Si bien este es un cuento, su parecido con la realidad no es mera coincidencia. Don Chichín fue un pescador del golfo, Don Chichín Salas, uno de muchos que se internaban mar adentro apenas se lo permitía la marea para que no faltara el pescado fresco en ninguna casa.
En este relato (cuento, en realidad), quiero rendir un homenaje a todos los pescadores del Golfo San Matías.
“DON CHICHÍN”
Con un palo seco y salado que usaba como bastón, trepó hasta llegar al filo del médano más alto donde siempre se levanta, gracioso, un fino tul de arenas viajeras.
Ese era su atalaya desde siempre, desde que aprendió a caminar libre y solo por la playa.
¿Cuántos años tenía entonces?, no lo recuerda. A veces cree que abrió los ojos a la vida y ya lo acunaban las olas.
No puede recordar un solo instante sin el mar mojándole los pies.
No sabe de melodía más bella que la de las olas rompiendo en la orilla, ni sabor más exquisito que el viento salado impregnando sus labios y jamás vio obra de arte más hermosa que los efímeros cuadros pintados por la espuma en la orilla.
Se sentaba en su atalaya con la mirada perdida en el infinito, allá donde el mar no termina y más lejos llevado por sus pensamientos.
¿Si tuvo mujer?
¡Claro que sí!, una amante eterna, tal vez infiel, nunca lo supo y tampoco le importaba.
Todo lo que él quería estaba allí, al caer la noche, cuando ella se levantaba enorme sobre el mar y su luz lo llenaba de gozo.
Puedo adivinar que estás pensando que no tuvo hijos, pero sí, los tuvo.
Tuvo tres. Un delfín que apareció una mañana en la playa muy mal herido, al que cuidó y curó hasta que pudo devolverlo al mar.
Una orca curiosa que aparecía cada vez que él chasqueaba el agua con los dedos a la que bautizó “Amanda” y un lobo que lo seguía en sus caminatas por la orilla, que nombró “Pancho”.
Sentado sobre la arena tibia de su atalaya miró sus manos, curtidas, secas y arrugadas, las vio bellísimas, entre sus pliegues estaba escrita su historia. Ellas la construyeron.
Levantó los ojos mas allá de sus manos, a pocos metros de la orilla su barca se mecía somnolienta.
Era imposible para él pensar por separado en sus manos y en su barca, fueron la misma cosa en el todo de su vida.
Las redes, amontonadas en la popa, desteñidas y orgullosas de pertenecer a esas manos y a esa barca, descansaban…hace algún tiempo que descansan.
La proa mira hacia el mar deseosa de surcarlo, añora aquellos épicos combates con las olas, pero solo se mece.
Apoyado en su bastón se levantó como pudo y, dejó su atalaya sin mirar hacia atrás, caminó con dificultad hasta Pancho que lo esperaba en la orilla. Lo acarició, le puso su gorro de marinero y le entregó su bastón.
Dio algunas brazadas para alcanzar la barca, pero sus fuerzas no lo acompañaban.
Amorosamente, Jacinto, lo empujó para que llegara y Amanda lo cargó en su lomo para que subiera sin dificultad.
La proa, que sabía como nadie lo que tenía que hacer, puso rumbo hacia el horizonte.
Las gaviotas, ruidosas, desordenaban el cielo avisándole que llegaba un cardumen.
El se tiró boca arriba en la barca y así lo encontró la noche cuando su amada, dejando tras de sí un rastro de plata, se levantó sobre las aguas, blanca, entera, radiante para velar su sueño.
Sonrió pleno de dicha y entonces recordó una poesía, la única que había leído en aquel libro de un tal Amado Nervo que encontró húmedo en la playa y, mientras se le cerraban los ojos, recitó despacito aquella parte que aún recordaba:
Amé y fui amado,
El sol acarició mi tez.
Vida, ¡Nada me debes!
Vida, ¡Nada te debo!
Vida, estamos en paz.
Texto: Patricia Capovilla. Escritora sanantoniense.
Fuente: “Romance Marino, cuentos y poesías para leer en la reposera”. Autora: Patricia Capovilla
Foto ilustrativa
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