Es que surgieron de situaciones del habla y se vienen utilizado desde la existencia de la lengua humana, ya que los apodos, según Academias de la Lengua de distintas partes del mundo, como por ejemplo la “Mexicana”, sostienen que no tienen fecha de inicio, pero se los registra desde que la lengua española, es tal.
Hay registros que ya en latín había apodos y se afirma que no hay lengua que no tenga la necesidad de expresarse así, por lo tanto se estima que nació con la lengua humana. Por lo común, los apodos responden a señas particulares o conformación físicas, como “gordo”, “flaco”, “negro”, “rubio” o surgen por considerarse parecidos a ciertos elementos o animales.
Este hábito, costumbre o uso no perdonó ni a nuestros próceres, muchos de los cuales fueron conocidos también por sus apodos, que según algunos historiadores respondían tanto a la admiración como a la ironía. Entre ellos figura el General San Martín como “el plebeyo” aunque fue conocido también en otras partes de América como “El Rey José” o “El Rey Pepe”.
Otras referencias que destacan historiadores señalan que el general francés Miguel Bayer lo llamó “indio o tape”, en alusión a su origen campesino español. En contraposición, el escritor Ricardo Rojas lo inmortalizó como “el Santo de la Espada”, un título que lo eleva como héroe.
Belgrano, por su parte, fue conocido como el “alemán”, según algunas referencias de diversos historiadores por el color de su cabellera, aunque otros lo llamaban “cotorrita”, aparentemente por la chaquetilla de color verde que usaba en forma casi permanente. Sin embargo, otros aseguran que ese apodo le vino por su voz algo aflautada. Los soldados bajo su mando lo llamaban “bomberito de la Patria” por sus métodos organizativos.
El general José María Paz al quedar con su brazo derecho inutilizado en la batalla de Venta y Media pasó a ser conocido como “el manco”, Juan Lavalle recibió tanto apodos elogiosos como críticos, tras la ejecución de Dorrego por lo que lo llamaban, “asesino por orden” como “espada sin cabeza” y “León de Riobamba” por su desempeño en esa batalla.
Según criterio de los historiadores e investigadores, Sarmiento fue quien más apodos tuvo, los que respondían a su controvertido carácter, algunas de ellos bastante despectivos, como ”la chancha negra” o “el loco” o “Don Yo” por sus constantes autoreferencias. Figura también “Al Ben Racin” en referencia a su segundo apellido, Albarracín o “Duque de Carapachay” por su amor al Tigre o “La solterona Dominga” usado por el periódico “El Mosquito”, Juan Bautista Alberdi lo llamaba “Tartufo”, comparándolo con un personaje de Moliere que era una especie de “bufón” en una de sus obras.
Bartolomé Mitre fue apodado irónicamente como “divus bartolous en alusión a la fastuosa celebración de sus ochenta años, que hasta incluyó un feriado nacional para agasajarlo, aunque se sabe que el preferido era “Don Bartolo”.
Nicolás Avellaneda, quien al parecer tenia complejos por su baja estatura, le hacía agregar tacos a su calzado, lo que generaba un extraño modo de caminar, razón por la que lo llamaban “chingolo”, que algunos lo asociaban a los saltitos que daba el pajarito al desplazarse, aunque su allegados, preferían llamarlo “Taquito”
Julio Argentino Roca en su juventud era conocido como “Toro Bayo” apodo que respondía a su valentía y su cabellera rubia, aunque más adelante por su ingenio político y estratégico accionar pasó a ser conocido como el “zorro”.
Guillermo Brown quien había sufrido la fractura de la pierna derecha en la guerra contra el Imperio Brasilero, que lo obligaba a desplazarse con su renguera a cuestas, recibió entonces el apodo del “cojo Brown”, pero luego Juan Manuel de Rosas lo rebautizó como el “viejo Bruno”, dicen algunos jugando con su apellido en un intento de castellanizarlo.
Algunos historiadores sostienen que los apodos de los próceres argentinos, que no solo reflejan como fueron percibidos en su tiempo, sino que también nos ofrecen un acercamiento más humano a estas figuras históricas a través de la ironía, el respeto o la sátira y que estos apodos o sobrenombres narran historias que trascienden los libros y nos recuerdan que detrás de cada prócer hubo un ser humano con virtudes, defectos y anécdotas que los han hecho inolvidables.
Texto: Eduardo Reyes, escritor de Viedma
Las Grutas — Río Negro
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