Río Negro: Un recorrido por las playas ¿secretas? de aguas cálidas y delicias de mar

Es el paraíso que te imaginás cuando estás en el tráfico, llegás y te das cuenta que existe y es real”, dice Carlos Rivero en la orilla de Punta Perdices, en lo profundo de la Bahía San Antonio, en la Península Villarino (Río Negro).

Es una de las playas que integra un rosario que tienen en común aguas cristalinas y una temperatura de 24 grados, no tienen arena sino una alfombra de caracoles y conchas de colores. Se las conoce como el caribe patagónico y son un lugar de peregrinación para quienes buscan una desconexión profunda con el mundo. “Te escapás de todo, lo necesitamos”, confiesa Rivero.

Vino con su esposa desde Luján (Buenos Aires). Vio una foto de Punta Perdices en internet y cruzó medio país para llegar. “Buscamos lugares desconocidos, donde haya poca gente”, asegura. A la playa se llega luego de dejar el Puerto de San Antonio Este, no hay cartelería, ni servicios y el camino es de ripio. Estas playas tienen un guión común: ninguna tiene señal telefónica, ni internet, ni guardavidas.

Son salvajes y vírgenes, a nadie se le ocurre bajar con un parlante o hacer ruidos molestos. “No sirven los celulares, es un momento de encuentro con vos mismo”, describe Rivero. “Tengo 63, pero acá me siento de 30”, agrega.

Es caprichoso el mar en este caribe del fin del mundo. La Península Villarino es un brazo de tierra que encierra el agua del Golfo San Matías. Las mareas modifican la costa, entre la baja y la pleamar suelen existir hasta nueve metros de diferencia. Cuando se retira el agua deja piletas naturales de agua turquesa entibiadas y el paisaje no admite competencia visual.

“Fantaseás con conocer un lugar así toda la vida”, dice Rivero. Punta Perdices era un secreto que se fue develando de a poco. Aún conserva un aire de lugar prohibido y esto es lo que hipnotiza. Fue durante muchos años la playa íntima de los pobladores de San Antonio Este y los viajeros curiosos comenzaron a oír sobre el lugar.

Tímidamente llegaron, en silencio. “Parece una pileta, ves pequeños peces entre tus piernas”, cuenta Mercedes Cruz, que conoció esta playa en 2021. Desde entonces viene todos los años desde Comodoro Rivadavia. ¿Qué motivos tiene para atravesar la estepa hasta este aislado rincón donde las personas se aíslan? “Estás sola y no hay ruidos, necesito sentir el silencio”, sostiene.

La playa es amplia y despojada. La coloración del agua cambia con el correr del día; hacia el mediodía se vuelve esmeralda. Tiene mucho espacio, una lengua de este mar cálido penetra hasta el fondo de la bahía. Solitarios, parejas y reducidos grupos familiares se separan voluntariamente hasta hallar su propio universo.

“Sentimos que venimos a separarnos del mundo, acá hablás, soñás y proyectás”, confiesa German Magnini, de Trelew. La ruta del caribe patagónico tiene cinco paradas obligadas: Saco Viejo, Playa Conchillas, Puerto de San Antonio Este (sus bodegones de mar y su playa), Punta Villarino y Punta Perdices.

Todos estos puntos están a no más de 10 minutos unos de otros. Gran parte del camino es de asfalto, aunque hay tramos de ripio. La señal telefónica e internet son quimeras, a veces, por arte de magia, llegan mensajes, aunque en el puerto de San Antonio Este es el único lugar donde es estable.

No es mito lo del agua cálida. El promedio de todas las playas es de 20 grados, aunque en Las Perdices sube a 22 y hasta 24 grados. Un modesto chiringo que vende churros y tiene baños acompaña a los solitarios. Al fondo de la bahía se ve una casa, entre los que están en la playa se corre el rumor de que allí vive un hombre solo, un ermitaño.

“Es una de las razones por las que vengo, no hay nada más que naturaleza y playas solitarias”, afirma Cruz. Es un turismo consciente, nadie deja basura (todos se llevan la que generan) y se valora la intimidad. Durante el día se siente una alta radiación solar que refracta en las conchillas y caracoles, el calor se hace notar, tiene estigma desértico.

Las playas que están frente al Golfo San Matías y cercanas al Puerto tienen la gracia de sumar al ondulante horizonte los barcos amarillos de los pescadores artesanales que van o regresan de la faena en el mar. Los atardeceres son elegidos: en verano, el sol cae después de las 21, y lo hace en una consumada función de tonos rojos, violáceos y dorados. “No podés dejar de mirarlo, ni tampoco querés irte, estas playas tienen encantamiento. No es broma, acá pasa algo”, dice Cruz.

Sabía que un día iba a nacer un pueblo”, dice José Gabriel Herrera, uno de los 15 habitantes de Saco Viejo, un solar que siempre soñó con ser pueblo y que más de un siglo después de pretender urbanizarse, comienza formalmente a serlo. Nada es fácil en la Patagonia. El melancólico y modesto caserío se ubica tímidamente frente al Golfo, en el Norte de Conchillas.

