Se creía el Rey de la Patagonia, desde el río Negro hasta Bío Bío, Chile. ¿Un loco?

La extraordinaria historia de Orélie-Antoine de Tounens, el autoproclamado monarca de las tierras del Sur, tuvo uno de sus principales capítulos en la ciudad en junio de 1874.

El arribo del barco “Pampita” al puerto viejo, sobre la desembocadura del Napostá, no tuvo mayor repercusión que la curiosidad habitual de algunos vecinos por enterarse quiénes desembarcaban o qué nuevas mercaderías llegaban a la ciudad.

Era la mañana del domingo 31 de mayo de 1874 y, para ese momento, la mayoría de los bahienses estaba despertándose, tomando mate con galletas o preparando las ropas para asistir a la primera misa del día.

De seguro, ninguno de los casi dos mil habitantes de entonces podía imaginarse que el francés Orélie-Antoine de Tounens, el autoproclamado “Rey de la Araucanía y la Patagonia”, había llegado al poblado en ese barco, casi disimulado entre las cajas, baúles y cajones que transportaba.

De Tounens tenía entonces 49 años y una extensa trayectoria como procurador judicial en Périgueux, pero al mismo tiempo estaba fascinado con los relatos de viajeros y científicos que habían recorrido América del Sur, como Juan Francisco Galaup, Luis Bouganville y Francisco Bilbao

Algunas versiones sugieren que fue decisiva la lectura del poema épico La Araucana, del español Alonso de Ercilla. El relato contaba la historia de los indios araucanos, un pueblo originario de Chile que esperaba la llegada del Cherburbue, el hombre blanco que les daría el triunfo contra los invasores.

Lo cierto es que en algún momento supo que esa era la aventura que había esperado toda su vida. Zarpó en 1858 con destino al puerto de Coquimbo y, apenas dos años más tarde, ya había convencido a los caciques araucanos de sus propósitos libertarios, redactado una constitución monárquica y confeccionado una bandera para proclamar su reino, que se extendía del Bío Bío chileno a la desembocadura del río Negro, llegando hasta el extremo Sur en Tierra del Fuego

Alarmado por la situación, el gobierno chileno lo declaró demente y fue enviado a su país, gracias a los buenos oficios del embajador francés en Santiago.

Sin embargo, De Tounens estaba lejos de olvidar su plan. Después de convencer a algunos amigos para que lo ayudaran económicamente, se animó a recomenzar la aventura en 1869. Aunque esa vez ingresó por San Antonio Oeste, los chilenos fueron rápidamente advertidos de su presencia y fueron más estrictos: le pusieron precio a su captura.

Ante el temor de ser traicionado en cualquier momento, debió regresar una vez más a Europa, en busca de nuevos recursos y armamento.

El desembarco de esa mañana en el puerto bahiense era parte del tercer intento para establecer su reinado.

A pocas cuadras del fuerte, el suizo Georges Claraz esperaba a los únicos cuatro pasajeros del “Pampita” para brindarles hospedaje y comida por unos días. No sabía de quiénes se trataba, pero sí que traían buenas referencias de parte de su hermano.

Pronto conocería a quienes se presentaron como el barón Henry de Coellu, el mayor Jules Peuchot y los comerciantes Josep-Ferdinand Simonnet y Jean Prat, quienes habían fletado el barco diez días antes en Buenos Aires con el objetivo de llegar a Patagones, donde tenían previsto establecerse con negocios a nombre de la firma parisina “Nicolas Cordier et Cie”.

Bahía Blanca era por entonces una escala casi inevitable, antes de seguir cualquier travesía hacia el sur.

Los recién llegados llegaron a la casa de Claraz, almorzaron y, pese a tratarse de una estadía breve, decidieron recorrer las calles céntricas en busca de alguna actividad recreativa a la espera de retomar el viaje. Ingresaron en uno de los pocos bares existentes, ubicado frente a la actual Plaza Rivadavia para tomar unas copas.

Fue en ese momento cuando el destino resolvió mezclar de vuelta los caminos de dos hombres.

Bastó un cruce de miradas a través de la ventana del bar para que Jean Prat comprendiera que su estadía en Bahía tendría consecuencias. De nada le había servido recortarse el pelo y la barba ni llevar puestos unos anteojos oscuros.

Para el comandante de fronteras Julián Murga, por entonces titular del fuerte, ese hombre sentado en el bar era el mismo personaje conflictivo que había conocido tres años atrás en una toldería de Choele Choel. Se trataba del tal “Antonio Tounens” (sic), que decía ser el rey de la Patagonia.

Murga llamó de inmediato al comisario Melchor Gil, quien escoltado por dos agentes les informó a los cuatro europeos que se encontraban bajo arresto hasta conseguir mayores precisiones sobre sus identidades, en especial la “del que se da el nombre de Juan Prat”.

El primero en declarar ante el juez Felipe Caronti fue De Collou, quien explicó que había conocido a Prat en París a instancias de los inversores, quienes lo habían mandado “como empleado de la empresa comercial que se quiere establecer”. Peuchot y Simonnet ratificaron las explicaciones del barón y agregaron que tenían previsto montar “una colonia y una factoría en los campos de Bahía Unión, cercanos a Patagones”.

Jean Pratn se presentó como un representante comercial en plena misión de negocios, aseguró que su pasaporte había quedado en Buenos Aires y que ésa era la primera vez que se encontraba en el país. Visiblemente nervioso ante la consulta de Caronti, afirmó que desconocía quién era Orélie-Antoine de Tounens, aunque se permitió confesar que “en otra ocasión hubo quien me confundió con dicho señor, por lo que presumo que me le parezco mucho”.

En paralelo a las declaraciones, se realizó una pesquisa sobre las pertenencias que los franceses habían dejado en el barco. Entre los baúles y cajas se encontraron “objetos de uso personal, víveres, herramientas para agricultura y tres cajones con armas y municiones”, según consta en los registros de época.Las declaraciones poco convincentes de Prat, sumadas al hallazgo del armamento, llevaron a Caronti a tomar la decisión de recomendar su deportación. Decidió que permaneciera en la casa de Claraz, aunque bajo custodia, a la vez que dispuso que se embarcara en el “Pampita” con destino a Patagones, acompañado por el subteniente Salvador Correa, a quien le dio una copia del sumario y una carta para el comandante de frontera, teniente coronel Rafael Bosch, en la que solicitaba que fuera trasladado de inmediato a Buenos Aires.

La historia quiso así que Bahía fuera el escenario elegido para que los afiebrados intentos de Orélie I quedaran nuevamente abortados.

En 1876 haría un cuarto y último intento de regresar a sus supuestos dominios, esa vez bajo el seudónimo de Jean de Tourtoirac. Pero no logró pasar de la Comandancia de Azul, donde fue detenido por contrabando.

Llevado a Buenos Aires, debió ser operado de urgencia en el Hospital Francés por un cáncer fulminante. Maltrecho, empobrecido y con orden de irse una vez más del país, regresó a su pueblo natal. Ya nadie lo tomaba en serio, al punto que tras su muerte, el 17 de septiembre

Texto: Mariano Buren / elpais@lanueva,com

Título original de la nota: El Rey de la Patagonia, detenido en Bahía

 

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