Inicio Destacados La historia del auto de Gardel que recaló en Maquinchao. ¿Terminó en un baldío de esa ciudad?

La historia del auto de Gardel que recaló en Maquinchao. ¿Terminó en un baldío de esa ciudad?

El escritor y periodista viedmense Galo Martínez, en su ameno libro “Maquinchao”, supo rescatar con enjundiosa pluma personajes, anécdotas e historias de ese sufrido pueblo de la Región Sur.

Como muchos historiadores regionales han escrito, la irrupción del automóvil en estos pueblos de la lejana Patagonia provocó pintorescas anécdotas de aquellos primeros propietarios.

Aún quedan como verdaderas piezas de museo las latas donde se vendía al combustible y algún que otro viejo surtidor a mano, como el que aún está en una esquina de mi pueblo, propiedad entonces de don Jacinto M. Direne.

Lo cierto es que Galo rescató del olvido un hecho por demás curioso e interesante porque, ¡un auto del Morocho del Abasto recaló en Maquinchao!!!

Según Galo Martínez, “quedan dudas sobre quién de los hermanos Verbeke llevó a Maquinchao el primer auto en el año 1913, si Luciano, Francisco o Manuel”.

“A partir de ese año, Manuel Verbeke y Vicente Inocenti realizaban en auto el transporte de pasajeros y correspondencia entre Maquinchao (punta de rieles) y Quetrequile, reemplazando con un Ford T la vieja y cansina vagoneta”.

“Por esos años José Ghisla adquirió también un auto en Maquinchao”.

“Hay quienes afirman –dice Galo- que ya años antes, en 1909, el gerente de la estancia, Tomás Norris, era propietario de un automóvil de la legendaria marca Napier”.

“Ya en los cafetines del Abasto, en Buenos Aires, un joven cantor criollo daba sus pasos iniciales y más tarde, junto al oriental José Razzano, comenzaba la carrera artística que lo llevaría a la idolatría popular para siempre. Se llamaba Carlos Gardel”.

“Pocos años después, Francisco Verbeke transitaba las huellas de esta zona Sur en un Ford T Doble Faetón Modelo 1920”.

“Gardel incursionaba en el tango, llevaba al disco “Mi noche triste” y se consagraba en los tablados y teatros porteños. Su carisma se proyectaba al exterior”.

“Llegaron los años 30 y los primeros camiones y autos de variadas marcas hoy desaparecidas y otras en pleno esplendor, reemplazaban en las huellas sureñas a las recordadas tropas de carros y a las vagonetas de los mercachifles”.

“Carlos Gardel ya era cantor y actor de fama internacional y triunfaba en el mundo como embajador inigualable del tango argentina. Sus regresos a Buenos Aires eran esporádicos y muchas noches lo vieron al comando de los automóviles más lujosos de entonces, como  símbolo de un esplendor que se apagó trágicamente en aquel 1935”.

“Pocos años después de la tragedia de Medellín, llegaba a Maquinchao Gregorio Arozarena, un bonaerense que se había destacado en el ciclismo, quién recaló en Buenos Aires y luego apuntó sus inquietudes y esperanzas de progreso hacia la Patagonia”.

“No he podido corroborar –apunta Galo- si fue en ese momento o un par de años después cuando comenzó a transitar las calles del pueblo al comando de un automóvil que mantenía intactas sus condiciones de auto de primer nivel. Arozarena comentaba, entonces, que ese auto había pertenecido a Carlos Gardel y explicaba cómo había llegado a su poder”.

“El tiempo fue depositando en otras manos aquel auto presuntuosamente legendario, que terminó su vida en un baldío sobre la actual calle José Hernández”.

“Añorando tiempos mejores fue remontando la dureza del clima y conservando mucho de su pasado esplendor. ¿Era un Austin o un Chrysler, modelo 32 o 33? Un par de años desapareció del lugar.

Con él se marchó un pedazo de la historia de los años 30, del tango ganando espacios en el mundo en la voz de Gardel, de la noche porteña con su bohemia y del arrabal evocado en las letras”

“Para el recuerdo pueblerino, para la nostalgia, para el relato quedó esta evocación: uno de los autos del más grande ídolo argentino de todos los tiempos terminó su historia a la intemperie, en un baldío de Maquinchao”.

Hasta aquí la crónica de Galo Martínez. Por supuesto que cada pueblo tiene sus propias historias relacionadas con los fierros y Valcheta también, pero eso es harina de otro costal, o mejor dicho motivo para otra nota.

Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

Foto ilustrativa

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