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El tío Pepe Luna. Una historia en Valcheta, Bariloche y Viedma

Mi tío materno, José Jorge Luna, (alias “Pepe”, alias “el turco Luna) fue dejando vivencias suyas por más de medio país. Era hijo de mi abuelo don Julián Luna, un árabe venido desde la milenaria ciudad de Baalbek en el Líbano, (cambió su nombre Amed Ardín por Julián Luna) que después de correr mundo y aventuras recaló en Valcheta y de doña Inés Elgueda, una verdadera señora que trajo de Chile, cruzando la cordillera.

El tío Pepe, amigo de los dados y de las barajas, dejó partes de su vida sobre el tapete verde de los tahúres y jugadores sin remedio.

“Se puede decir de él que, como el célebre tío Alberto glosado por Joan Manuel Serrat, “cató de todos los vinos, anduvo por mil caminos y atracó de puerto en puerto”. Y también como él “entre la ruina y la riqueza, entre mentiras y promesas, siempre supo sonreír”.

Especie de tahúr y buscavidas por los cuatro costados estaba lleno de artimañas fulleras. Tenía en aquellos años en que el juego era perseguido y castigado por la justicia la captura recomendada en varias provincias.

Hasta había ideado pequeñas herramientas para cargar los dados con trocitos de hierro que atraía con un poderoso imán que tenía atado en la rodilla. El encendedor carusita era el testigo que señalaba el mejor lugar de la mesa. Cuando la policía andaba tras sus rastros enterró en el patio  de nuestra casa la bolsita con todas esas diminutas herramientas de trabajo.

Tenía también un anillo de su propia confección con un espejito que puesto éste en la palma de la mano le permitía observar las barajas de sus “compañeros” de juego.

El tío Pepe nunca se casó “porque no quería hacer sufrir a la familia”, pero tuvo varias mujeres que le brindaron su cariño y algunas de estas chicas “fumaban la noche” como la Pocha y la Coca.

En época en que al Sur del paralelo 42 había franquicias para la entrada de automóviles traía autos de contrabando y los vendía en la provincia de Buenos Aires. Yo que era muy pequeño me admiraba con las patentes, en especial las de Neuquén que tenían araucarias, pero si alguien por supuesto preguntaba nadie sabía de quién eran esos autos ni había visto nada.

De todos los juegos le gustaba mucho el “pase inglés”. Pero no le hacía asco a nada.

Recuerdo que yo en la ciudad de Bahía Blanca donde vivía con mis padres una madrugada en que  llegó a casa y arrojaba hacia el  techo de la habitación grandes cantidades de billetes (eran las famosas fragatas), una verdadera fortuna; pero como dice el refrán “lo que es del juego el juego se lo lleva”. Por eso sabía andar en la más opípara riqueza o sin ningún peso en el bolsillo.

En una oportunidad supo salvar milagrosamente su vida porque la bala que le dispararon a quemarropa le quedó incrustada en el cuero cabelludo.

Cuando las comunicaciones no estaban tan avanzadas como ahora, tenía un amigo que telefónicamente le pasaba desde la Casa de la Lotería en Montevideo el número agraciado de la famosa tómbola, y el tío lo jugaba acá porque cerraba más tarde y acertaba invariablemente a la cabeza las tres cifras, hasta que un buen  día lo descubrieron.

En otra oportunidad logró calzar una de las patas de una mesa no recuerdo de que Casino, pero cuando se dieron cuenta  le prohibieron la entrada de por vida.

Cuando estaba en las malas se refugiaba por varios días en nuestra casa y se dedicaba al arte de la coquinaria porque le gustaba mucho cocinar y, sobre todo, comidas árabes.

A mí me solía llevar con él y salía de algunos negocios con varios atados de cigarrillos robados y algún cinto que se probaba y se lo traía como propio. Una vez hasta se apareció con una tasa que le faltaba a la rueda de nuestro vehículo. ¡Genio y figura!

Cuando estaba falto de recursos elegía pequeños comercios o kioscos y “tiraba una guille”, una especie de artimaña tipo “cuento del tío” que le permitía quedarse con el billete grande y el vuelto.

En algunas viejas cartas familiares que atesoro, el tío Alfredo desde Bariloche le escribía a mi madre contando que “otra vez Pepe estaba preso”.

Si alguien le preguntaba por qué tenía los dedos pegados de una mano Pepe contestaba que “era un regalo de Dios para levantar mejor”. Después de un tiempo uno se daba cuenta que su defecto de nacimiento (medio y anular pegados) era una ventaja ya que son los dedos que se usan para recoger los dados dentro del cubilete.

En una oportunidad para “hacerme hombre” me llevó a la famosa “Posta del Chiva”, de donde por supuesto tuve que regresar en taxi porque se armó una trifulca de padre y señor mío con el tío como protagonista.

Supo batir algún record de permanencia en una mesa de juego: varios días entre dados y barajas.

Era admirador de Gardel y no lo quería a Leguisamo, vaya Dios a saber porque disputa de carreras de caballos. Sus tangos preferidos eran “Hotel Victoria” y “Gloria”. Usaba muchos lunfardismos aprendidos en la universidad de la vida. Vestía en forma sencilla y usaba pañuelos de cuello, pero de noche empilchaba que daba gusto. En su maletín de mano siempre lleva un pequeño espejo porque afeitarse para el tío era un verdadero ritual.

Cierta vez que habíamos visitado Valcheta para las vacaciones al regreso lo llevamos al tío que se quedaba en Viedma. Al entrar en la ciudad le preguntamos donde estaba parando y nos contestó: Paré por medio con el Provincial. Nos sorprendió pues el Hotel Provincial de Viedma recién se había inaugurado y era con el Austral el más lujoso y caro. Allí paramos en la calle Buenos Aires, pero el tío entró en la casa de al lado del Hotel: la vivienda de su amigo y compañero de juergas Dante Scatena, otro personaje que fue diputado provincial en el gobierno de Mario Franco, pero amante del tapete verde. Tenía razón el tío Pepe se hospedaba pared de por medio con el Provincial.

Ya nosotros afincados definitivamente en Valcheta cuando venía Pepe los días eran una fiesta. Tiraba sobre la plancha de la cocina económica algunos bifes o achuras y mi pobre madre sufría por el humo que invadía toda la casa. Y muchas veces lo acompañaba por las carnicerías hasta encontrar los cortes que más le gustaban como el rabo de vaca para los pucheros o los costillares de capón para las empanadas árabes que después el mismo cortaba a cuchillo.

En cierta ocasión entró al entonces bar de Geoffroy, a viva voz recitó los versos procaces de la picaresca española “Si vas a Calatayud/ pregunta por la Dolores…” y dicho esto entre risas se marchó del lugar como si hubiese realizado una gracia muy grande.

Enfermo del corazón por sus muchos trajines se le dio por la lectura de novelas de “convoy” y de espionaje que yo le facilitaba. Y creo que como el “Curro el Palmo” se leyó enterito a don Marcial Lafuente Estefanía.

Enfermo en el hospital de Valcheta por un infarto decía que lo había salvado Luisito Jaramillo que recién hacía sus primeras armas de enfermero.

Murió en un invierno en Bariloche donde está sepultado. El mundo fuera de la ley lo acompañó en el sepelio, hasta personal del Casino se apersonó en un póstumo homenaje a uno de los suyos.

Hoy es casi una leyenda y mucha gente lo recuerda con una sonrisa por las muchas anécdotas que supo dejar.

El juego, la alegría de vivir y una vida aventurera fueron sus mejores blasones. Hoy descansa en paz.

Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

Foto ilustrativa

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