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Una injusta condena. Lo que nunca se debe hacer con una mascota

 

Es sabido que el perro es el mejor amigo del hombre. Por sus virtudes: guardián, fiel, juguete para los niños, compañero del hombre y de la mujer.

Sin embargo, al proliferar canes callejeros en casi todos los pueblos y ciudades nunca está de más hacer hincapié en la tenencia responsable de mascotas.

El escritor y periodista de Bahía Blanca Rubén Benítez en su ameno libro “Los días sin retorno” dejo un relato que debiera servir para conmovernos y reflexionar sobre la suerte (mala sin duda) que a veces algunas personas dan a sus mascotas.

“-Ustedes, los periodistas, tendrían que hacer algo- nos dijo la buena señora.

Todo el mundo cree que los periodistas pueden hacer milagros y que en lugar de una humilde y vulgar lapicera tienen en la mano una varita mágica. Lo cual dista mucho de ser cierto. El periodista generalmente no es más que un testigo o un laborioso mediador, cosas que están casi siempre en el otro extremo de las gratas tareas que suele desempeñar el hombre. Por cada gratificación que recibe soporta un par de dolores de cabeza.

-Al menos –insistió la mujer- deberían decir algo. ¿No podrán decir algo? ¡Es tan triste!

¿Decir?… Sí. Podríamos decir algo. Aunque quién sabe si valdría la pena.

-Yo creo que vale la pena- nos estimuló la mujer.

-Tal vez –asentimos-. Sócrates sostenía que el ser humano no hace daño por maldad sino por ignorancia… pero la ignorancia –agregamos nosotros- es casi más difícil de combatir que la maldad…Sin embargo, lo intentaremos. Aunque sea como un último homenaje a Guardián. Trataremos de decir algo.

Diremos que Guardián vivió –vivió en este caso es una expresión convencional- vivió, decíamos, dieciocho años atado a una cadena. Si hubo existencias tristes en este mundo la suya, sin dudas, fue una de ellas.

Cuando recién lo trajeron, era cachorrito, los chicos de la casa jugaron algunos días con él. Causaba gracia con sus movimientos, sus correrías, sus infantiles torpezas, sus pequeñas travesuras. Iba y venía por la casa, alentado por sonrisas, exclamaciones y caricias. “¡Guardián!” ¡Guardián! Todos lo llamaban para acaparar su amistad.

Una mañana, cuando salía a los consabidos juegos, haciendo piruetas y ladrando, alguien lo tomo con sus manos, le colocó un collar en el cuello y lo llevó al fondo del patio. Allí lo dejó sujeto a una cadena. Creyó Guardián –ya hacía mucho que nadie lo llamaba así- que eso sería cuestión de un momento y que pronto podría volver a sus correrías. Pasaron primero los días; después los años. Se hizo grande y al lado suyo también se hicieron grandes los niños que una vez había jugado con él. Ahora lo ignoraban.

En alguna ocasión, durante aquellas horas muertas, echado contra el suelo, contemplaba el cielo surcado por blancas gaviotas. Y admiró la serenidad de aquel vuelo en libertad por el azul inmenso, sin cadenas. O seguía con si mirada, entusiasmado, el zigzagueo rasante y ruidoso de los gorriones que huían disputándose una presa; la miga de pan o el grano de trigo. Los admiró. Hubiera querido ser como ellos. Saber cómo era ese mundo que estaba más allá del muro y que él no podía ver.

Casi olvidó su propio nombre. ¿Cómo se llamaba? No tenía importancia. Para que saber si nadie precisó llamarlo nunca. Él estaba siempre ahí, como si esperara algo. Algo que nunca llegó en aquellos dieciocho años que transcurrieron amarrados a una corta cadena que jamás se separó de él. Solamente escuchó su nombre cuando alguien, desde adentro, le gritó imperativamente “¡Guardián!” para que se callara.

Floreció muchas veces el duraznero del patio. A las noches de intenso frío sucedieron muchas veces las madrugadas de agobiante calor. Pero en su existencia no hubo cambios. El gesto, la caricia o simplemente la mirada, esa pequeña cuota de cariño a que todo ser viviente es acreedor, no llego nunca.

Aquella soledad lo fue arrinconando tan lentamente dentro suyo que un día lo encontraron muerto y casi no se dieron cuenta de que algo en Guardián había cambiado…

Sus dieciocho años de vida fueron una condena demasiado injusta; y fue más triste aún porque la aceptó resignadamente, sin manifestar hostilidad a pesar de no comprenderla. Si hubiera que definirlo se podría decir de él que fue siempre un perro manso y bueno. ¿Cierto Guardián?

Si por lo menos tu historia, Guardián, sirviera para hacer ver su error a quienes, sin querer, sin advertirlo, están cometiendo el mismo mal que soportaste durante dieciocho años, entonces tu injusta condena, quizás, tuviera algún sentido. Porque, en  defensa de los humanos, te dirá, Guardián, que los hombres no hacen daño porque sean malos, sino porque se equivocan mucho”.

Hasta aquí el relato de Rubén Benítez, que a mí como a cualquier persona con sentimientos, no solo nos emociona sino que no hace reflexionar. Y al reproducirlo ojalá que tomemos conciencia, no solo de tratar bien a nuestras mascotas, sino de darles todo nuestro afecto.

 

 

Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

Acerca de Raúl Díaz

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