“El traslado de la Capital a Viedma fue un intento frustrado. Careció de calor popular”

Para derrotar la sensación de fracaso de un país en picada, tenemos que decidirnos a cambiar la historia: ya mismo hay que empezar a corregir el diseño territorial

Vengo a proponerles una hazaña. Una aventura casi imposible, un desafío, una proeza.

Si todavía la mediocridad no nos ha vencido, si en nuestro corazón aún tenemos hambre de gloria, debemos atrevernos a revertir el agobio que nos invade.

Y para derrotar la sensación de fracaso de un país en picada, tenemos que decidirnos a cambiar la historia: ya mismo hay que empezar a corregir el diseño territorial de la Argentina.

El gigantismo y la macrocefalia de Buenos Aires y el conurbano deben modificarse sin más demoras.

De esto se trata, de planchar la enorme arruga demográfica que hace imposible el desarrollo armónico de Argentina.

Tenemos que decidirnos a mudar la capital y a desarrollar nuevos puertos en el litoral atlántico.

Ya imagino los comentarios: ¿Ahora, en este momento? ¿En plena pandemia? ¿Con la inflación que tenemos? ¿Con las escalofriantes cifras de hambre y de indigencia?

También me dirán “no es el momento adecuado”, “hay cosas más urgentes”, “sería un gasto faraónico”.

Esto me recuerda a un personaje que siempre me aconsejaba “desensillar hasta que aclare”, ignorando que el jinete audaz saca ventajas atreviéndose a cabalgar en la oscuridad.

Un país se hace grande cuando se abraza a una idea fuerza, cuando se encolumna en pos de un objetivo elevado aún en medio de la adversidad.

Llevamos demasiado tiempo de decadencia y de chiquitaje.

La frivolidad de los temas y los personajes que ocupan los medios de comunicación son el reflejo de un vaciamiento intelectual que no merecemos.

Y la clase política de hoy tiene que despertarse de una vez por todas, porque corre el riesgo de pasar a la historia como la gran responsable de un inmovilismo que nos condenará al fracaso.

En realidad, no creo encontrar eco ni en el gobierno ni en la oposición. Los veo demasiado ocupados en el trapicheo de cortísimo plazo.

Prefiero buscar la respuesta en otros ámbitos: antropólogos, arquitectos, médicos sanitaristas, docentes, dirigentes sindicales, productores agropecuarios. Y también cocineros, community managers, deportistas, jubilados, músicos, artistas plásticos, jóvenes emprendedores, ingenieros y sacerdotes de todos los credos.

Porque esta idea fuerza sólo triunfará si crece desde abajo hacia arriba. Si se consagra como un sueño colectivo.

Como el propósito unánime de una generación decidida a terminar con la decadencia.

Cuando esto ocurra, la clase política terminará siendo empujada por el reclamo de la sociedad.

Lo mismo que el wing que desborda por la punta, tenemos que agrandar la cancha.

Vale decir, ocupar los espacios vacíos, porque la distribución de la población en nuestro espacio geográfico es un disparate.

Repasemos lo que aprendimos -y olvidamos…- en la escuela secundaria.

El territorio continental que mide 2.780.000 kilómetros cuadrados. (Eso, sin contar la superficie de la Antártida e Islas del Atlántico Sur, que agrega 1.002.445 kilómetros cuadrados.)

La estadística dice que nuestra densidad es de 16 habitantes por kilómetro cuadrado. Pero la realidad nos muestra otra cosa.

Lo que se llama Área Metropolitana o AGBA (Aglomeración Buenos Aires) mide 13.000 kilómetros cuadrados y alberga 14 millones de habitantes. Es decir, una densidad de 1.140 habitantes por kilómetro cuadrado.

Comparemos: en la provincia de La Pampa la densidad poblacional es de 2,43 habitantes por kilómetro cuadrado. Y en Santa Cruz, 1,1.

