¿Vivió Hitler en la Patagonia?

 

La publicación reciente del libro “Lobo Gris: El Escape de Adolf” autoría de los escritores británicos Gerrard Williams y Simón Dunstan en el que afirman que “Hitler y Eva Braun no se suicidaron, sino que huyeron hasta las costas argentinas en un submarino y vivieron muchos años en las proximidades de San Carlos de Bariloche, donde criaron a sus dos hijas juntos” ha reavivado la polémica en todo el mundo sobre el presunto suicidio de ambos en el búnker de Berlín.

Para muchos historiadores quedan dudas: “una enorme duda, que es preciso desgranar, y parte de un relato de otro supuesto testigo, que afirmó que al irrumpir las fuerzas triunfantes en Berlín u entrar en el búnker, encontraron dos cadáveres idénticos a Hitler, y que luego ambos fueron incinerados. Esta versión no ha sido corroborada, pero queda al menos como anécdota para imaginar algo más real y no menos fantástico”.

Algunos más osados afirman que “la crónica referente a la muerte de Hitler es muy confusa por varias razones: ¿Por qué el cadáver de Hitler fue incinerado y cuáles fueron las razones?  ¿Para que no cayese en manos aliadas, o para hacer desaparecer las huellas del más tremendo fraude de la historia, con una puesta en escena notable?  ¿Por qué la supuesta identificación de los restos de Hitler puede tomarse como válida por su dentadura? ¿Por qué sus fanáticos seguidores de las “SS” habrían de permitir el fin de su jefe, cuando eran capaces de las peores atrocidades en su nombre y sabían que Hitler encarnaba la esencia del Tercer Reich?”

Pero, aparte de estas especulaciones, aparece –cuándo no- el mismísimo Miguel de Nostradamus quién en la Centuria II 24 aludiría que Hitler no moriría sino que huiría en un submarino a Sudamérica. “Bestias feroces de hambre ríos traerán/ Mayor parte del campo en contra de Hister (Hitler)/ En caja de hierro el grande se hará llevar/ Cuando ningún infante de Germania mirará”.

Hace algunos años mediante las modernas pericias científicas fue develado el misterio sobre el final de la familia imperial rusa descartando el mito de la huida de la princesa Anastasia, hija del Zar Nicolás II.

Hay en todos estos enigmas mucho de fantasía. Un mensaje estuvo flotando durante un año por el mar del norte, en el interior de una botella, hasta que fue hallado en las costas de Dinamarca el 26 de noviembre de 1946. Dice que Adolfo Hitler no murió en el búnker de Berlín, sino en el barco alemán Naucilos, hundido el 15 de noviembre de 1945 al chocar contra otro barco cerca del faro de Geddser, cuando viajaba de Finlandia a España. El mensaje que es sin duda una superchería, estaba escrito en una hoja arrancada del diario de bordo.

Sin embargo hay hechos que deberán ser analizados en mayor profundidad como las misiones concretas del almirante Wilhelm Canaris en la Patagonia que son prácticamente desconocidas y poco estudiadas, pero se descuenta que tuvieron que ver con una reafirmación de vínculos con la comunidad germana local en vistas de su creciente papel como alto oficial de inteligencia.

En el caso que nos ocupa, en el interesante libro “Costeando al tranco por mis pagos” del escritor neuquino Mauricio Arabarco hay un relato que se titula “Habría sido don Hitler” en el que el autor narra que don Eustaquio Albino recorría acompañado de su hombre de confianza Eleuterio Rodríguez el predio de su estancia “El Matorral”, ubicada en los Departamentos Confluencia y Picún-Leufú del entonces Territorio Nacional del Neuquén, cuando un avión de dos motores, de un verde subido y sin inscripciones de ningún tipo, corcoveando un poco tomaba tierra casi frente a ellos debido a un desperfecto mecánico.

“De inmediato apareció en la puerta un hombre alto, morocho, cuarentón, de pelo corto y bigote ralo, vestido con pantalón oscuro de corderoy, campera de cuero negra con cuello de piel y botas altas, presentándose como el comandante Gómez”.

Le expresa que viaja con su tripulación y con tres extranjeros que viajan hacia el sur, y le pide colaboración hasta arreglar el desperfecto.

Vieron entonces “como dos hombres jóvenes, delgados, muy altos y rubios, ayudaban a descender a un tercero ya entrado en años, delgado, de mediana estatura, de pelo negro y tez mate, un poco enjuto y sin bigotes”.

Al ofrecerles hospedaje y una colación “el más viejo solo bebió un te con galletitas criollitas”.

Arreglado el desperfecto del avión, ya en horas de la tarde, “los extranjeros los saludaron con un apretón de manos y una inclinación de cabeza, a excepción del más viejo, que antes de estrechar la diestra de los gauchos, doblo el brazo derecho del codo para arriba, mostrando la palma de la mano, a modo de un saludo muy conocido que efectuaba un personaje de la última guerra mundial, aparentemente suicidado, o misteriosamente desaparecido en sus teatros de operaciones”.

Mirando el avión que se perdía hacia el sur, ambos hombres comentaban sobre la tripulación argentina pero sin insignias y sobre los alemanes que llevaban como pasajeros, y el gran parecido del más viejo con el Führer del Tercer Reich, juramentando guardar silencio sobre la enigmática visita.

¿Tenía Stalin sobre su escritorio para usar como cenicero la dentadura del otrora canciller del Reich?

¿Habría estado realmente Hitler en la Patagonia o habría muerto en el búnker de Berlín?

Misterios, conjeturas, enigmas. Porque la Patagonia desde Pigafetta en adelante es la tierra del todo puede ser.

 

Jorge Castañeda

Escritor – Valcheta

 

 

 

 

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