Don Teófilo Pazos: El hombre de la Meseta de Somuncurá que quiere y respeta a la bandera

Don Teófilo Pazos es un poblador de la Meseta de Somuncurá que tiene su campo al lado de la laguna “Azul”. Él sabe mil cosas que generalmente los puebleros ignoramos. Conoce los “pozos que respiran”, la famosa “Cueva de Curín”, las plantitas de la meseta y las costumbres de los bichitos de la tierra.

Ama como pocos a la bandera argentina, la cual en un mástil de madera siempre tiene enarbolada en su rancho hasta que los fuertes vientos la deshilachan y comienza para Pacitos –así lo llama la gente- la campaña para reponerla. Sean o no días de fiesta don Teófilo saluda a la enseña patria, bajo un cielo tan nítido que con ella se confunde. Ojalá hubiera muchos argentinos como don Pazos y su bandera que tiene de la Patria una idea de limpia grandeza. Como debe ser, por otra parte.

Y sabe también muchas cosas: poner cara a los temporales de nieve que a veces cubren toda la meseta, curtirse ante el frío que  a veces supera los veinte grados bajo cero, transitar por caminos imposibles que son puro pedreros, simples huellas, soportar los vientos ariscos, y del rugir de los cañadones cuando vienen llenos de agua como torrentes imparables que todo se llevan a su paso, como una vez le supo suceder y las aguas sepultaron su vivienda que quedo bajo ellas al crecer la “Azul”.

Sabe también don Teófilo que es un paisano querido por todos, estimado por buen vecino, solidario y, sobre todo, hospitalario para con los turistas que visitan su lugar.

Suele venir al pueblo en su vieja camioneta acostumbrada a transitar las huellas o a campo traviesa, donde cada kilómetro puede ser una eternidad. Él, como nadie, sabe que en esas latitudes el tiempo no existe. Que hasta las piedras hablan. Que el silencio es más profundo y dice cosas que nadie sabe. Que de noche las estrellas parecen tocarse con las manos de bajas que están.

Y sabe don Teófilo que todo en la meseta es diferente: las distancias, la soledad, el tiempo, el clima. Hasta los animales tienen hábitos diferentes. El caballo de la meseta, por ejemplo, está acostumbrado a esquivar las espinas de los tunales sin lastimarse y hasta los ladridos de los perros parecen distintos.

Además, don Pazos es un hombre prudente y sencillo, respetuoso como ninguno, que siempre saluda a todos con una sonrisa, que habla cuando alguien le pregunta y por eso es un hombre sabio.

Siempre tuvo una admiración muy grande por los combatientes de Malvinas, cuando muchos, muchísimos argentinos, les dieron la espalda cuando regresaron al continente. Es que los hombres de la meseta sienten la fuerza de la tierra como pocos. Sabrá don Teófilo que la bandera argentina en aquellas maravillosas soledades es un emblema de soberanía, cuando en los pueblos y ciudades casualmente, poco vecinos se animan a poner una bandera en sus viviendas.

Me honra la amistad de don Pazos, argentino cabal, que a pesar de todas las contingencias adversas no abandona su campo. Que persiste en trabajar y cuidar sus animales a pesar de los años.

Don Teófilo Pazos, poblador de la Meseta de Somuncurá, es un ejemplo digno de imitar.

Una creciente le tapó toda su casa y ahora está bajo agua.

Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

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