Aturdidos por el blablá farandulero de las redes, no nos damos cuenta de lo que tenemos: un país enorme. Repito: 2.780.000 kilómetros cuadrados.

¿Quieren ver cuánto miden algunos países europeos? España 505.944, Francia 675.000, Italia 301.000 y Alemania 357.000. En total, 1.800.000 kilómetros cuadrados.

¡Apenas dos tercios de toda la Argentina!

Para más datos, recordemos que esos cuatro países suman 254 millones de habitantes.

Ante esta evidencia, lo menos que podemos hacer es merecer este regalo de la Providencia. Ya mismo tenemos que repoblar ordenadamente nuestra república.

El problema viene desde la época de la conquista y la colonización. Y es consecuencia de la única boca de salida que siempre tuvo el interior: el Río de la Plata.

Y su puerto.

Zafábamos en 1776, cuando la ciudad de Puno nos acercaba al Pacífico. Pero eso duró poco.

Históricamente, todo entraba por un embudo a Buenos Aires.

Ojo, esta crónica de ningún modo es un alegato anti porteño.

Nací y me crié en el barrio de Caballito, jamás dejaré de amar a mi ciudad, de admirar su grandeza y de reconocer su generosidad con los inmigrantes de todas las latitudes.

Muy por el contrario, la descentralización territorial también le hará bien a Buenos Aires porque cederá el hacinamiento, bajará la contaminación ambiental y mejorarán todos los servicios.

Si Buenos Aires se saca de encima el peso de su centralismo deformante, será más limpia, más eficiente y recuperará su calma. Paradójicamente, a su asombroso encanto le agregará el sabor provinciano que ha perdido.

A esta altura, seguramente estás pensando en Alfonsín.

Claro, durante su gobierno se anunció el traslado de la Capital a Viedma. En realidad, aquel Proyecto Patagonia determinaba que la nueva sede del gobierno nacional estaría en la propia Viedma, en Guardia Mitre y en Carmen de Patagones. Fue el 15 de abril de 1986 cuando el presidente Alfonsín expuso su idea y dijo que imaginaba “una ciudad sin rascacielos y con mucho verde”.

Por esas horas también le proponía a los argentinos “crecer hacia el Sur, hacia el mar, hacia el frío.”

Pese al entusiasmo inicial, avalado por la visita del Papa Juan Pablo II a Viedma y también por la presencia de mandatarios extranjeros como el presidente brasileño José Sarney, el proyecto no se concretó. Y la Ley 23.152 sancionada en el Congreso el 27 de mayo de 1987 languideció, hasta que el 21 de mayo de 2014 terminó siendo omitida por el Digesto Jurídico Argentino.

Fue un intento frustrado, por diversos motivos. Probablemente la comunicación no logró entusiasmar y el proyecto careció de calor popular. Quizás hubiera sido mejor no presupuestar nuevas construcciones, sino aprovechar las existentes. Como suele sucedernos, se armó una burocracia parasitaria que traicionó la esencia de la idea.

Y todos recordamos la fiebre especulativa que se desató. Los terrenos de Viedma alcanzaron precios exhorbitantes. Así fue que modestos chacareros se hicieron millonarios de un día para el otro, gracias al aluvión de inversores que pagaron fortunas por casas viejas y terrenos pelados.

Salió mal. Alguna vez, Raúl Alfonsín se arrepintió de no haber sido más expeditivo: “Tendría que haberme ido aunque fuese en carpa”.

Y encima, poco después, la hiperinflación enterró definitivamente el Proyecto Patagonia. Pero hay que insistir.

Hoy, cuando termina mayo y empieza junio en este fatídico 2021, los pueblos y ciudades de casi todo el país sufren el problema del reiterado paro del transporte automotor. El motivo es el de siempre: los empresarios dicen necesitan un subsidio que les permita pagar los sueldos de los choferes.

Ustedes leyeron bien: “casi” todo el país. Porque ese paro no se registró en la ciudad de Buenos Aires, donde los subsidios son más elevados.