“Nos despertamos viendo el mar”, cuenta Juan Herrera, su sobrino. Los Herrera tienen el único almacén de la localidad. “Llegué cuando no había nada, vine a hacer el tanque de agua del puerto”, recuerda José Gabriel. Este pionero, chileno de nacimiento, llegó al caribe patagónico en 1979. Se quedó tres noches durmiendo bajo las estrellas en la costa y soñó con tener una casa aquí. Cumplió su sueño. “Mucha gente ha llegado a vivir”, dice Juan. Todas las calles dan a la costera ruta 1, lo que significa a la playa que brilla (las conchillas blancas producen un resplandor crapuloso) y al azulino horizonte del mar. En la costa descansan los barcos amarillos de los pescadores artesanales.

En 1898 se asentaron los primeros pobladores Saco Viejo, que intentaron domar estas costas y las agrietadas tierras secas. El clima adverso, la falta de agua y los malos caminos al puerto hicieron que se produjera un éxodo hacia donde hoy está San Antonio Oeste. “Nunca volví a Chile, este lugar es hermoso”, asegura José Gabriel. En el pueblo hay hospedajes y en la línea de costa, al reparo de algunos tamariscos, estacionan motorhomes. Es una parada soñada.

La ruta, siempre con el mar a un costado, sigue a la Playa Conchillas. Un solitario parador se destaca y alienta la idea de vivir una experiencia caprichosa e inmersiva, es la única construcción alrededor de un resplandeciente piso de iridiscente blancura, las conchillas, por momentos ciega, como si fuera nieve, en este caso de origen marina.

“Es el paraíso de la Patagonia, es la playa más linda de la Argentina”, afirma Leandro Denughes, a cargo de Los Caracoles. Es el punto de encuentro de grupos de viajeros que transitan las rutas en motorhomes, familias o solitarios que viajan sin fecha de regreso. “Se corrió el rumor que es un lugar único por la calidez del agua”, dice Alberto Rosello de Morón, que viaja con su esposa. “Estaremos un mes conociendo las playas patagónicas”, cuenta. “Se enamoran del lugar”, dice Denughes.

Su menú provoca también la misma emoción. Tabla de mariscos, paella y la estrella del golfo: langostinos. Él mismo tiene un barco y sale a pescarlos. Hace pesca de arrastre, salen a las 5 de la mañana y regresan a la costa a las 22. “Si el viento quiere”, afirma. Frente al parador se están comenzando a lotear terrenos. “Son baratos, tienen un valor desde $5.000.000”, dice. Se ven algunas construcciones avanzadas y un par de casas hechas. “Está naciendo un pueblo costero”, sugiere Denughes. El Puerto de San Antonio Este es uno de los más importantes del país, desde aquí sale toda la producción del Alto Valle y la pesquera, es de aguas profundas. Está sobre la margen Norte de la Península Villarino.

El muelle de ultramar tiene 200 metros de largo y 30 de ancho. El pueblo que lleva el mismo nombre tiene 400 habitantes y es visitado por sus bodegones marinos, en una calle están todos. La clave es la frescura de sus productos, del mar a la mesa. “A veces los clientes tienen que esperar tres horas para poder conseguir mesa”, señala Mónica Stornini, periodista nacida en Buenos Aires. Su esposo, José Luis Giménez, es cocinero y en 1998 cambiaron de vida para instalarse en Las Grutas. En 2014, abrieron El Puerto de José y Moni, un bodegón de mar de culto.

Vieiras gratinadas, pulpitos, mejillones, camarones, langostinos, cholgas, almejas, navajas, rabas y una gran paella, son algunos de los momentos altos de su menú.

“Todos nuestros platos son para compartir”, dice Stornini, en sintonía con la hacendosa abundancia del Golfo San Matías que oficia como una gran pescadería a cielo abierto. Con una superficie de 20.000 kilómetros cuadrados y una profundidad máxima de 200 metros, a los pescadores les lleva un día de navegación atravesarlo, es como si fuera un mar con características propias. “Viene mucha gente del Alto Valle a las playas”, dice. Todos se sorprenden por la tibieza y la cristalinidad del agua. “Es como estar en otro mundo”, puntualiza Stornini.

El caribe patagónico atrae a los propios rionegrinos de tierra adentro. No hay agua dulce en el pueblo. Llega por un canal desde Pomona, un pueblo del Valle Medio, a 200 kilómetros. Es agua del río Negro que se potabiliza. “La usamos con mucho cuidado, en días muy cálidos hay escasez”, dice Stornini. No es posible construir. San Antonio Este es una Reserva Natural y no está permitido abrir médanos. “Muchos preguntan para venirse a vivir, hay mucha tranquilidad”, sostiene Stornini.

Aquí existen dos playas, la de San Antonio Este, en la entrada a la Bahía de San Antonio, y Punta Villarino donde se puede ver la única colonia de lobos marinos de la Península. “Estamos acá para protegerlos, es un lugar maravilloso”, indica Valentino Bidinosti, guardafauna nacido en San Antonio Oeste. La playa es un lienzo de una obra pictórica: de conchilla blanca con plantas suculentas verdes y rojas, con el mar esmeralda detrás. Cuatro kilómetros de la costa están protegidos, los demás se usan como balneario, es la última joya por descubrir en esta patagonia tropical. “No me iría nunca de este lugar, acá no te molesta nadie, estás vos y el mar”, confiesa Bidinosti.

Texto de Leandro Vesco, diario LA NACIÓN

 

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