El caso de un menor esclavizado conmovió a Patagones y Viedma en 1927 y 1928

 

Hace 90 años, entre fines de 1927 y comienzos de 1928, produjo fuerte conmoción en la zona de Patagones y Viedma la denuncia policial y posterior investigación sobre el aparente caso de un menor que habría sido tratado como esclavo en un campo cercano a Carmen de Patagones,  atado con una cadena a un árbol a la intemperie durante varias semanas.

Fue conocido como “el caso Urquiola”, por el apellido del supuesto autor de los maltratos contra el chico de 14 años, huérfano de padre y madre, de quien era su ‘guardador’ por resolución del Patronato de la Infancia de Bahía Blanca.

El suceso trascendió al público a través del periódico La Nueva Era, en una publicación del 24 de diciembre de 1927 con  el sugestivo título de “Ante un hecho insólito todo Patagones se conmueve” y un copete que señalaba: “Un menor huérfano, de 14 años, se presenta a la Policía acusando a su guardador por malos tratos”.

La nota arrancaba con fuertes consideraciones críticas en torno al episodio, adelantando la calificación de los presuntos responsables del hecho criminal. El periodista, seguramente Mario Mateucci, editor del semanario, expresaba que “de vez en cuando la sociedad ve interrumpida su tranquilidad habitual por la presencia de fenómenos morales que por fortuna no se manifiestan sino en casos aislados y excepcionales”.

Después, con aires de seudo-psicología, agregaba que “dentro de esa abigarrada ola de cabezas humanas que se mueve entre los límites del perfecto equilibrio psicológico y la alteración, suelen con efecto destacarse tipos morbosos que presentan los síntomas degenerativos de la especie”.

Tras otras consideraciones disparatadas del mismo tenor (como“brújulas temibles sus cerebros no conciben más que pensamientos inciertos”)  el articulista entraba en la descripción de los hechos, a partir del momento en que la supuesta víctima, identificada como Roberto Rodríguez, llegara a la comisaría de Patagones acompañada por el vecino Andrés Vidart.

Según la crónica el mencionado joven había llegado primero al campo de Vidart, , manifestando que estaba huyendo de los malos tratos a los que era sometido en el establecimiento de Manuel Urquiola, su guardador, ubicado a unas 12 leguas de distancia que acababa de recorrer a pie.

“A su llegada a la comisaría el menor Rodríguez presentaba un estado lastimoso. Su estado físico evidenciaba encontrarse en un grado avanzado de inanición; sujeta al cuello y asegurada por un candado y alambre retorcido del que se usa para atar fardos de pasto, llevaba una larga y gruesa cadena de un peso estimado de 20 kilos y como única ropa que cubría su cuerpecito, ostentaba una sucia camisa hecha girones, un rotoso pantalón y unas alpargatas completamente deshechas” se explicaba, con detalles.

El cuadro descriptivo se completaba de esta forma. “Sobre la cara sumida, donde los hundidos ojos han perdido ya toda vivacidad, y en  cuyo curtido cutis la acción de la intemperie ha dejado huellas inconfundibles, una abundante y larga melena se desparrama en el más descuidado desorden. Ante las personas que lo rodean el menor se muestra huraño y como temeroso guarda un silencio hosco y desconfiado. Se alarma al menor ruido y recién al comprender que se le desea bien y antes las frases afectivas del comisario se resuelve a hablar para narrar toda su triste odisea”.

Los párrafos siguientes de la nota de La Nueva Era estaban dedicados a ese relato, tomado a partir del “hábil interrogatorio” (sic) del comisario a cargo de la instrucción, Héctor Haedo.

De esta forma los lectores pudieron enterarse de que el muchacho estaba bajo la “guarda” de Urquiola desde cinco años antes (es decir desde sus nueve años de edad) y que en ese lapso habría sufrido permanentes malos tratos tanto por parte del hombre, como de su esposa  Esperanza Márquez. Tomando la voz de la propia víctima, aunque en un tono discursivo poco creíble,  el cronista afirmaba cosas como estas. “Se me decía que yo era malo. Me privaron de los alimentos indispensables y con frecuencia pasaba días enteros sin que me dieran un solo bocado de pan”.

Se decía también que el día 26 de agosto (de ese año 1927) el menor había escapado para buscar refugio en el campo de don Bonifacio Gazzo, que le brindó amable cobijo durante algunos días hasta que Urquiola se hiciera presente y, haciendo valer su condición de guardador, lo obligara a volver a su destino anterior.

En este punto la historia adquiría su mayor dramatismo, siempre a estar de los dichos del joven Rodríguez en la versión de La Nueva Era, porque una vez de regreso en su campo Urquiola le habría dicho “ahora no te escaparás otra vez”, mientras lo sujetaba con una cadena y un candado, atados a un chañar ubicado a unos cien metros de la casa, totalmente al aire libre.

Desde ese momento, que el menor pudo precisar como el día 28 de agosto, su calvario fue mayúsculo, soportando fríos y lluvias apenas guarecido en una estrecha cueva que con sus propias manos pudo cavar al pie del árbol, y pésimamente alimentado con una sola ración diaria de sobras de puchero. Según su propio relato recién casi cuatro meses después el chico juntó fuerzas para desgarrar las ramas del chañar y soltar la cadena de su atadura, lo que le permitió huir a campo traviesa, en la oscuridad de la noche y con la pesada rastra de eslabones todavía sujetada en su cuerpo.

De esta manera el menor Roberto Rodríguez pudo llegar a lo de Vidart, quien lo alimentó y después de un breve descanso lo acompaño a la dependencia policial de Patagones, para presentar la denuncia.