Cualquier santafesino, cordobés, salteño o neuquino que llegue a Buenos Aires comprobará que el boleto de colectivo es más barato que en su provincia. Del mismo modo, un porteño en Mendoza o en Jujuy deberá pagar más de lo que abona en la Capital por su pasaje en el bondi.

Esta es apenas una consecuencia casi anecdótica de la asimetría que provoca la concentración poblacional en el área metropolitana. Pero desde siempre afecta todos los aspectos de la economía nacional.

Y no ha sido por la ambición o el capricho de los hombres, sino por la inevitable realidad geográfica de una inmensa vastedad que tiene una sola desembocadura.

Por eso Hipólito Yrigoyen dijo el 21 de junio de 1921, cuando presentó el decreto que iniciaba las obras del ferrocarril a Huaytiquina, el Trasandino del Norte:

– Hay que romper la forma primitiva del solar colonial: una puerta al frente y un larguísimo fondo ciego detrás…

No faltó quien acusara a Buenos Aires de ser “el zaguán chismoso del país”.

Me parece que hoy, en lugar de seguir atrapados en el debate histórico, tenemos que actuar. Hay que trasladar la capital, sí.

Y también tenemos que repartir el trabajo del puerto de Buenos Aires, aprovechando uno o varios de los puertos que tenemos en la costa atlántica.

Como comprenderán, no entiendo nada de calados ni de dragados. Pero recuerdo que la eterna acechanza del mayor puerto del país son los sedimentos que incesantemente se depositan en el fondo del Río de la Plata.

¿Hay riesgo de que colapso? En ese caso, los puertos brasileños -Santos, Pelotas- serían la alternativa para el comercio internacional.

Antes de que suceda esa calamidad, Argentina debe empezar hoy mismo a aprovechar sus propios recursos. Volvamos a mirar el mapa, por favor: Mar del Plata, Quequén, Bahía Blanca, San Antonio Oeste, Puerto Madryn, Comodoro Rivadavia, Puerto Deseado, Puerto Ushuaia.

¿Cuál de ellos se puede convertir en el gran puerto de aguas profundas?

Vuelvo a lo de antes: no gastemos plata en proyectos desmesurados, aprovechemos lo que ya tenemos.

No crean que imagino a la nueva capital en Mar del Plata o en San Antonio. Tampoco en Madryn o en Ushuaia.

Para mí, hay que abrir la cancha en dos direcciones. Por un lado, otro puerto sobre el Atlántico. Y por otro, la nueva capital en el interior del territorio continental. Podría ser en Santiago del Estero, acaso como devolución a su carácter fundacional de Madre de Ciudades.

O Salta, que ofrece un alto nivel de desarrollo y múltiples conexiones físicas. Y el respaldo de su acervo cultural y su enorme significado histórico.

Pero también podría ser Mendoza, cómo no. Me dicen Misiones por ahí. ¡Eso sí que sería revolucionario, después de tantos años de una concepción geopolítica equivocada que condenaba a esa zona del país al aislamiento!

En realidad, sobran posibilidades para que el gobierno nacional se instale en el interior del país. Y otra alternativa sería que el poder político de la Argentina tuviese una sede rotativa.

Recuerdo que en la campaña preelectoral, el hoy presidente Alberto Fernández proclamó la idea de “24 capitales alternativas”, propuesta que tuvo sanción del Senado en septiembre de 2020.

Fanático como soy de sacar la radio a la calle para ir al encuentro de los oyentes, me parece excelente buscar el contacto con los habitantes de cada pEl fallido intento de Raúl Alfonsín tuvo un antecedente poco recordado.

Fue cuando el 3 de mayo de 1972, el presidente de facto Alejandro Agustín Lanusse firmó el Decreto Ley 19.610, declarando “la necesidad de determinar la conveniencia, oportunidad y factibilidad de trasladar la Capital a otro lugar del territorio nacional”.

