Historias rionegrinas: Flor de peludo: “Más fantasía es la jubilación mínima”

Sentados en el banco de la plaza estaban dos viejos, quejándose por el magro sueldo de jubilados.

Vivir con esa plata es una fantasía, dijo Don Carmelo.

¿Fantasía?…sí puede ser, pero más fantasía parece la historia que me contó, Leo, un vecino nuevo, replicó Don Nicolás.

Cuénteme, me gustan las historias.

El nombre de este vecino es Leonardo, pero le gusta ser mentado como Leo, eso cuando ejerce el oficio de electricista, o Amaro si es consultado en su profesión de astrólogo. Tiene un perro al que llama Bandobrás que dice haberlo heredado de su padre, que a su vez lo heredó del suyo, quién lo heredó del suyo, de ser cierto este animal tiene más de cien años.

Si esto cuesta creerlo imagínese cuándo agrega que el perro habla. Volviendo a la historia, me gusta, ahora creerla o no depende de cada uno. Me la contó un día cuando lo invité a comer unos tallarines, empujados con un vino tinto y  en la sobremesa me relató lo sucedido en un pueblo de Córdoba, llamado San Marcos Sierras.

Un día, en un Ford Falcon, llegó al pueblo un matrimonio, perdido en ese dédalo de caminos serranos. En el almacén se enteraron del nombre del lugar y acamparon a orillas del río, recorrieron, conocieron gente y felices por el grato descubrimiento se prometieron volver. Algún tiempo después cumpliendo su promesa, volvieron, no ya como visitantes sino a instalarse definitivamente.

Los nuevos vecinos son conocidos como “La Tana” y  “El Quique “. Primero, construyeron su casa y luego la agrandaron anexándole una cálida hostería. El Quique es radioaficionado. Los vecinos al ver el techo de la casa coronado con antenas y cables bajando hasta el cuarto que da a la calle se arrimaron a la ventana, que estaba abierta, y pudieron observar al Quique manipular botones y teclados varios, con un micrófono hablando con otros radioaficionados.

La novedad cambió la rutina del pueblo, ahora era común ver a vecinos frente a la ventana escuchando al Quique. Algunos, los más confianzudos, se traían las sillas y los equipos de mate, no tardó el tiempo en que el lugar se convirtiera en punto de encuentro, dónde hasta los novios se dan cita.

El Quique es hombre de buen comer y buen beber. Otro cambio que introdujo en las costumbres pueblerinas es: una vez al año para mediados de febrero, en el patio de su casa y con la ayuda de los vecinos, muelen una tonelada de uvas convirtiendo lo producido en vino casero.

Hubo un año de gran sequía en el lugar, las huertas, quintas, los animales, mostraban signos del deterioro por la falta de agua. Leo, que en esa época habitaba en el lugar, haciendo uso de sus facultades astrológicas, observó las estrellas, controló los planetas en su desplazamiento celeste, dibujó planos astrales, trazó conjunciones buscando una respuesta a tan grande sequía, nada, nada pudo leer en el cielo que le diera una respuesta.

En las afueras del pueblo vive la curandera oficial del lugar. Una indígena de curtido y arrugado rostro color tierra; nadie podía precisar su edad, según contaban viejos pobladores siempre estuvo allí, habitando un rancho recostado en la ladera del cerro, cultivando  sus hierbas medicinales y su huerta, criando sus cabritos, sus gallinas, todo esto usando la cristalina  agua que brota del pequeño manantial al costado de su rancho.

Es conocida con el nombre de la Machi.  Hacia su rancho se dirigió Leo, evitando ser visto, queriendo de esa forma mantener la reserva de su consulta. Ya estando cerca, vio a la Machi sentada frente al rancho preparándose para tomar mate, vio, como después de sorber el primer trago  lo escupió hacia la tierra y con la punta de la alpargata le echaba tierra al pequeño charco tapándolo. Llegó y luego de saludar, aceptando la invitación, se sentó frente a la vieja y, tomando un mate le contó lo que la Machi ya sabía, la seca en el pueblo. Le dijo que volviera al día siguiente, cerca del mediodía y le tendría una respuesta.