El extenso artículo de La Nueva Era añadía que una comisión policial se había trasladado hasta el lugar de los presuntos malos tratos, comprobando la existencia del chañar y en sus alrededores la presencia de restos de arpilleras. Detallaba también la detención de Manuel Urquiola, poniéndolo a disposición del juez del Crimen Angel Torrent, con despacho en Bahía Blanca.

Con respecto al estado físico del joven indicaba que, según  datos proporcionados extraoficialmente por el médico policial Atilio J. Otero, en su cuerpo presentaba “signos evidentes de los malos tratos recibidos y de los crudos castigos que se le infligían”, precisando que “su cuello está llagado a causa del roce de la cadena y en la espalda tiene una larga herida en período de cicatrización”.

Todo esto ocurría en diciembre de 1927 y naturalmente no había en Carmen de Patagones y  Viedma ninguna otra forma de transmisión instantánea de las noticias que no fuera el boca a boca. Pero el sistema funcionaba muy bien y, según consta en la crónica de La Nueva Era que tomamos como referencia, en la tarde del mismo día en que el joven Rodríguez llegara a la comisaría para denunciar su penosa odisea un grupo numeroso de vecinos se reunió en las puertas de la sede policial, interesándose por conocer detalles.

Puntualizaba el periodista que “pero así como es curioso el público demostró también su altruismo, haciendo pequeñas donaciones en efectivo al menor, que al día jueves había logrado recolectar alrededor de 500 pesos”.

Más hacia el final la nota informaba que el menor Rodríguez se había higienizado y cortado el pelo y se lo había provisto de vestimenta nueva–“un sencillo trajecito, una camisa color rosado y alpargatas blancas”- como para que su aparición en público no fuese lastimosa.

De todas formas, probablemente antes de ser adecentado en su aspecto, el chico fue llevado al campo de Urquiola, acompañado por el comisario Haedo y algunos de sus subordinados y un fotógrafo de la zona, con el propósito de tomar varias imágenes que lo mostraban rotoso, desaliñado y con la gruesa cadena de su cautiverio entre las manos. Estas fotos aparecieron en medios de comunicación de Bahía Blanca (no se las registran en La Nueva Era) y también circularon de mano en mano, entre la población patagonesa, ávida de detalles morbosos sobre la historia.

Como ya se dijo el “caso Urquiola” se instaló en la gente a fines de diciembre de 1927 y fue obligado motivo de comentarios en ámbitos públicos y privados. Fue el semanario La Nueva Era, a través de su editor responsable el único medio que presentara los hechos con graves acusaciones contra el guardador del chico, aunque sin más fundamento que los dichos del menor y del vecino Vidart que lo acogió en su campo y después lo trasladó hasta Carmen de Patagones. El anónimo redactor (se puede presumir que era Mateucci) decía que “no puede admitirse bajo ningún sentido que una criatura sea tratada en la forma que describe el menor Rodríguez”,  y adelantándose a la interpretación psicológica de la cuestión agregaba: “si sus instintos eran malos, si tenía en su ‘yo’ una incorregible perversidad, Urquiola debió haber tomado las disposiciones necesarias para entregarlo, pero nunca imponerle los severos correctivos a que hacemos mención y que llegan a los límites de la tortura”.

Pasaron algunas semanas de ese tórrido verano y el 28 de enero de 1928 el periódico vuelve a ocuparse del asunto. Informa que el juez de feria, Ángel Torrent, ha dispuesto la prisión preventiva de Urquiola, que la carátula del expediente es “detención ilegal y lesiones leves”, que como defensor del acusado fue designado el joven abogado Roberto Isnardi, “que goza de sólidos prestigios en el foro de Bahía Blanca”;  y que el mencionado letrado deja de lado la hipótesis de alegar que su defendido tiene las facultades mentales alteradas, como recurso para librarlo de una eventual condena.

En este ‘suelto’ periodístico La Nueva Era ya no dispara con munición gruesa contra el presunto responsable de eventuales tormentos contra el menor Rodríguez. Esta suavización en el trato de la noticia y de su principal protagonista irá en aumento, con el correr de  los días, y llegará a su punto máximo el 24 de marzo de ese mismo año de 1928 cuando el título de un recuadro sostiene “Final de un sonado proceso, sobreseimiento del señor Urquiola”.

El sábado posterior, 31 de marzo, La Nueva Era le dedica una página entera a una solicitada –pedida por el propio Urquiola- donde él mismo aparece haciendo algunas consideraciones (seguramente escritas en su nombre por el defensor Pascual Blasco Estelrich, que había tomado finalmente el caso);  y después se transcribe en forma completa el fallo del juez Domingo Grecco, presidente de la Cámara de Apelaciones de Bahía Blanca, con el sobreseimiento absoluto del inculpado.

Esta resolución  absolutoria tenía fecha del 7 de febrero de 1928, es decir que en apenas cinco semanas –feria judicial incluida- la justicia había echado luz sobre el caso, descartando la gravedad de las injurias que presuntamente se habían cometido contra el joven Roberto Rodríguez.

¿Habría exagerado el editor de La Nueva Era en su primera publicación sobre el caso?; ¿Hubo quizás presiones políticas para que Urquiola fuese absuelto?  Estos interrogantes quedan sin respuesta, casi 90 años después de los acontecimientos.

En una segunda nota especial para la Agencia Periodística Patagónica (APP) vamos a reseñar el fallo del sobreseimiento de Urquiola, que contiene algunas consideraciones que hoy nos parecen aberrantes, pero tal vez en aquella época eran materia común.

Por Carlos Espinosa, periodista de Viedma y Patagones y recopilador de historias de la Patagonia

 

 

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