El escritor y periodista Eduardo Reyes y el fantasma de Casa de Gobierno en Viedma

 

Historias de fantasmas hay muchas. En mi pueblo, Valcheta, hay algunas que meten miedo. Otras risueñas y algunas no tanto. En fin, para todo gusto.

Mi amigo entrañable Eduardo Reyes, periodista de raza, escritor, decidor de poemas gauchos, amigo de don Atahualpa, Eduardo Falú y de muchos otros, en su libro Cuentos de Reyes”, que por su gentileza lleva un prólogo de mi autoría, escribió un relato del no menos famoso y temible “fantasma de la Casa de Gobierno de Viedma”. He aquí su relato:

“Según cuenta mi amigo periodista y escritor Carlos Espinosa en su excelente libro “Perfiles y Postales”, crónica de la historia chica de Viedma y Patagones, el imaginario popular asegura que en la casa de Gobierno de Río Negro, ubicada en Laprida y Belgrano de Viedma, habitan fantasmas. El amigo Espinosa cuenta en su libro distintas historias, hechos y acontecimientos que se han ido sucediendo en ambas ciudades a lo largo de estos 235 años de existencia. Lo hace con un lenguaje ameno, con un riguroso respeto por la palabra y con precisos datos obtenidos de horas y horas de lectura de documentos y publicaciones de distintas épocas que le demandó su paciente investigación”.

“Una de estas historias está referida a la posible existencia de “fantasmas”  en la Casa de Gobierno de Río Negro y entre las distintas versiones escuchadas al respecto Carlos cuenta, lo que se dice sobre la máquina de escribir; “…en la quietud de la noche, cuando todos los empleados administrativos ya se han marchado, suele escucharse el teclado característico de una máquina de escribir. Este ruido se lo ubica en la planta alta de la Casa”.

“Versiones sobre este tema también he escuchado yo, -escribe Eduardo Reyes- y algunas de ellas señalan que hace ya un buen número de años, un trabajador de prensa del gobierno que falleció en un accidente, fue velado durante toda una noche en un salón de la planta alta del edificio que se lo identifica como el “Salón Gris”. Las mismas versiones agregan que por allí debe andar todavía el espíritu del hombre que no quiere dejar sus tareas periodísticas inconclusas y en la quietud de la noche teclea sin parar”.

“Entre 1989 y 1995 me desempeñé en la Secretaría de Comunicación Social de la Gobernación a cargo de la Dirección de Radio. En esa época las oficinas que ocupábamos y en las que también realizaban sus tareas el cuerpo de redactores eran linderas al mencionado “Salón Gris”.

“Es sabido que cuando de información se trata, para los periodistas los horarios deben dejarse de lado para poder completar la tarea  y darle curso, fue así que una noche me encontró en soledad realizando un trabajo que debía culminar ese mismo día sin ningún tipo de excusa. La planta alta de la Casa de Gobierno en absoluta oscuridad, solamente encendida la luz de la oficina que ocupaba y yo bien concentrado en mi tarea y tecleando en una vieja, querida y sin dudas mi preferida como así también de muchas colegas periodistas, Olivetti Lexicón 80. Puntualizo esto porque ahora con la modernidad tecnológica de las computadoras, las redacciones son silenciosas, no niego que estos elementos son un aporte incomparable para la tarea pero, qué quiere que le diga, la musicalidad de varias viejas “Lexicón 80” guiadas en la escritura por un grupo de periodistas es un concierto incomparable”.

“Pero volvamos a aquel día en que ya había quedado atrás la medianoche y en la que tecleaba sin parar en procura de terminar con mi tarea. Los momentos en que silenciaba la máquina me permitían escuchar otros sonidos como el crujir de los pisos de madera, en algunas ocasiones los sonidos semejaban pasos, otras veces los ruidos provenían de los movimientos de algunas palomas u otros habitantes de la oscuridad que se desplazaban por los techos, etc. Cuando culminé el trabajo, apagué las luces, bajé casi a tientas por la espaciosa escalera, apenas guiado por la escasa luz que llegaba desde el patio colonial de la Casa que debía atravesar luego para llegar a la salida lateral donde estaba la guardia policial”.

“Cuando llego a ese lugar, los dos jóvenes agentes de policía que montaban guardia aquella noche, con inocultable cara de sorpresa, no exenta de temor, me interrogaron casi a dúo:

-¿Usted estaba arriba?

-Así es- respondí.

-¿Y usted estaba escribiendo a máquina?- preguntaron los dos agentes, también casi a dúo.

“-Efectivamente, me quedé a terminar un trabajo que tenía que entregar hoy sin falta-, dije tratando de reprimir la risa”.

“-Viste, yo te dije que para mí había alguien trabajando todavía, era el señor-, dijo uno de los policías”.

“-Y si estabas tan seguro porque no subiste, ¿eh?, que me mandabas a mí a cada rato a ver qué pasaba-, acotó el otro con tono nervioso”.

“-No me digan que ustedes también creen eso del fantasma que se pasa las noches escribiendo a máquina-, dije y la respuesta no se hizo esperar”.

“-Y, mire, se dicen tantas cosas sobre los fantasmas, que yo no sé si existen o no, pero yo muchas noches escuché la máquina de escribir y una vez estaba todo oscuro y la máquina se escuchaba igual… y esa vez no era usted, ¿no?-

 “-No, yo soy un fantasma pero con luz encendida, hasta mañana muchachos-, dije y me fui sin esperar el saludo”.

“Los jóvenes agentes que de todas maneras continuaron observándome aún sobresaltados hasta que me perdí en la oscuridad de la noche, creo que sin que les haya quedado en claro si yo era un ser humano o “yo era el fantasma”.

Hasta acá el relato de mi amigo Eduardo Reyes. Otra que el fantasma Benito.

Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

 

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