La dura realidad política de esos años hizo trizas el proyecto. Una vez más, lo inmediato le ganaba por nocaut a las soluciones estructurales.

Lo comprobaron los diputados orientales cuando en la Asamblea del año XIII se rechazaron sus instrucciones, que proponían “que el gobierno federal se situase fuera de Buenos Aires, para liberar el comercio entre provincias”.

Durante el breve período de Urquiza, desde Caseros y hasta Pavón, la sede de la capital estuvo en Paraná. Pero luego todo volvió a lo habitual.

Posteriormente hubo varios intentos fallidos. En 1868 Mitre vetó la Ley 252, por la que la capital se trasladaba a Rosario. Lo mismo hizo Sarmiento con la Ley 294 en 1869. Un año más tarde, el sanjuanino impidió el curso de la Ley 462, que en este caso disponía que la capital se asentara en Villa María, Córdoba. Una vez más Rosario fue candidata a ser sede de la capital en 1873, y Sarmiento lo impidió.

Como se ve, a lo largo de nuestra historia estuvo presente la idea de descentralizar el país. Pero al margen de las cuestiones políticas, el objetivo buscado debe ser desconcentrar la población.

Una de las expresiones más virulentas contra la megalópolis porteña estuvo a cargo del escritor Ezequiel Martínez Estrada. Fue en diciembre de 1955, cuando el autor de “Radiografía de la pampa” le escribió una carta abierta al general Aramburu, presidente de facto, en la le proponía trasladar la capital a Bahía Blanca:

– El mayor bien que puede hacérsele a Buenos Aires es desmantelarla. Este proyecto tiende a salvar a Buenos Aires de su propio ruina, la cual es inminente. Cuando una ciudad se convierte en boca que succiona la sangre de toda la nación, no sólo hay que pensar en desmantelarla sino en hacerla volar con dinamita.

Mi propósito es plantear un desafío, para que el tema quede instalado. Es difícil, largo y parece inalcanzable. Pero muchos países lo hicieron.

En Australia, Canberra reemplazó a Melbourne. Shangai le dejó su lugar a Pekín en China y Constantinopla a Ankara en Turquía. ¿Acaso Estados Unidos no tenía su capital en Filadelfia, la trasladó a New York y finalmente la asentó en Washingron? Y nuestro vecino Brasil pasó de Bahía a Río de Janeiro y de allí a Brasilia.

Si tienen ganas de buscar antecedentes, les recomiendo revisar lo que escribieron Alfredo Armando Aguirre, Rafael Garzón, Juan Ángel Roccatagliata y Guillermo Terrera, entre otros lúcidos compatriotas.

Y desde su función de intendente municipal, Hugo Cuevas en Cervantes, en Río Negro, adhirió al traslado de la capital. Lo mismo señaló su colega Emilio Kakubur en Santo Pipó, Misiones. Es decir, funcionarios que miran el país desde adentro hacia el puerto de Buenos Aires.

Ellos saben que la Argentina no puede funcionar armónicamente si se gobierna desde un vértice geográfico. Extender la ocupación poblacional a lo largo y ancho del territorio será honrar a Juan Bautista Alberdi, que profetizó “gobernar es poblar”.

Si lo hacemos, transformaremos la estructura del país. Habrá nuevos polos de desarrollo, que se convertirán las nuevas terminales de la red de caminos y de ferrocarriles.

El círculo virtuoso se pondrá en marcha. Aunque la tarea sea larga y costosa, nuestra generación pasará a la historia por haber terminado con años de declinación.

Por supuesto, esto no es para flojos ni pusilánimes. Tampoco para quienes pretendan ver los resultados inmediatos y tener un lugarcito en la foto de la inauguración.

Con la reserva de coraje que nos quede, demos esta batalla.

Es un sueño loco.

Justo lo que precisamos.

Texto Julio Lagos, INFOBAE, Buenos Aires

 Título original de la nota: Argentina necesita estrenar un sueño loco

 

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