
En Clemente Onelli hay historias que no están escritas en los libros.
Viven en la memoria de quienes vieron crecer el pueblo, en las voces de quienes todavía recuerdan los años en que la vida era distinta.
Una de esas memorias es la de Juan Rayman, hombre que vive en Clemente Onelli desde el año 1947.
Mientras el mate tibio descansa entre sus manos, su mirada se pierde por un momento en el horizonte patagónico. El viento parece traerle recuerdos de otros tiempos, de cuando el pueblo era más pequeño y cada familia conocía el esfuerzo de empezar desde cero.
Sus padres habían llegado buscando una vida mejor.
Su padre, Bernardino, venía desde Chile, y su madre, Julia, desde Neuquén. Como tantas familias de aquellos años, llegaron con trabajo duro y esperanza.
“Antes la gente venía con ganas de trabajar”, dice Juan con calma.
“No había muchas cosas, pero lo que había se valoraba”.
Con el tiempo, Clemente Onelli se convirtió en su hogar.
Juan recuerda que comenzó a ir a la escuela a los siete años. La antigua escuela de adobe era uno de los lugares más importantes del pueblo.
En esas aulas sencillas transcurrían los días de estudio y también los momentos de juego. En los recreos, los chicos corrían por el patio, inventando juegos con lo que encontraban.
“Nos escapábamos detrás del galpón para jugar a la pelota de trapo”, recuerda.
“No había juguetes… pero igual nos arreglábamos para jugar”.
Entre esos recuerdos aparece también el nombre de Modesto Morales, uno de sus amigos de la infancia.
Cuando lo menciona, su voz se vuelve más suave, como si los años se detuvieran por un instante.
“Con Modesto jugábamos mucho”, dice.
“Ibamos juntos a la escuela… siempre andábamos juntos”.
Recuerda los recreos interminables, las carreras por el patio, las risas de chicos que no conocían otra preocupación que seguir jugando un rato más.
A veces corrían detrás del galpón para seguir con la pelota de trapo, otras veces inventaban juegos con lo que encontraban.
Eran tiempos en los que no hacía falta mucho para divertirse. Bastaba un amigo, un poco de imaginación y el patio de la escuela.
Pero el tiempo siguió su curso, como siempre ocurre, y cada uno fue tomando su propio camino.
Con el paso de los años, Juan también comenzó a trabajar desde muy joven. Muchas veces acompañaba a su padre al campo.
Salían como macachifles, recorriendo largas distancias en busca de trabajo o intercambio.
Su padre tenía dos carros, y con ellos se movían por los campos de la región.
“Antes todo valía”, recuerda Juan.
“La lana, los cueros… todo se compraba”.
Era una época en la que el trabajo del campo sostenía a muchas familias. Las esquilas, los viajes y el comercio formaban parte de la vida cotidiana.
Pero también había lugar para el encuentro.
Cuando llegaba la noche o los fines de semana, los vecinos se reunían.
Había partidas de truco, risas que se escuchaban desde lejos, guitarreadas que se alargaban hasta tarde y bailes donde la música reunía a jóvenes y adultos.
“Se tocaba la guitarra… y siempre alguno se animaba a cantar”, recuerda.
Las chacareras y los gatos marcaban el ritmo de aquellas noches, en las que el pueblo encontraba un momento para compartir después de las largas jornadas de trabajo.
“Antes había más unión”, dice Juan con serenidad.
“Si alguien necesitaba ayuda, los vecinos estaban”.
Y en esa frase parece resumirse toda una época.
Con el tiempo, también llegó una etapa que muchos jóvenes de su generación vivieron: la colimba, el servicio militar obligatorio.
“En esos años todos teníamos que hacerla”, cuenta.
“Era parte de la vida”.
Pero cuando habla del pueblo, siempre vuelve a los recuerdos que lo formaron.
Los actos escolares eran momentos muy importantes para la comunidad. Las familias se reunían, los chicos participaban y la música volvía a llenar el lugar.
Las danzas tradicionales aparecían nuevamente: chacareras, gatos y otras músicas del folclore, que hacían que todos se reunieran alrededor del baile.
“Se bailaba mucho antes”, recuerda.
“Siempre había alguna fiesta o algún encuentro”.
Era una forma de celebrar, de compartir y de mantener vivas las tradiciones.
Entre todos esos recuerdos, hay uno que quedó grabado en la memoria de muchos pobladores.
La gran nevada de 1984.
Juan la recuerda con claridad.
La nieve comenzó a caer y no se detuvo. Con el paso de las horas, el paisaje fue cambiando hasta cubrirlo todo.
Los alambrados desaparecieron bajo la nieve, los caminos quedaron ocultos y el campo entero quedó cubierto por un manto blanco que parecía interminable.
“Fue una nevada muy grande”, dice.
“Tapó todo… los alambrados no se veían más”.
En su memoria todavía permanece la imagen de aquel invierno intenso, cuando la Patagonia parecía quedar en silencio bajo el frío.
Hoy Juan vive en el mismo lugar donde sus padres construyeron su hogar.
Allí sigue pasando sus días.
Está jubilado, pero aún mantiene una pequeña punta de animales, como parte de esa vida ligada al campo que siempre conoció.
El mate vuelve a sus manos y el silencio se instala por un instante.
Quizás porque los recuerdos, cuando regresan, no traen solo historias.
Traen también los rostros de quienes caminaron esos años, los paisajes que el tiempo fue cambiando y la memoria de un pueblo que sigue viviendo en quienes lo habitaron.
Porque en lugares como Clemente Onelli, la historia no siempre se escribe en los libros.
Muchas veces vive en las palabras de quienes aún recuerdan.
Esta fue una parte de la entrevista que se le realizó a Juan Rayman.
Los pueblos también viven en la memoria de su gente.
Texto: Eve Díaz Fritz
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