Inicio Destacados Vías abandonadas en la Patagonia. “Río Negro se esfuerza en mantener el servicio ferroviario”

Vías abandonadas en la Patagonia. “Río Negro se esfuerza en mantener el servicio ferroviario”

“Fragor de trenes que tejían laberintos de hierro, humo y silbatos escalaban la noche”, Jorge Luis Borges, “Mateo, xxv,30” en “El otro, el mismo”.

Como salidos del poema de Borges, los rieles se internan misteriosos por la Patagonia, con un laberinto de promesas de progreso y bienestar, porque donde llega el tren –decían- la gente vivirá mejor.

Hubo un plan, estaba escrito eso es cierto, aunque nunca se ejecutó en su totalidad. Arrancó poco después que el Remington y las leyes de los wuinkas aseguraron que los indios salvajes ya no serían molestia para el progreso y la civilización. Fue el ministro de Obras Públicas de la Nación, Ezequiel Ramos Mexía, entre 1898 y 1913, quien dibujó sobre el tablero una red ferroviaria que partía y volvía (sobre todo eso: volvía) a los puertos de Bahía Blanca, San Antonio Oeste, Madryn, Comodoro Rivadavia y Puerto Deseado, desde sitios cordilleranos como San Carlos de Bariloche y Esquel; o Colonia Las Heras, en la meseta de Santa Cruz.

Una parte de la obra se realizó y sobre sus resultados de beneficio social y económico hay numerosos tratados, plenos de estadísticas, que pueden ensombrecer nuestra reflexión de oxidadas nostalgias.

Aquellos trenes se llevaban la lana, los cueros, el ganado en pie, los minerales y otros cargamentos más extraños, como el azúcar refinado desde la remolacha y se llevaban de los campos y los pueblos pequeños a los paisanos expulsados de la tierra, que partían con una valija de cartón y esperanza hacia las ciudades donde ya no serían felices de verdad. Pero los trenes también trajeron a los inmigrantes mercachifles y sus tiendas multicolores y olorosas, que alegraban a las muchachas y entristecían los bolsillos de sus padres; a los maestros y sus libros, que abrían paisajes remotos a quienes se internaban en sus páginas; traían a los médicos y sus pócimas gloriosas para curar todos los males fundamentales de la salud humana y también trajeron a las novias y los novios para cientos de pobladores en edad de merecer una cama caliente; el fonógrafo, los discos y los bailes; los peluqueros con sus aparatos para los fomentos de la cara de los caballeros y la permanente en el cabello de las damas; las señoritas pulposas para las casas de tolerancia; los repuestos para los Ford A y las máquinas esquiladoras; el fluido Manchester y también la colonia ‘Polyana 555’.

De todo traían los trenes: ¡hasta el cinematógrafo trajeron!, con su prodigiosa recreación de las vidas ajenas, que eran a veces más infelices y sufridas que las de los espectadores amontonados en las pequeñas salitas de los pueblos; pero que generalmente arrojaban un final perfecto, como para llorar un ratito y volverse para la casa contentos.

El pacto del intercambio funcionó a la perfección durante muchas décadas. El tren se llevaba riqueza, pero traía ese extraño valor de la vida en sociedad llamado confort.

Facilitaba los viajes, esto es muy importante, por supuesto, y las gentes de los pueblos montañeses ya no se morían sin haber visto nunca el mar; y los habitantes de las poblaciones marítimas podían, al fin, contemplar las nieves de las altas cumbres andinas; atravesando el majestuoso territorio plano de los guanacos y los choiques. Muchas familias se formaron gracias a esa nueva movilidad, esto es positivo. Otras tantas se desarmaron cuando esos mismos trenes alejaron a algunos de sus miembros, emigrantes hacia las ciudades, con esa ilusión de nuevas vidas.

Otra cosa para tener en cuenta es que el tren le aseguró trabajo y progreso personal a cientos de pobladores patagónicos, porque “la empresa”, cono decían con orgullo los ferroviarios, pagaba sueldos módicos que permitían vivir con dignidad y mirar confiadamente hacia el futuro, y también otorgaba vivienda y ropa y pasajes para las vacaciones una vez al año y ascensos y jubilación.

Todo eso se terminó. Se terminó. Se terminó, punto. ¿De repente? No, fue una lenta muerte, que también obedeció a un plan, ya no uno solo en realidad, sino una continuidad de planes, inspirados en paradigmas tales como “la guerra del petróleo”, “la competitividad”, “el nuevo rol del Estado” y otras excusas que disfrazaban la violenta y triste realidad de que el gran negocio -llevarse cargas hacia los puertos- había dejado de ser rentable y entonces los trenes ya no hacían falta. ¿Y qué si dejaban de traer cosas hacia los pueblos?; ¿La falta de comunicación?; ¿La gente que quedaba sin trabajo?… paparruchadas, cuestiones sin importancia.

La provincia de Río Negro se esfuerza, desde 1994, en mantener el servicio ferroviario entre Viedma y Bariloche. Las dificultades son enormes, pero el objetivo tiene hondo contenido social y está realmente justificado. La línea del Alto Valle sólo funciona para cargas, en manos privadas, por supuesto.

En el resto de la Patagonia el óxido cubre las pocas instalaciones que se salvaron de la destrucción, otras se levantaron y sólo quedan huellas absurdas como puentes, vías, y estaciones, que no llevan a ninguna parte, donde ya no se mueven cargas ni pasajeros.

Un viejo señalero bambolea el ojo único de la lámpara a kerosene en la punta del andén, el cuerpo casi quieto, sólo el brazo en el vaivén avisador, la mirada fija en un punto oscuro del horizonte en el que confluyen dos líneas metálicas y brillantes. Se esfuerza en advertir lo que nadie puede ver, los músculos tensos, el farol en movimiento. Pero el tiempo pasa, la noche avanza olvidando todo y el tren no aparece.

(Noviembre 2020, nueva versión, las fotos son de Alejandra Rojas y fueron tomadas en el empalme del ramal grande del ex-ferrocarril Roca con la Trochita, en las afueras de Jacobacci)

 

Carlos Espinosa

Periodista de Carmen de Patagones y Viedma, recopilador de historias de la Patagonia.

 

Acerca de Raúl Díaz

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