La Gotera de la Meseta de Somuncurá. Otra historia rionegrina de misterio

 

En plena meseta de Somuncurá, arriba de un cerro espera “La Gotera” al visitante. Un hilo de agua cristalina cae desde la altura para bendecir a quienes, escalando la ladera, han trepado para llegar hasta su milenario refugio.

Adentro de la cueva, como en una catedral de piedra, se escuchan las preces de los peregrinos y el silencio dulcísimo que sin palabras cuenta un tiempo distinto y primordial.

¿Qué misterioso secreto guarda la entraña de los cerros entre el color escarpado de las piedras y la verde fronda de los álamos colgando en su puerta como un balcón de esperanzas?

¿De dónde viene ese hilo de aguas bautismales para poner nombre y crisma a la extensa Meseta de Somuncurá, donde las piedras pitonisas cuentan de antiguos ritos y leyendas?

¿Tendrá la “Gotera” cayendo desde la cúpula de la caverna voz de oráculo para los osados visitantes que hasta ella se allegaron?

¿Serán sus aguas las “aguas salutíferas” que con voz admirativa y bíblica señalara el profeta Ezequiel, el “hijo del hombre”, en las que tuvo que sumergirse hasta sus lomos?

Lo cierto es que su agua diamantina cae desde el fondo de los tiempos y desde arriba marca los siglos con una cruz como en un tempo de Bizancio, como una nave catedral en plena estepa patagónica, con su clepsidra que nunca se agota.

Es un hontanar de frescura en la aridez de los pedreros. Un símbolo de la vida que asperja la sed de las almas inquietas que a sus alturas se allegan. Para beber de su vertiente, para saciar la sed espiritual de sus inquietudes, para imponer en su pila bautismal los apelativos secretos que nadie conoce, los “Nombres” que identifican caracteres y personalidades.

Su hilo de frescor cristalino devana las edades, teje la trama de los días, fluye desde lo alto como un mandato de divinas claves. Manantial recóndito, fuente de pureza, oasis escondido, jardín florecido.

Ahítos de sed vienen a su templo los viandantes, buscadores de vertientes, porque así está escrito: “ríos de Agua viva correrán por su interior. Y del agua florecerá el desierto.

¿Qué raro misterio, que arcano singular visitó las oquedades de “la Gotera” para instalar su fresco surtidor de bondades?

El agua es la vida de los pueblos. Eso se sabe. ¿Qué mensaje diáfano y diamantino nos quiere legar este rincón elevado de Somuncurá? ¿A quiénes alcanza su fresca bendición? ¿Los que prueban la frescura de su agua vital son acaso los pocos escogidos para esta gesta espiritual?

En Somuncurá las piedras hablan. Los pozos respiran. Las pilas de monedas son columnas de Salomón, las verbenas florecen bellas y los coirones saludan al viento.

En “La Gotera” se inicia el viejo rito. El agua, siempre el agua y el hombre sellando los antiguos pactos, como en Horeb. El agua que vivifica los eriales. El agua que renueva las fuerzas. Los manantiales, sus vertientes, sus corrientes de vida.

El agua de “La Gotera”, donde el viajero llega para beber el agua que calmará su sed de saber. Para ser mejor. Porque el agua es la vida. Y la vida verdadera es el tesoro de los hombres sabios.

Allí, entre los cerros, con su misterio y su belleza, ella espera, aguarda con la eterna paciencia de la gota que horada la piedra.

 

JORGE CASTAÑEDA

ESCRITOR- VALCHETA

Acerca de Raúl Díaz

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