Tito Livio Guidi se recibió de médico, pero prefirió seguir entregando pan en jardinera

 

El doctor Tito Livio Guidi supo ser uno de mis mejores amigos. Sabíamos del amor a su profesión, de su gran humildad, de su cariño a Valcheta y su gente, de ese carácter que forma a los pioneros. Ejerció la medicina desde muy joven en Choele Choel cuando era solo un pequeño caserío, haciendo de la misma un verdadero apostolado.

No solo fue médico, sino también escritor, coleccionista de autos antiguos, aficionado a la aeronáutica, pintor de cuadros (tengo uno hermoso que me obsequiara y que adorna las paredes de mi taller).

En su libro de “Memorias” cuanta con amena pluma muchas anécdotas sucedidas en su larga vida profesional.

Una de ellas es imperdible y da el título a esta nota.

Cuenta Tito que su padre tenía un comercio de panadería en San Antonio Oeste donde supo nacer. Explica que “el reparto de pan era de lunes a sábado, siendo este último día de doble jornada. Tenía entre 92 a 100 clientes, por lo que subía y bajaba de la jardinera como clientes atendía; con los años comprendí que fue el único ejercicio que practiqué”.

“Cuando regresaba, ya anocheciendo a las 21 horas, hacía el libro y rendía lo vendido, en efectivo o en libreta. Esta actividad laboral era tan dura a mi corta edad que un día, teniendo 16 años, le dije a mi hermano Juancito a quién yo llamaba “Neno” que me iría a trabajar de cadete porque no aguantaba más y que no quería nada. Que les regalaba todo. –No quiero nada, me voy a trabajar a Vialidad, de cadete”.

“Juancho escuchó mis reclamos y respondiendo a ellos contestó: -“Yo ya terminé farmacia y estoy regenteando una en la ciudad de La Plata, y dentro de muy poco doy la última materia, de Bioquímica, análisis matemático, así que vos te venís conmigo a La Plata a estudiar… ¿Estamos?”

“Así lo hice, recuerdo que uno de mis hermanos, presumo que pensó cuando me despedí: “¿Para que llevan a este burro a estudiar? Y se fue a la caballeriza como negándose a despedirme. Hay que pensar que yo tenía 16 años y él 27”.

“Debo confesar que cuando ya ejercí de médico en Choele Choel, ese hermano no movía un  alfiler sin consultarme lo que tenía proyectado hacer. Resultó un hermano al que extraño mucho porque dejamos privacidades muy afectivas”.

“Retomando la historia mía, debo decir que estudié muy intensamente, de lunes a domingo y cuando a fin de año llegaba a San Antonio Oeste, de vacaciones por escasos dos meses, tenía que reemplazar al personal que tomaba la licencia en la panadería, volvía nuevamente al reparto por la tarde, y aquí quiero detenerme y decir lo que sucedió cuando me recibí de médico”.

“Dos días después de la culminación de mi carrera, me tomé unas mini vacaciones de una semana para ir a San Antonio Oeste. Al llegar a casa papá se agarró la cabeza con las dos manos, y exclamó: -“A este me lo manda Dios”. Me dijo “el repartidor de pan se fue con canasta y todo y vos conoces el reparto, de manera que tenés que hacerlo”. No me dio tiempo a decirle que me había recibido de médico”.

“Recuerdo que con la canasta en mano y el pan llego a la casa del Doctor Aníbal Serra, que compraba siempre pan flauta, y me recibe en la cocina su esposa Carolina Peirano, tierna y cariñosa mujer, que se alegra al verme, me da un beso y me dice: “¿Cómo vos, Tito, por aquí?” ; en ese mismo momento entra el doctor Aníbal Serra a la cocina y con voz zafada pero afectiva manifiesta: “¿Qué carajo estás haciendo aquí en vez de estar estudiando?  ¿Te falta mucho? ¿Cuánto te falta? ¡Estudia, no seas atorrante!” Y así sucesivamente, me interrogaba y se contestaba. Yo no le dije que había terminado y que éramos colegas. Porque tenía la canasta en la mano y la jardinera en la calle, y me parecía que era muy miserable ser médico y repartidor de pan callejero. Me dio vergüenza. Solamente atiné a contestarle que faltaba poco para concluir mis estudios. Y así siguió mi reparto hasta enseñarle el trabajo al nuevo repartidor en días”.

“Cuando mi hermano Julio me llevó en el camión a tomar el tren de regreso a la ciudad de La Plata, le dije en la estación de ferrocarril: -“decile a papá que terminé mi carrera, que no se lo dije antes por la forma en que me recibió, porque quedé inmovilizado”. Julio me besó y me dijo: “¿Cómo no se lo dijiste a papá que siempre está pendiente de tus estudios”?

“Así las cosas debo confesar y lo digo con orgullo, que hice el colegio nacional y la carrera universitaria no habiendo conocido la derrota de un aplazo y en tiempo récord. También debo decir que no tuve vida vivencial, vacaciones ni domingos, fue una etapa de mi vida en blanco, pero sin sacrificio no hay nada”.

Me quedo con las últimas palabras del Ddoctor Tito Livio Guidi: “Sin sacrificio no hay nada”.

Mi amigo falleció el año pasado. Como a otros, lo extraño mucho.

 

Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

 

TÍTULO ORIGINAL DE LA NOTA: “EL DÍA QUE EL DOCTOR TITO LIVIO GUIDI NO DIJO QUE SE HABÍA RECIBIDO DE MÉDICO. PREFIRIÓ SEGUIR MANEJANDO LA JARDINERA PARA ENTREGAR EL PAN”. RECUERDA CUANDO EL DOCTOR ANÍBAL SERRA LO RETÓ

 

 

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