
Podemos viajar en el tiempo, después de todo de eso tratan los recuerdos, aunque muchas veces cuando recorremos algún lugar, absortos por el paisaje y las nuevas experiencias que la geografía propone, es posible que no se haga esa abstracción.
Todo lugar, como las personas. tiene su historia, una trama que se fue tejiendo con años y tiene como resultado el ámbito que nos rodea en el momento presente.
Hubo otros antes, pioneros, hombres y mujeres que no fueron hojas de otoño barridas del árbol por el viento, tampoco ramas, un poco más duraderas que las hojas, pero frágiles y quebradizas. Ellos, los de la primera hora, fueron raíces que se hundieron profundo y se alimentaron de la tierra, cimientos del árbol que dio como fruto el Puerto de San Antonio Este.
Un viaje en el tiempo a través de nuestra propia historia es un recurso turístico que, entiendo, debiera ser prioritario.
¿Un poco de nostalgia?, pues, si lo es, hay muchos viajeros amantes de la nostalgia, o puede pensar que quien escribe es una fanática de la historia y también sería cierto, como cierto es que hay entre los visitantes,gente curiosa que no siente completas sus vacaciones sin los relatos de los acontecimientos que construyeron el suelo que están pisando.Dígame quien no se sintió conmovido por un buen relato que no sea puro cuento.
Viajemos en el tiempo, muchos años atrás en el Puerto de San Antonio Este y, posiblemente, me dé la razón.
Hoy lo llamamos Puerto de San Antonio Este o simplemente Puerto del Este, pero los lugareños de fines del siglo XIX lo llamaban el “Saco Viejo”.
Muchas personas creen que debía ese nombre a que, desde el aire, esa zona se veía como un saco roto, pero en esos años, finales del siglo XIX, no volaban aviones en Argentina. El primer vuelo de avión en el país se hizo el 30 de enero de 1910 en el Hipódromo de Hurlinghan, realizado por Aarón Félix Martín de Anchorena, por lo tanto la versión más aceptable del nombre es la que contaban los antiguos pobladores.
Según ellos existía un sistema muy precario de transportar, en las tropas de carros, el agua que se extraía de los pozos: Se cocía un cuero de vaca como si fuera una bolsa o saco dejándole un orificio a la altura del cogote, se llenaba con el agua extraída y se colgaba debajo de los carros que hacían el recorrido desde Viedma hasta la zona de Quetrequile.
Fueron encontrados en el Puerto del Este varios de estos “sacos” rotos, en desuso, que los llamaron “sacos viejos” y fue la característica que hacía fácil reconocer el lugar y así lo denominaron: “Saco Viejo” o “Saco San Antonio” como se lo denominó en la Diligencia de Mensura aprobada con fecha 30 de abril de 1891 por decreto firmado por el entonces presidente de la nación Don Carlos Pellegrini.
A propósito de los pozos de agua (jagüeles), los primeros habitantes del “Saco Viejo” fueron los tehuelches, guía eficaz para quienes anduvieran por estas tierras, todos necesitaron de la orientación y auxilio de ellos. Cuando abandonaron el lugar dejaron, entre los médanos, los pozos de agua dulce.
Un siglo más tarde, a este lugar se lo denominaba “La Posta”, parada de carros y carretas para reabastecerse.
Especialmente uno de esos pozos tenía agua en abundancia, al que llamaron “Pozo Moro”.
¿Cuál fue la razón para que a esa vertiente de agua dulce se la denominara de ese modo?
El Pozo Moro es un monumento funerario construido en piedra que data de fines del siglo VI A.C. y fue encontrado en la población de Montearagón, en la provincia de Toledo, España. Actualmente se encuentra en el Museo Nacional de España, Madrid.
Como los pobladores de entonces eran, en su mayoría, españoles, es posible que alguno de ellos le haya dado ese nombre a ese de “Saco Viejo” ya que este pozo tenía un brocal hecho en piedras que, tal vez, le recordara a ese monumento funerario encontrado en su tierra.
En ese año de 1891 que se aprueba la Diligencia de Mensura del “Saco San Antonio”, también se registra el primer nacimiento. Fue el 12 de febrero de este año que nació María Camargo.
Muy pocos años después, en 1899 se realiza el primer censo poblacional, y estuvo a cargo del recién llegado y primer Juez de Paz, Don Arturo San Juan de Santa Cruz Hurtado con la colaboración de José Sánchez y Santiago Nazabal, dando como resultado las siguientes cifras: 60 argentinos, 6 chilenos, 1 austríaco y un naturalizado. Censo sellado y firmado el 31 de mayo de 1899.
El nuevo censo, de 1901 declara un acelerado aumento en la cantidad de habitantes: 519 habitantes, 2 casas de comercio pertenecientes a las firmas Benito Contín y Peirano Hermanos, con un total de 75 familias. Incremento producto de las corrientes inmigratorias y de la actividad ganadera.
