocupados por salvar al asesino de posibles juicio y castigo, lo escoltan hasta de la frontera con Chile.

 

Entierran al niño en el mismo lugar donde fue muerto y dejan una cruz de palo sobre su tumba antes de partir.

Se empieza a hablar del niño muerto. En los rústicos mostradores de las fondas. En los puestos de las tierras al sur del sur. En los fogones.

En la balsa que cruza el río Negro. De Pedro Farías se habla. De Pedrito, el Marucho, el Maruchito, el ángel de los caminos…

Alguien, una noche cualquiera, ve una luz cerca de la tumba.

Muchos le piden alivio para sus penas. Otros creen ver la sombra del tropero, de rodillas, en noches de insolente luna llena. Muchos oyen rasguidos de guitarra en el aire de las noches claras de Barda Colorada.

Los paisanos le levantan una ermita de barro en 1924. En el ‘36, se le construye una más grande: El bandido Carlín merodea la zona donde los Silfeni tienen un almacén. María Yunes, la esposa, está sola. Temerosa, reza al angelito y le pide protección prometiéndole construirle una ermita más digna para su tumba. Los bandidos piden tabaco y alimentos, y parten, respetando mujer y propiedad. María Yunes cumple y la ermita es hoy lugar de plegarias, reverencias y homenajes.

Continúan los comentarios de los milagros del peoncito asesinado. Desde localidades y parajes lejanos, se acercan cada vez más creyentes con ruegos y agradecimientos. Los últimos carreros y su herencia, los camioneros, empiezan a desviarse de sus rutas para visitar la ermita y pedir protección para concretar un buen viaje. Pasan los años y continúan las curaciones de niños y «daños», los recuperos de ganados perdidos, los reencuentros con lo que ha sido robado, la protección a los viajeros.

Se lo empieza a sentir y a nombrar como a un santo, como a un mediador, como al angelito de los caminos. Pasan los años y más se cree en él. Su historia se cuenta mientras se anda en los caminos.

Ya no hay carreros, pero sí camioneros y colectiveros y automovilistas y ellos no cesan de hablar de él y de su historia. Cada vez son más quienes lo conocen y respetan. Nadie, sin embargo, recuerda el nombre del asesino.

En Barda Colorada, por las noches, especialmente las de luna llena, el rasguido de una guitarra atraviesa el viento. Es el comienzo de la canción que intentaba cantar a la memoria de su madre, Pedrito, Pedro, Pedro Farías, el Maruchito de Río Negro.

 

Décimas al Maruchito de Río Negro

 

Aquí en el Sur sopla el viento

porque a un niño asesinaron

y el crimen no castigaron.

Sopla aunque pasen los tiempos

y aquí sí, señores, tiemblo

porque lo que allí ocurrió

no sólo una vez pasó

sino que sigue pasando

¡A chicos siguen matando!

De memoria es mi canción.

 

Contaré el relato entero,

sin que me tiemble la mano,

del maruchito paisano:

Pedrito Farías, Pedro,

e! marucho que venero.

Han hablado de esta historia

Oreja, Bajos y Soria

Elías Chucair y Toledo,

Castañeda… y todo el pueblo

que no vende la memoria.

 

Aquí inicio: Provisiones

llegan hasta el Fuerte Roca

en británicos vagones

cargados por criollos, peones

pagados siempre muy mal…

Solos o en tropa, da igual,

carreros van a iniciar

su viaje, sin olvidar

la harina, tabaco y sal.

 

Ya es Línea Sur: sequedad.

En balsa, el Negro cruzaron

(Un peso, el carro, pagaron).

Ahora todo es arenal,

alpataco y jarillal.

Casi siempre, de un peón

cada carrero es patrón.

Son chicos, ésos, que cargan,

cuidan las mulas, descargan,

trabajan de sol a sol.

 

No perdamos la memoria:

Pedro Farías, maruchito,

diez años y paisanito…

¡Que Dios lo tenga en la gloria,

y no se olvide su historia!

En la Barda Colorada

(cerca: lo de Guzmán, la aguada)

paran marucho y carrero.

¡Se duerme en el dobladero!

Convida al fogón… Parada.

 

Es rueda de vino espeso

para el cansancio y el frío

(La inocencia va al martirio).

Zapallo, papa, cordero…

-¡Compadres, ya está el puchero! –

-Chistes, bromas y contadas

¡y a dormir hasta mañana!

Pedro, sin permiso, amarra

sus manos a la guitarra.

La estremece, toca… y canta!

 

Despierta el patrón, con ira,

y, al niño, clava el puñal

hasta hacerlo agonizar.

La muerte injusta es artera.

Buscan a la curandera

pero ya nada se puede:

¡Pedro, marucho, se muere!

Lo entierran antes del sol

y hacen huir al matador

para que nadie se entere.

 

Es el año diecinueve.

Es veintiséis, y es octubre…

pero el silencio no cubre

a la verdad, que no cede

y que el pueblo alza y remueve.

Que fue un pan, se oye decir,

lo que tomó sin pedir

(O torta frita… Tal vez…)

pero en las noches, doy fe,

guitarras se hacen oír…

 

Cinco años después, le alzaron

una ermita, los paisanos

con las gracias y las manos.

Otra mayor levantaron

cuando bandidos llegaron

al negocio de María.

Estaba sola. Temía.

Le pidió ayuda a Pedrito.

Huyeron, y creció el mito

del que milagros hacía…

 

Para pedir protección

y llegar bien a destino,

se desvía del camino

quien viaja por la región.

Al Marucho ¡mi canción!

Siguen negando memoria

y repitiendo esta historia.

Se continúa engañando

y el crimen, disimulando.

La justicia? ¡La justicia, sin victoria! (APP)

 

 

Acerca de Raúl Díaz

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