Cumpliendo con lo convenido, al otro día, Leo llegó al rancho. Mientras la Machi sacaba una botella que se refrescaba en el manantial, en el horno de barro se terminaba de cocinar un peludo. La Machi invitó a Leo a sentarse y compartir el vino y el peludo. La vieja con la punta del bastón hizo un hueco en la tierra, destapó el vino y tiró el primer chorrito adentro, también corto un pedacito del peludo poniéndolo en el hueco, tapándolo.

Terminado el almuerzo fue cuando la Machi respondió la pregunta: La pacha mama está triste y enojada con la gente del lugar, ella como buena madre los nutre y abastece sin que los habitantes, sus hijos, se lo agradezcan.

Caminando, de vuelta, pensaba de que manera transmitir la enseñanza recibida. Ya en el pueblo, pasando frente a la casa del Quique, escuchó voces alborotadas que venían del patio. Estaban empezando con la molienda de las uvas. Presto a colaborar, Leo, se unió al alegre grupo. Terminado el trabajo de molienda, se depositó el líquido en un enorme tonel con cuatro firmes patas asentadas sobre la tierra del patio, concluida esa tarea, se retiraron todos dejando el lugar en silenciosa soledad. Eso creían.

Una numerosa familia de peludos vive en el subsuelo del patio, esa noche se dieron a la tarea de agrandar su hábitat, ampliando la galería de túneles.  Uno de ellos, estiró su cueva justo por debajo de una de las patas, que perdiendo la firmeza se derrumba, esparciendo el contenido del tonel sobre el piso del patio. El estruendo despierta al Quique, que sobresaltado olfatea en el ambiente un aroma frutal y dulzón.

Se levanta, va al patio y aunque la luz no es suficiente puede entrever la magnitud de lo sucedido, a gritos llamó a la Tana para que le ayudara a comprender lo ocurrido. Los dos pudieron ver el tonel tirado en el piso con una enorme rajadura por donde el vino se derramó en la tierra, también vieron, sorprendidos, una cantidad de peludos panza arriba ahogados por el vino que inundó sus cuevas. Motorizados tal vez por la bronca, el ansia de revancha, o tan solo porque les gusta el sabor del peludo, los juntaron a todos y los guardaron en un freezer.

Mientras hacían esto lloraban amargas lágrimas de impotencia. Lágrimas que cayeron en la tierra y esta absorbió, como antes absorbió el vino. A la Pacha Mama el vino le gustó, pero el amargo sabor a desconsuelo de las lágrimas, no. Se propuso entonces cambiar su actitud hacia los habitantes del lugar. Llovió dos días seguidos, el río que antes era un hilito de agua, ahora arrastraba piedras del tamaño de un hombre, la vegetación, antes de un amarillo desnutrido, ahora luce un verde brillante. Paró de llover, el pueblo se veía limpio y luminoso como recién estrenado. Por supuesto, se armó el festejo. La Tana y el Quique sacaron los peludos del freezer, todo el que tenía una botella de vino del año anterior, la aportó.

Las parrillas comunes no alcanzaban y un entusiasta colaboró con el elástico de la cama. El aroma a peludo asado invadió el lugar y la alegría renació. Al momento de empezar a comer, Leo, predicó con el ejemplo, destapó el vino y derramó en la tierra el primer trago. Todos lo miraron, pero nadie dijo nada. Cortó el primer bocado de peludo hizo un pocito en la tierra y lo enterró. El resto de la gente como si hubieran recuperado ancestral memoria, hicieron lo mismo. Se miraron entre todos, sonrieron. Brindaron y arrancó la fiesta a toda música.

Quedó esa fecha instituida como la fiesta anual del pueblo, quedando también como tradición local la elaboración del vino, ahora bautizado con el nombre  “Flor De Peludo”, más la degustación del, ahora plato típico: Peludo al vino, aromatizado con finas hiervas del lugar.

Y… ¿le gustó? La historia, Don Carmelo.

Sí, está buena, pero insisto, más fantasía es la jubilación mínima.

Mientras un perro que venía por el sendero lateral se sentó a unos metros de los viejos comenzando a ladrar. Don Nicolás se despidió y salió camino a su casa. El perro trota a su lado sacudiendo la cola. Don Nicolás mirándolo le dice – Sí Bandobrás, ya te escuché, Leo avisa que la comida está lista. Hace una cosa, adelantate y decile que primero paso por el almacén a comprar un vino.

 

Jorge D. Incola

Las Grutas

Jorgincola@live.com

 

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