En 1905, antes del éxodo a San Antonio Oeste se realizó el último censo en el Este: 162 casas, 975 personas y 8 casas comerciales.
Pero… ¿Cómo era la vida en el “Saco Viejo”?
Era una pequeña población con las casas y comercios diseminados sin guardar ningún orden urbanístico.
Casas de adobe con techo de chapa. Los habitantes eran empleados del Juzgado de Paz, el telégrafo nacional, Subprefectura, comercios ligados al transporte marítimo y lugareños dedicados a la cría de ganado ovino y caprino.
No había electricidad por lo tanto las viviendas eran iluminadas con cebo hasta que comenzaron a llegar por barco las lámparas y el kerosene en latas con lo cual se mejoró la iluminación en algunos lugares.
No existían médicos, las personas debían recurrir a las curanderas que preparaban los “medicamentos” a base de yuyos, grasa de cerdo, alcohol, buche de avestruz y otras yerbas. Trasladarse a Viedma para ser atendidos era una difícil travesía en carros o a caballo. De vez en cuando llegaba algún médico, pero su estadía era breve y continuaba navegando hacia otros lugares.
Pocas eran las familias que tenían un buen pasar, estaban ligadas al comercio y la navegación y manejaban la economía del puerto.En cierto modo, estas familias se sentían responsables de la población y brindaban ayuda a los de menos recursos.
Vivía en el Esteuna mujer muy joven perteneciente a la familia Delfino, dueños de una empresa armadora, la gente la llamaba “Delfinita”.
En los galpones de la firma Peirano Hnos. la señorita “Delfinita” enseñaba a leer y escribir a los niños y algunos adultos de forma gratuita. Recién en el año 1907 y en Puerto San Antonio Oeste se creó la Escuela n° 23.
Lo cierto es que “Delfinita” se ganó el respeto y el corazón de todos y hasta oficiaba de consejera en más de una oportunidad interviniendo, con tacto, en los problemas entre vecinos junto al Juez de Paz.
La Patagonia no tenía una música popular que la identificara, la llegada de la música al “Saco Viejo” comenzó con las tropas de carros que hacían un alto para descansar y abastecerse y en las noches se reunían a guitarrear.
Más tarde llegarían los fonógrafos (vitrolas con bocina y discos de pasta) y el tango dejó de ser rioplatense y ganó estas costas.
Los lugareños aprendieron de oído a cantar y tocar la guitarra escuchando los discos. Así el tango se fue difundiendo por toda la zona, debido a la influencia provocada por el tráfico marítimo, desde Buenos Aires hasta Tierra del Fuego.
Algunos elementos musicales llegaban directamente desde Montevideo según relatos de las casas de comercio receptoras instaladas en “Saco Viejo”.
Los domingos, las familias solían reunirse en los galpones de las firmas comerciales a pasar el día, almorzaban, cenaban y, al sonido de la vitrola, se bailaba.
En las fiestas patrias llegaba un barco de la Marina de Guerra a las celebraciones y, luego de izar el pabellón nacional, la fiesta continuaba todo el día, se repartían regalos, chocolate caliente, asado y juegos de los que participaba la tripulación visitante.
El punto de reunión de los hombres para tomar una copa, carreros, peones rurales y hombres de mar, era la Fonda de Paderno.
Las máximas autoridades eran el juez de Paz y el jefe de la Subprefectura.
Muy de tanto en tanto llegaba, de paso, algún sacerdote en misión evangelizadora y conversaba con algunos descreídos, pero nunca se estableció culto alguno.
La alimentación era a base de carne, pan casero, mate cocido, leche de chivas y mercadería en general que ingresaba a través de los carros de paso o de los barcos.
La escasez de agua no permitía cosechar frutas y verduras, tampoco había medios para tráelas desde Viedma.
Tiempos de supervivencia sin opciones para una vida menos dura. Resulta difícil dimensionar la resiliencia de estos hombres y mujeres, que, a fuerza de sacrificios, fueron actores pacíficos, importantes en la conquista de la Patagonia para la Argentina.
Como le decía al principio, buenas historias que no son puro cuento y que sonorigen y destino de este lugar, historias que, estoy segura, enriquecerían el recuerdo de los viajeros que hoy visitan las anchas y extensas playas del Puerto de San Antonio Este.
Un viaje en el tiempo a través de la memoria, herramienta valiosa para preservar el legado cultural, parte fundamental de la identidad de un pueblo.
Texto: Patricia Capovilla. Escritora sanantoniense.
Fuentes: “Crónica de un pueblo con sed de progreso”. Patricia Capovilla
“Vivencias del Este”. Adolfo Fragoza
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